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Juan Jaume miralles |
SA DIDA |
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A DIDA (LA NODRIZA) Eran «Ses dides» una verdadera institución social a la que aún (en las primeras décadas del siglo) tuve tiempo de conocer con toda su plenitud. Su presencia, obedecía a diversas circunstancias, y de ellas, va¬ mos a señalar aquellas más importantes. Era una, la gran diferencia social-económica entre las clases. Unas familias de una gran opulencia lo cual les permitía en tan solo dis¬ poner de personal para el servicio doméstico ; sino también de una mujer que además de cuidar del recién nacido, le daba la leche de sus senos. En otras veces, era la miseria de una parte considerable de fami¬ lias cuyas mujeres (esposas) preferían ayudar económicamente a sus maridos ; más bien con la función láctea de sus pechos que con el trabajo de sus brazos. La gran mortalidad infantil ; causa, de que muchas madres per¬ dieran primero al hijo, que no la leche de sus glándulas mamarias. Los continuos embarazos que se sucedían, no permitían a la ma¬ dre el poder ofrecer el pecho a la criatura cuando en sus entrañas ya se había iniciado una nueva vida. La ausencia de los preparados farmacólogos, que con sus equili¬ brados principios nutritivos y vitamínicos están dando tantas facili¬ dades para la lactancia artificial. De lo único que entonces se hacía uso, era de la leche de cabra y menos la de vaca, ambas distintas a la de la mujer, en la que, al igual de lo que ocurre en las especies domésticas, su composición varía en el transcurso del período de la lactancia de acuerdo con las necesidades que la criatura va exigiendo en su desarrollo. Recuerdo, de aquellos clásicos biberones de forma plana y alar¬ gada, con un orificio central superior para recibir la leche y en uno de los extremos, reducido, a otro más pequeño, para acoplar la tetilla. Mal asunto, si se hervía la leche, había la pérdida de su riqueza vita mínica, y, si cruda un gravísimo peligro para contraer una de aqué¬ llas tan frecuentes infecciones intestinales infantiles. En aquella tan importante institución ; como una especial forma de puericultura, se discurría por dos vertientes. A la primera correspondía aquellas «dides», que eran ellas mis¬ mas, las que dejaban su familia al cuidado de «Sa Padrina» para pa¬ sar a residir en la casa donde había la criatura a amamantar. La ma¬ yor parte procedían de los pueblos, y en la ciudad, era donde mejor se podían colocar.
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estas casas tenían, como es de suponer, una holgada posición económica y en ellas «Sa dida» era considerada en un plano superior a la servidumbre y, además de dar sus pechos a la criatura cuidaba de ella y hasta también colaboraba en los quehaceres de la casa. Bien considerada y alimentada ponía un cariño, no tan solo al niño o niña a su cuidado ; sino también a toda la familia, y al terminar su misión, y reintegrarse a los suyos, dejaba un lazo de amistad y de cariño que perduraba en toda la vida. Cuando por las circunstancias que fueran tenían que bajar a la ciudad ; su posada, no tan solo para ella ; sino también para sus familiares, era la casa donde podía ver al niño, o al adolescente a quien había amamantado y darle uno de los más efusivos besos. La segunda vertiente sería en aquellos casos en que la situación de la familia no permitía el alto costo que representaba el tener la nodriza en su propia casa. La presencia de esta nodriza respondía siempre a una absoluta necesidad: cuando el recién nacido no podía alimentarse con la le¬ che de su madre que lo había puesto al mundo ; bien por su muerte en el parto ; bien por enfermedad ; bien por un nuevo embarazo o porque su constitución física, no daba la leche suficiente para las mismísimas necesidades que requería el lactante.En estas circunstancias mientras fuera posible, se acudía a la propia localidad que permitiera no perder su continuo contacto con el hijo. La nodriza, en el mayor de los casos, se encontraba en el seno de las familias pobres en las que la criatura que recibían se identificaba con su misma miseria ; pero también recibía el mismo cariño cual si fuera un otro hijo. La única diferencia, con los propios, era el de que los nombres de padre y madre se cambiaban por el de «Sa dida» y el «didot», pero en los demás miembros de la familia el «padrí» y «sa padrina» eran comunes para todos. Entre las dos familias, quedaban tejidas unas relaciones de simpatía y de amistad que perduraban hasta la muerte. Con la República, y luego con la guerra ; junto con las nuevas prácticas higiénicas se acabaría la institución. Había casos curiosos. Cuando la madre junto con la muerte del primogénito, perdía la función de su aparato genital, no se resignaba en perder la leche de sus pechos y su consuelo estaba en ser «dida» con la esperanza de poder prohijar al infante que amamantaba y dejarlo heredero de sus bienes. Pero la cosa no siempre resultaba práctica para el ahijado y lo digo, por el caso que conocí de una buena mujer que crió y prohijió a un niño de una familia numerosa residente en la ciudad y en un piso muy reducido para albergar a una docena de criaturas. Cuando lo llevaban para ver a sus padres, se ponía a llorar añorando, no tan solo a «sa dida» y el «didot» sino también los campos abiertos del pueblo. —Ya maduro, me decía un día el ahijado. «Yo, de mi «dida» reci¬ bí un cariño sin límites y su casita y su poca tierra, pero mis herma¬ nos entregados al negocio de la joyería...
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