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Llibre dels Fetys
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Es
texts des Llibre dels Fetys que figuren a sa plana, estan calcats de
sa edició d´en Mariano Flotats y Antonio Bofarull de l´any 1848 que
també estan calcats de una de ses tres copies que se feren l`any
1584 una en espanyol una en llatí i una en llemosí de sa edició
feta per “ Phelippe de Austria Principe de las Españas”
Una copia esta a Madrid unaltre
per Valencia i s`altre per Catalunya, s`original NO esta a Poblet.
Es Monasteri de Poblet l`any
1835 va esser incendiat, profanat i saquejat, per es poble, es
mateix poble CATALÀ va esser qui va destruir es monaster, encararà
no se sap en certesa quins son es esquelets que hi ha a cada tomba
ja que els s`varen robar i escampar
Tenir esment que sa versió feta
l`any 1848 es diferent a sa de l`any 1584 i aquesta de ses mes
antigues
Antonio Bofarull, entre altres
coses es creador inventor l´any 1869, de sa confederació corona
“catalano-aragonesa “, en es seu estudi titulat “ La confederacion
catalano Aragonesa”
Per
curiositat pos es darrer capitol i sa conclusio perque hi ha algo
que que te fa dir ¡Uep que pasa aqui :
CAPÍTULO CCCXI. 321*
Al cabo de algunos días , constante en nuestro
propósito de retirarnos á Poblet para servir á la Madre de Dios en
aquel monasterio , salimos de Algecira y llegamos hasta Valencia ;
pero aquí se agravó nuestra enfermedad, y no permitió el Señor
que continuásemos nuestro viaje (1). .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . .. . . . . . . .
. . . . . . . . . ... . . . . . . . . . . . .
.. . . .. . . . . . ..
.
Aquí en Valencia, seis días antes de las
calendas de agosto del año 1.276 murió el noble En Jaime por la
gracia de Dios rey de Aragón , de Mallorca y de Valencia , conde
de Barcelona y de Urgel , y señor de Monpeller , cujus anima per
misericordiam Dei requiescat in pace. Amen. Vivió el rey don Jaime
despues de la toma de Valencia treinta y siete años.
Finito libro , sit laus et gloria
Christo.
FIN DE LA HISTORIA DEL REY DE ARAGÓN , DON
JAIME I.
Cuando por los años de 1390 quedaron acabados
los Reales sepulcros que el rey don Pedro el Ceremonioso había
mandado construir en aquella iglesia , se le trasladó á ellos ,
colocándole en el panteón mas inmediato al presbiterio , á la parte
del evangelio , con la siguiente inscripción :
ANNO DOMINI MCCLXXVI, VIGILIA
BEAT/e MARI/e MAGDALEN/E , ILLUSTRISSIMUS
AC VIRTUOSISSIMUS JACOBUS, REX ARAGONUM,
MAJORICARUM, VALENTI/E, COMESQUE BARCINONE,
ET URGELLI, ET
DOMINUS MONTISPESSULANI,
ACCEPIT HABITUM ORDINIS CISTERCIENSIS
IN VILLA ALGECIR/E&, ET OBLIT VALENTI& VI KAL.
AUGUSTI. HIC CONTRA SARRACENOS SEMPER PR/EVALUIT,
ET ABSTULIT EIS REGNA MAJORICARUM , VALENTIA
ET MURTIIE, ET REGNAVIT LXII ANNIS, X MENSIBUS,
ET XXV DIEBUS , ET TRANSLATUS EST DE CIVITATE
VALENTI& AD MONASTERIUM POPULETI , UBI SEPULTUS
FUIT,
PR&SENTIBUS
REGE PETRO, FILIO SUO, EJUS UXORE
CONSTANTIA, REGINA ARAGONUM , ET VIOLANTE ,
REGINA
CASTELL/E, FILIA REGIS JACOBI
PR&DICTI,
ET ARCHIEPISCOPO TARRACONIE, ET MULTIS
EPISCOPIS, ET ABBATIS AC NOBILIBUS VIRIS.
IIIC &DIFICAVIT
MONASTERIUM BENIFAZANI, ET
FECIT
MULTA BONA MONASTERIO POPULETI.
EJUS
ANIMA REQUIESCAT IN PACE. AMEN.
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(I'ol. 26
r "/v"
-
27 I.")
46*
Al cabo de poco tiempo nos enviaron mensaje
los hombres de Pons pidiendo que fuese allá la condesa. Así lo
acorda-mos, pero no quisimos Nos ir allá, porque nos habíamos
desafiado a En Raimundo
Folch,
y teníamos con él buena amistad. Cuando la condesa llegó a la villa
con En Guillermo y En Raimundo de Moncada y toda hueste.
a excepción de Nos, que nos quedamos con
cinco caballeros: hallóla desierta, y le salió al encuentro el
castellano con todos los suyos a caballo en disposición de trabar
batalla; pero los de la condesa picaron espuelas a los caballos.
embistieron contra sus contrarios, y los
acorralaron cerca del castillo: distinguiéndose muy particularmente
en aquel hecho de armas, sedán después nos dijeron. En Bernardo
Dezlor, hermano del sacrista de Barcelona. Aquel mismo día al
anochecer nos llegó un mensajero de En Guillermo y En Raimundo de
Moncada, para pedirnos que
(le
todos modos fuésemos allá, porque estando Nos con ellos se tomaría
muy fácilmente el castillo, del cual sin Nos no podían apoderarse.
—¿Cómo hemos de ir allá, le dijimos, si
no hemos desafiado a Raimundo Folclt. y
éste es el que posee la fortaleza? —Sabed, nos contestó, que si vos
os presentáis. se ganará luego el
castillo: pero si vos no acudís, no entrará en él la condesa. —Pues
bien!, le replicamos, ¿qué es lo que
habremos de hacer cuando allí estemos? —Muy poco: con que vos les
deis orden para entregarse a la condesa, así lo cumplirán. —Lo
haremos. pues: pero salvando siempre el
derecho que pueda tener En Raimundo
Folch.
—Nos encaminamos en seguida a
Agramunt,
y habiendo mandado dejar los caballos y armas a los que nos
acompañaban, nos acercarnos al castillo, de donde bajó a nuestro
encuentro el castellano con unos veinte de los
suyos. —Ya que habéis pedido..
les dijimos. que
Nos compareciésemos aquí. sepamos cuáles
son vuestros intentos.
—Quisiéramos saber de vos, nos contestaron. qué
es lo que habernos de hacer de este castillo. —Ya que nos pedís
consejo,
añadimos, os diremos que, a nuestro entender, lo mejor sería que yo
y la condesa os prometiésemos salvar el derecho que pueda tener en
él En Raimundo
Folch.
y
que vosotros por vuestra parte os obligaseis a entregarlo a la
condesa, sometiéndoos a su señorío: ya que por sentencia de nuestra
corte, por derecho y por razón acaba de recobrar lo demás del
condado, v se le han sometido también todos sus vasallos. —Como se
lo propusimos, así se verificó. habíamos
entretanto enviado a
Oliana
a algunos de los nuestros para recobrar aquella villa por la
condesa; mas luego que sus vecinos tuvieron noticia de la rendición
de Pons, siguieron su ejemplo. Con esto quedó doña Aurembiaix
restablecida en sus estados, habiendo Nos procedido en todo.
no para el propio provecho.
sino para hacer valer la justicia que a
ella le asistía.
47*
(fol. 27r
"/v "
Después
de año y medio de haber dado cima a los negocios del condado de
LÙrgel, estábamos Nos en Tarragona; y fue voluntad de Dios que a
pesar de no haber convocado cortes, concurriesen allí la mayor parte
de los nobles de Cataluña, entre otros don Nuño Sánchez, hijo que
fue del conde Sancho, En Guillermo de Moncada, el conde de Ampurias.
En Raimundo de Moncada, En Geraldo de Cervellón, En Raimundo
Alarnarr. En Guillermo de
Claramunt,
y En Bernardo de Santa Eugenia. señor de
Torroella.
También estaba entre éstos En Pedro
Martel.
ciudadano
de Barcelona v muy experimentado marino, el cual nos convidó un día
a comer a Nos v a todos los nobles que con Nos se hallaban. A los
postres, habiéndose entablado conversación entre todos, preguntaron
a En Pedro
Martel.
que
había sido comitre de galeras, qué tierra era Mallorca cuánta
extensión podía tener aquel reino. —Alguna razón puedo daros,
contestó aquél; pues he estado allí urca o dos veces.
y calculo que la isla tendrá trescientas
millas de circunferencia. Hacia Levante, y frontera a Cerdeña, hay
también allí otra isla llamada Menorca, y hacia poniente otra que
tiene por nombre Ibiza. Mallorca es cabeza de todas, y todas
obedecen al señor que en ella reside. Hay además otra isla, llamada
Formentera
v habitada por sarracenos, que está situada cerca de Ibiza., y la
separa de ella solamente un canal de una milla de ancho.—Acabado
el banquete se presentaron ante Nos y dijeron nos: —Señor: hablando
con En Pedro
Martel,
le hemos pedido noticias (y creemos que no os disgustará
el saberlas) de una isla por nombre Mallorca. en
la cual hay un rey, que tiene además bajo su dominio otras islas
llamadas Menorca e Ibiza. La voluntad de
Dios
no puede torcerse; y así quisiéramos que fuese de vuestro agrado
pasar allá a conquistar aquella isla por dos razones: la primera,
por lo mucho que en ello ganaríamos nosotros y vos; y la segunda,
por lo que se admiraría el inundo de que os fueseis mar adentro a
conquistar un remo. —Plúgonos luego lo que nos proponían.
y les respondimos:
—Mucho nos satisface el que estéis formando tales
proyectos; no se perderá por Nos que no se cumplan. —Y allí mismo
resolvimos luego convocar para Barcelona nuestras
cortes generales. a las cuales debiesen
concurrir en su día el arzobispo de Tarragona, los obispos, los
abades, los ricoshombres que antes hemos citado y los síndicos de
las universidades de Cataluña.
48*
Ibl. 28 r
°%
")
EN
el plazo que les habíamos señalado comparecieron en Barcelona el
arzobispo, los obispos y los ricoshombres; y al día siguiente se
reunieron en nuestro antiguo palacio, que había mandado edificar el
conde de Barcelona. Luego después de congregados en nuestra
presencia, les dirigimos la palabra en estos términos:
—Illumina
cor
meua, Domine,
et
verba mea de
Spirit u
Sancto.
Rogamos a Dios nuestro Señor v a su Santísima Madre la Virgen Santa
María, que cuanto os digamos sea para mayor honra de Nos y de
vosotros que nos escucháis, v sea sobre todo del agrado de Dios v de
su Madre y Señora nuestra Santa María: pues como queremos hablaros
de algunas buenas obras que intentamos, y éstas proceden de Dios y
por él son tales, ojala que tales sean también nuestras palabras, y
plegue al Señor que podamos ponerlas por obra. Ya sabéis que nuestro
nacimiento fue por milagro de Dios; pues siendo así que nuestro
padre andaba desviado de nuestra madre, quiso el Señor que
viniésemos al mundo
v
obró en nuestro nacimiento
grandes maravillas. —No las esplicamos aquí, porque las hemos
contado va al principio de este libro. —Tampoco ignoráis,
que Nos somos vuestro Señor
natural:
que
no
tenemos ningún hermano, porque nuestros padres
no
dejaron ningún otro hijo, y que al llegar entre vosotros, niño
todavía, a la edad de seis años y medio, hallamos revueltos los
estados de Aragón y Cataluña, en guerra unos vasallos con otros,
desavenidos todos, teniendo cada uno encontradas pretensiones,
v
que con los acontecimientos pasados se habían granjeado un mal
renombre en el mundo. Tales daños no podemos Nos remediarlos sino
por la voluntad de Dios que nos asista en todas nuestras cosas.
y acometiendo todos juntos tales
empresas, que después de ser aceptas al Señor.
tengan de sí tal bondad e importancia, que basten a
desvanecer la mala fama adquirida, disipando con la luz de las
buenas obras las tinieblas de los pasados yerros. Por dos razones,
pues, la primera por Dios, y la segunda por la naturaleza que con
vosotros tenemos, os rogamos encarecidamente que nos deis consejo
ayuda para tres cosas: primeramente, para que podamos poner en paz
nuestra tierra: en segundo lugar para que podarnos servir al Señor
en la expedición que tenemos pensado hacer contra el reino de
Mallorca y demás islas adyacentes; v por último, para que nos digáis
de qué manera podrá redundar esta empresa en mayor gloria de Dios.
Para esto habéis sido llamados.
49*
fbl.28v"-29r")
TERMINADO
nuestro discurso, se levantó el arzobispo de Tarragona. Aspargo, a
ruego de los ricoshombres que quisieron que hablase él primero, y
dijo: —Bien conocernos. señor.
que llegasteis joven entre nosotros y que
se necesita maduro consejo para obras de tal importancia como la que
acabáis de proponernos. Deliberaremos sobre ella, y os daremos tal
respuesta, que será para mayor gloria de Dios, de Vos y de todos
nosotros. —Habló en seguida por él y por todos los nobles En
Guillermo de Moncada, diciendo. que daba
desde luego gracias a Dios de que nos hubiese inspirado tal
propósito; pero que como el negocio de que se trataba era de tanto
interés, no podía sin previa deliberación darnos su respuesta. —Sin
embargo, añadió, desde ahora puedo aseguraros delante de todos.
que nuestro acuerdo será digno de Vos
v
de nosotros. —Tomó luego la palabra En
Berenguer
Girara, síndico de la ciudad de Barcelona, y habló por los de las
universidades en estos términos. —Dios, que es vuestro señor v
nuestro, es el que os ha inspirado la buena obra que acabáis de
proponernos: ojala que podamos daros tal respuesta.
que vos podáis cumplir vuestra voluntad
para mayor gloria de Dios y nuestra. Deliberaremos, pues.
con los demás sobre vuestra proposición,
y os contestaremos. —Propuso en seguida el arzobispo que deliberasen
aparte cada uno de los tres brazos; y habiéndolo aprobado así todos,
se separaron las cortes por entonces, y se fue cada brazo a
deliberar para darnos al cabo de tres días su respuesta. Antes de
recibirla, celebrarnos un consejo secreto con los ricoshombres, sin
que asistiesen el arzobispo ni los obispos, y en él habló el
primero, el conde de Ampurias, diciendo: —Si hombres ha habido de
gloriosa fama en el mundo, nosotros lo fuimos; mas va que la hemos
perdido y que os tenemos ahora a vos por nuestro señor natural,
menester es que con nuestra ayuda llevéis a cabo tales empresas, que
con ellas podamos todos recobrar el buen nombre que antes teníamos.
Para
ello
no hay mejor medio que marchar a la conquista de ese reino de
sarracenos que decís, situado en medio del mar: así realzaremos
nuestras pasadas glorias; ésta será la más grandiosa empresa que los
cristianos hayan llevado a cabo desde cien años acá, y más vale que
muramos en la demanda v recobremos nuestra antigua prez y el
esplendor de nuestro linaje, que no que vivamos para conservar
nuestra deshonra. Por mí he de deciros que haría cuanto pudiese
para que se realizase tan gloriosa empresa. —Convinieron todos con
lo que acababa de manifestar el conde de Ampurias,
añadiendo cada uno lo que mejor le pareció para animarnos a poner
por obra nuestros intentos. Resolvimos, pues, aquella misma noche
convocar las cortes para la mañana siguiente. y
que en ellas hablarían antes que todos los
ricoshombres
para que con sus palabras animasen a los eclesiásticos y ciudadanos.
Así lo hicimos, enviando orden a los ricoshombres, al arzobispo, a
los obispos, abades y demás para que al día siguiente por la mañana
se hallasen reunidos en nuestra presencia, prontos a darnos la
respuesta que hubiesen acordado.
50*
(1ó1.
29r"
-30r")
EN
cumplimiento de la orden que les habíamos dado, comparecieron todos
los de las cortes luego de celebradas las misas matutinales; y
reunidos ya en nuestra presencia, cediendo la palabra a En Guillermo
de Moncada, se puso éste en pie, y nos manifestó su acuerdo en estos
términos: —Señor, a vos os envió Dios para que nos gobernaseis, y
nos destinó a nosotros para que os sirviésemos bien y lealmente; mal
cumpliríamos, pues, con nuestro deber, si no procurásemos con todas
nuestras fuerzas acrecentar vuestro prez y vuestra honra, porque al
fin nuestra ha de ser también vuestra gloria, y a nosotros nos ha de
alcanzar asimismo vuestro provecho. Por ende no fuera razón que
ahora que concurren ambas circunstancias, despreciásemos la buena
coyuntura que nos ofrecéis, rehusando contribuir a la conquista de
ese reino de Mallorca, que por estar situado en medio del mar os ha
de dar más gloria que si conquistarais tres reinos en tierra firme.
Cuando de vuestra honra se trata, señor, están de sobra todas las
demás consideraciones: por lo mismo, contestando a los tres puntos
que nos habéis propuesto, os decimos que pongáis en paz vuestra
tierra, y que os ayudaremos con nuestras fuerzas para que podáis
llevar a buen término la empresa que proyectáis. Primeramente
ordenad paz y treguas por toda Cataluña y disponed que se otorgue
pública escritura en la cual vayan constando los que las acepten;
don Nuño que se halla aquí presente y que es nieto del conde de
Barcelona, no será sin duda de los que rehúsen firmarlas, tanto por
el parentesco que con vos le une, como por ser tal la empresa de que
se trata; mas si hubiese alguno de Cataluña que rehusase otorgarlas,
le obligaríamos nosotros a hacerlo contra su voluntad. Os
concede-mos además que percibáis el boyaje que pagan todos nuestros
vasallos, pues aunque lo hayáis percibido ya otra vez de propia
autoridad, como suelen hacerlo los reyes, por una sola vez, os lo
cedemos ahora graciosamente, para que con su producto podáis atender
mejor a los gastos de la expedición. Por lo que a mí me toca, os
ofrezco además que yo y los de mi linaje os serviremos en ella con
cuatrocientos caballos armados, hasta tanto que con la ayuda de Dios
hayáis conquistado Mallorca y adquirido el señorío de sus islas
adyacentes, Menorca e Iviza, sin separarnos de vuestro lado hasta
que quede del todo terminada la conquista. En cuanto a don Nuño y a
los demás nobles, ellos os dirán cada uno de qué modo piensan
ayudaros. Sólo una cosa os pediremos, y es, que ya que os otorgamos
cuanto vos deseáis, nos cedáis también alguna parte de lo que ganéis
con nuestra ayuda, tanto en bienes muebles como en inmuebles, para
que quede así perpetua memoria del servicio que os habremos
prestado. —Con esto puso fin a su discurso.
51*
(fol. 30 r "/v ")
LEVANTÓSE
entonces don Nuño Sánchez, que era descendiente del conde de
Barcelona, y dijo: —Señor, cuanto ha dicho y os ha manifestado
Guillermo de Moncada está muy bien por lo que a él toca y a su
linaje; mas yo quiero responder ahora por
lo que atañe al mío. Dios que os crió, quiso que fueseis nuestro
señor y rey, y pues a él le plugo, asimismo nos ha de placer a
nosotros, y a mí sobremanera, tanto por el parentesco que media
entre vos y yo, como por el dominio que tenéis sobre mí, de manera
que honra y acrecentamiento no tenéis, en el que yo no tenga parte,
por ser de vuestro linaje. Quien en Dios confía no puede obrar mal,
y tal no será al otorgaros desde ahora paz y tregua, tanto por mi
parte, como por la tierra que vuestro padre me dio, a saber,
Rosellón,
Conflent
y Cerdaña. Sobre tal tierra os doy facultad que percibáis el boyaje,
ofreciéndoos además acompañaros con cien caballeros armados a mis
costas, en recompensa de lo que, me daréis parte de la tierra que
ganéis y de los objetos que en ella se hallen, para satisfacer así a
los caballeros y peones que yo enviaré, y también para mantener
leños o galeras que yo arme. Tal servicio os lo prestaré
constantemente en la citada tierra, hasta que Dios se sirva permitir
que la ganéis.
Tras el discurso de don Nuño, siguió el conde de Ampurias, quien se
expresó en estos términos: —No hay alabanzas suficientes, señor,
para poder encomiar la empresa que queréis llevar a cabo; pues por
sí sola revela ya su valor y la gran ventaja que nos ha de reportar.
Por mi parte prometo acompañaros con sesenta caballeros con caballos
armados, y como conde de Ampurias que Dios me ha hecho, digo, que
apruebo cuanto ha dicho En Guillermo de Moncada, cuyo
caballero es el mejor y más noble de nuestro linaje, pues es señor
de Bearne y de Moncada, cuyo señorío tiene por vos, y además, de
Castellví,
que es su alodio; pero espero que entre los cuatrocientos caballeros
que ha ofrecido, contará también los sesenta que yo ofrezco, pues
así irá todo nuestro linaje unido en la empresa: pidiéndoos sólo
ahora, señor, que de aquella parte que a él y a otros le habéis
prometido, me deis también a mí una porción por los hombres de a
caballo e infantes que enviaré,; y os advierto, por lo que sea, que
cuantos caballeros yo y los otros enviemos, irán todos con caballos
armados.
52*
(fol. 30
v"
-
31
r")
LEVANTÓSE
en seguida el arzobispo de Tarragona, y exclamó:
—Viderunt oculi mei salutare
tuum: éstas son las palabras de Simeón al recibir al Señor en sus
brazos, las cuales significan:
Han visto mis ojos tu salud...
y así los míos ven la vuestra.
Lo
que añado yo a tales palabras ya sé que la Escritura no lo dice;
pero
yo
lo quiero decir, pues que viendo vuestra salud, vemos la nuestra.
Consiste la vuestra en que ya hacéis buenas obras cuando empezáis a
obrar: la nuestra la hallaremos a medida que vos os ensalcéis v
aumentéis en prez, honor y valor; pues que si por vuestro valor y
por vuestra pujanza hacéis obras de Dios, por lo mismo debemos
miraros como cosa nuestra. El pensamiento que vos y esos nobles que
están con vos habéis ideado aquí y vais a realizar, es en honor de
Dios y de toda su celestial corte, y un beneficio, del cual
hallaréis el galardón vos v vuestros hombres, no sólo en este mundo,
sí que además en el otro, que es infinito. Plazca, por lo mismo, a
nuestro Señor que lo que esta corte acaba de ajustar, sea en
provecho de Dios, de vos y de todos los nobles que aquí se hallan,
de ésos que tanto os han ofrecido, o rey, y a quienes tanto deberéis
agradecer. Así pues, cuando Dios ponga en vuestras manos ese reino
que tenéis ánimo de conquistar, recompensad debidamente a los que os
ayuden, y partid con ellos las tierras y objetos que adquiráis, ya
que para ello os han de ayudar y servir también. Por ellos os digo
en mi nombre (aún cuando no pueda tomar parte en los hechos de
armas, por ser inútil mi brazo a causa de mi avanzada edad) y en el
de la iglesia de Tarragona, que dispongáis de mis bienes y de mis
hombres del mismo modo que lo haríais con los vuestros; y si algún
obispo hay que quiera acompañaros y serviros personalmente, dígalo,
que a más de darnos con ello gusto, de parte de Dios y nuestra le
dispensaremos: a hazañas de esta naturaleza todo el mundo debe
ayudar, ya sea de palabra, ya de obra, y ojala Dios, que vino al
mundo por nosotros y para salvarnos, os deje llevar a cabo ésta que
emprendéis y otras, tal como lo desea nuestra voluntad y la vuestra.
53*
(foI. 31
r"/v")
AL
concluir el arzobispo, estaba ya en pie el obispo de Barcelona, que
tenía por nombre
Berenguer
de
Palou,
y dijo: —A nadie mejor que a vos, señor, puede aplicarse aquella
visión con que el Padre envió a nuestro señor Jesucristo, hijo de
Dios, y que se llamaba
excelsis;
y en la que aparecieron nuestro Señor, hijo de Dios, Moisés y Elías
al apóstol San Pedro.
Al verla el último, dijo que sería muy conveniente que se levantasen
tres tabernáculos, el primero para nuestro señor Jesucristo, el
segundo para Moisés, y el otro para Elías; mas apenas lo había
pronunciado, cuando se oyó del cielo un grandísimo trueno, y cayeron
en tierra todos los que estaban con el apóstol y, al levantarse
luego espantados, vieron que bajaba del cielo una nube y se dirigía
contra ellos, dejándose percibir estas palabras:
¡Ecce filius
meus
dilectus
qui
in
corde meo placuit.
Tal es la semejanza que podemos aplicaros a vos mirándoos como hijo
de nuestro Señor, desde el momento en que queréis perseguir a los
enemigos de la fe y de la cruz, por cuya laudable empresa fío en
Dios que algún día alcanzaréis el reino celestial. Por mi parte,
señor, y por la de la iglesia de Barcelona, ofrézcoos cien o más
caballeros a mis costas, hasta tanto que hayáis conquistado las
islas de Mallorca, suplicándoos sólo, que me cedáis parte para los
hombres que yo conduciré, ya sean de marina ya caballeros.
El obispo de Gerona habló en seguida, y dijo: —Gracias doy a nuestro
Señor por la buena voluntad que os ha dado y a toda vuestra corte,
en alabanza de cuya grande obra no habían de faltar palabras; pero
nuestro arzobispo, el obispo de Barcelona, En Guillermo de Moncada,
don Nuño y el conde de Ampurias tanto v tan bien os han hablado, que
iguala a cuanto deciros pudiera: me contentaré, pues, con poner a
vuestra disposición, en mi nombre y en el de la iglesia de Gerona,
treinta caballeros, con tal que me deis aquella parte que me
corresponda, según diereis a los demás.
54*
(fol. 31
v")
LEVANTÓSE
después del obispo el abad de San Felío de Guixols, y dijo que nos
acompañaría con cinco caballeros, provistos y equipados de cuanto
era necesario; y por último, levantóse también el paborde de
Tarragona, y pronunció estas palabras: –Señor, no puedo ofreceros
tantos caballeros como los demás, pero prometo que os seguiré con
media cuarta de ellos, v además con una galera armada. Hechas tales
manifestaciones tomó la palabra En Pedro
Gruny
y dijo de esta manera: –Da gracias al Señor la ciudad de Barcelona
por la buena voluntad que os ha dado, y en Dios confía que podréis
llevar a cabo vuestra obra como deseáis. Para ella pues, os ofrece
de pronto los vasos, las naves y los leños que hay en su puerto y
que están aparejados a vuestro servicio en tan honrada hueste, para
mayor gloria de Dios; advirtiéndoos, que al hacer la ciudad este
ofrecimiento, no quiere más recompensa que vuestra inmutable
gratitud. Por esta razón, no habla aquí de las demás ciudades
Barcelona, sino por sí sola. –Sin embargo, Tarragona y
Tortosa
se conformaron con lo que aquélla dijo.
55*
(fol.
32 r")
O1DAS
tales razones, tratóse de extender escritura sobre el repartimiento
de las tierras v de cuanto ganásemos; y de forma la hicimos, que en
ella se prometía parte de lo que adquiriese (luego que nuestro Señor
nos concediera la victoria), a los caballeros, y así
proporcionalmente a los hombres armados y a las naves, galeras y
leños, según eran ellas y su armamento; así como a todos aquéllos
que nos siguieran a caballo o a pie, a proporción también de los
arreos y armaduras que llevasen: advirtiendo que tal parte debiese
entenderse ya de cualquier ganancia que pudiera hacerse durante el
viaje, desde el momento en que la hueste se hiciese a la vela; todo
lo que les prometimos cumplirles sin faltar, fiado en Dios y en Nos,
del mismo modo que ellos prometieron servir bien y lealmente; y con
la inteligencia de que no contarían después mayor número de hombres
de los que realmente hiciesen el viaje.
Dando, pues, con esto claramente principio a nuestra empresa de
pasar a Mallorca, señalábamos plazo, y ordenamos que para mediados
del
rues
de mayo debiesen estar todos preparados en
Salou.
Separóse entonces la corte, y cada cual se fue preparando. Antes de
marchar los nobles, sin embargo, se les hizo prestar juramento de
que el día primero de mayo estarían en
Salou,
con todos los preparativos necesarios para pasar luego a Mallorca, y
que no faltarían.
Llegó el día señalado, y Nos no faltarnos al punto de reunión; mas
tuvimos que aguardar hasta entrado setiembre, pues hubimos de
ocuparnos durante tal tiempo en disponer el viaje y esperar las
naves, leños y galeras que comparecían, sin las cuales no podía ser
completa la armada. Algunas de aquéllas se aguardaban en
Cambrils,
pero el cuerpo principal de la armada estaba en el puerto y playa de
Salou,
si bien que las embarcaciones de Tarragona se prepararon en su mismo
puerto. El número de las que formaban la armada, fue el siguiente:
veinte v cinco naves gruesas, diez y ocho taridas, doce galeras y
entre buzos y galeones ciento; de modo que vinieron a ser ciento y
cincuenta leños mayores, sin contar las embarcaciones pequeñas.
56*
(fol.
32
r "/v " -
33 r")
ANTES
de salir, ordenamos el modo cómo la armada debería marchar:
primeramente debía ir la nave de En Bovet (en la que iba En
Guillermo de Moncada), llevando por faro una linterna, para servir
de guía; la de En Carroz debía ir de retaguardia, y por ello, llevar
asimismo otro faro o linterna; y finalmente, las galeras debían
marchar formando círculo en torno de la armada, cort el objeto de
que, si alguna otra quisiera agregarse, topase con ellas. Era un
miércoles por la mañana cuando la armada empezó a moverse impelida
por la ventolina al terral: tan largo tiempo habíamos estado en
tierra, que cualquier viento nos parecía entonces bueno, como nos
apartase de ella.
Apenas los de Tarragona y
Cambrils
divisaron la armada, cuando dieron vela a sus buques; miraban con
placer tan bello cuadro los que quedaban en tierra; y Nos mismo
gozábamos en contemplarlo, viendo que la mar llegaba a parecer
blanca por la multitud de velas que do quiera se descubrían: tan
grande era el espacio que la armada ocupaba. Nos nos quedamos
en la parte de detrás de la armada, en la galera Monpeller, e
hicimos recoger en barcas hasta más de mil hombres que querían
seguirnos, y que de otro modo no hubieran podido acompañarnos en
aquel viaje.
Habríamos caminado cerca de más de veinte millas de mar cuando mudó
el viento en leveche. Al repararlo los cómitres de nuestra galera,
de acuerdo con los pilotos, vinieron a nuestra presencia y nos
dijeron: —Señor, vuestros naturales somos, y por ello tenemos la
obligación de guardar vuestros miembros y vuestro cuerpo, así corno
de aconsejarnos, cuando sea menester, en lo que nosotros
entendemos. Este leveche que está reinando no conviene de ningún
modo para nosotros, ni para vuestra armada; antes nos es tan
contrario, que si continúa, os será del todo imposible tomar el
rumbo de Mallorca. Por nuestro consejo, pues, mandad, señor, que dé
la vuelta la armada v vuelva a tierra, que más adelante y en breve
quizá, os dará Dios buen tiempo para pasar a la isla. —Mas Nos,
después de oír tal súplica y consejo, les respondimos: —Eso sí que
no lo haremos por nada del mundo: ya habéis visto cuántos se han
escapado porque no les probaba el mar; de consiguiente, no hemos de
volver a tierra, que si lo hiciéramos, todos aquellos a quienes
faltase el valor para acompañarnos, nos desampararían. Nos
emprenderemos este viaje confiando en Dios v en busca de aquellos
que en él no creen; al buscar a éstos,
dos son los objetos que nos mueven, primero: convertirles o
destruirles; y luego, volver aquel reino a la fe de nuestro Señor: y
pues en su nombre vamos, en él debemos confiar que nos guiará.
—Viendo los cómitres de la galera que aquélla era nuestra voluntad,
dijeron que por su parte harían cuanto pudiesen; más ya que tanto
confiábamos en Dios, en él fiarían asimismo, para que nos guiara.
Llegó entretanto la noche, y en sus primeras horas alcanzó nuestra
galera a la nave de En Guillermo de Moncada que llevaba la guía. Al
verla, salimos a la linterna y saludábamos a los que iban en ella,
preguntándoles qué nave era aquélla, al mismo tiempo que ellos nos
preguntaron cuál era la galera. Los de ésta les dijeron que era del
rey, a cuya noticia respondieron: —Bien venidos seáis por cien mil
veces; —v en seguida manifestaron ya que su nave era la de En
Guillermo de Moncada. —Navegando entonces a la vela, pasamos delante
de todos, sin embargo de haber salido de los últimos, al partir de
Salou;
no obstante, el leveche, que duró toda la noche, era el único viento
que entonces teníamos; y nuestra galera, así como todas las demás,
seguía el viento a toda orza. Íbamos Nos delante de la armada, y a
pesar de que el tiempo no variaba, seguimos toda la noche de la
misma bordada: dejamos marchar la galera por sí sola, mas al llegar
entre la hora de nona v la de vísperas, empezó la mar a
embravecerse, a arreciar el viento; y de tal modo creció aquélla,
que más de la tercera parte de la galera por la proa se veía
cubierta de agua, tal era la furia con que venían las olas, pasando
por encima de la embarcación. A pesar de todo esto, recorríamos esa
parte de mar; mas al caer de la tarde, antes de ponerse el sol, cesó
el viento, y al instante apareció a nuestra vista la isla de
Mallorca, distinguiendo a la vez la Palomera, Soller y Almerug.
57*
(fol. 33
r"/v"-34
r
"/v ")
SUPUESTO que divisábamos ya claramente
la isla, túvose por conveniente arriar las velas a plano, para lo
que nos pidieron permiso, diciéndonos era muy últil, pues podía ser
que nos viesen desde tierra. Ninguna dificultad tuvimos en ello y
hasta lo mandamos: la mar abonanzó en seguida, y estaban ya para
encender la linterna, cuando dieron en la dificultad de que tal luz
podrían verla los guardas de Mallorca; más Nos vencimos aquélla
aconsejándoles que colgasen a la parte de la isla un pedazo de lona
y metiesen detrás la linterna, con lo que conseguirían que los de la
montaña no la viesen, al paso que la podría divisar toda la armada.
Agradó la idea y se cumplió en seguida; rnas apenas se había puesto
por obra, cuando empezamos a divisar ya linternas en todas las naves
y en algunas galeras, con lo que conocimos que la armada nos había
visto y se iba acercando. Cerca la guardia de prima de esta noche,
Llegaron dos galeras; y pidiéndoles nuevas de la armada, dijéronnos
que ésta se iba Aproximando con la mayor velocidad: y en efecto, a
rnedia noche comenzamos a ver ya entre naves, galeras y taridas como
unas treinta o cuarenta embarcaciones. Una bellísima luna nos
alumbraba entonces, y se dejaba percibir la ventolina del oeste con
la que, dijímosles, que fácilmente podría-mos ir a Pollenza, a cuyo
punto se había acordado que arribase la armada. Largamos vela, y al
punto los demás que pudieron verla largaron también las suyas: la
más suave bonanza nos favorecía; y así marchábamos gozando-del
rnejor tiempo, cuando se dejó ver una nube, percibiéndose al mismo
tiempo un viento contrario de la parte de Provenza o al N.E. Al
divisarla un marinero de la galera, llamado
Berenguer
Gayran, que era cómitre de la misma, dijo: —No
me espanta aquella nube que
viene con el viento de Provenza; —y en seguida colocó ya a los
marineros en sus correspondientes lugares, unos a las
drisas, otros en las escotas y otros en las muras; y apenas acababa
de ordenar así la galera, cuando llegó el viento tomando por la lua;
a cuya novedad empezó a gritar dicho cómitre: —Arría! arría! —y las
naves y demás leños que venían en torno de nuestra galera se
esforzaron al punto por arriar las velas a plano; mas tanto les
costó a los marineros, que con dificultad pudieron conseguirlo,
siendo en vano la griteríá que se movió entre ellos al darse las
voces, en razón de que el viento llegó de improviso. Por fin
logramos tal prevención; mas seguía brava la mar, por chocar con el
nuevo viento el leveche que antes reinaba: todas las naves, galeras
y demás leños que teníamos entorno y aun los del resto de la armada,
sosteníanse ya solamente a palo seco; el viento de Provenza dominaba
al otro, aumentando la furia de las olas, y en tal situación
quedaron como estáticos todos los de la galera: nadie hablaba, nadie
se movía, y sólo el silencio era el que reinaba por todo. Al reparar
en tan gran peligro y viendo que ya empezaban a arremolinarse los
barcos, entremos gran tristeza, v no tuvimos más recurso para buscar
alivio en aquel trance, que dirigirnos a nuestro Señor y a su Santa
Madre, haciendo la siguiente oración: —Señor Dios, le dijimos, harto
conocemos que ha sido tu mano la que nos ha hecho rey de la tierra y
de los bienes que nuestro padre tenía por tu gracia: éste es el
primer hecho grande y peligroso que emprendemos; en su éxito hemos
querido confiar, ya sea porque desde que nacimos hasta ahora siempre
sentimos la fuerza de vuestra ayuda, ya por ver que habéis querido
que sirviesen a nuestra mayor honra aquellos mismos que querían
contrastar con Nos: así pues, Señor y Creador mío, tened la gracia
de ayudarnos en tan gran peligro, y haced que no sufra mengua la
hazaña que hemos emprendido, en la que no sería yo sólo quien
perdiese, sinó Vos, mayormente si se atiende a que este viaje lo
hago sólo por ensalzar la fe que Vos me disteis, y para rebajar y
destruir aquéllos que no creen en Vos. Dignaos por ello, Dios
poderoso, librarme de este peligro, y haced que mi voluntad se
cumpla, ya que la empleo sólo
en vuestro servicio. Acordaos que ninguna gracia os he
pedido, que no me la hayáis otorgado, mayormente si es para alguno
de aquéllos que tienen ánimo de serviros y padecen por Vos; y que yo
soy ahora uno de tantos. Y Vos, Madre de Dios escuchadme también. ¡A
Vos que sois puente y paso para los pecadores, a Vos os suplico por
los siete gozos y los siete dolores que sufristeis por vuestro caro
Hijo, que os acordéis de mi, para suplicarle que rne saque de esta
pena y del peligro en que nos encontramos yo y todos los que van
conmigo!
58*
(fol.
34 v "-35
r")
HECHA
tal oración, nos vino a la mente que lo mejor sería que abordásemos
a Pollenza, idea que habían tenido ya todos los nobles, barones y
marinos que nos acompañaban; preguntábamos a los de nuestra galera
si había alguien que hubiese estado en la isla o ciudad de Mallorca,
para saber qué puertos había más cercanos a la ciudad por la parte
de Cataluña; y respondiéndonos el cómitre
Berenguer
Gayran que él había estado en aquélla, nos refirió que el punto más
cercano era peñón distante de la ciudad tres leguas y por mar veinte
millas, el cual era llamado La
Dragonera
y estaba separado de la tierra firme de Mallorca. Añadió aún más,
que en tal punto había un pozo dé agua dulce, de cuya agua habían
probado él y otros marineros, una vez que lo visitaron, que no muy
lejos había otro islote llamado Pantaleu separado también del
indicado punto, y distante de tierra solamente corno un tiro de
ballesta. —¿Qué más deseamos.
pues?, respondíamos Nos al oír la
relación; arribemos allá, donde habiendo agua dulce y buen puerto,
refrescaremos los caballos, aunque les pese a los sarracenos, y
podremos aguardar bien a la armada. Además, que desde allá podremos
preparar mejor nuestros planes y pasar luego a donde mejor nos
parezca. —Con esto, mandamos izar vela a fin de aprovechar aquel
viento de Provenza que nos favorecía para entrar en tal punto; y no
bien la izamos, después de comunicar nuestra galera la orden a las
demás para que hiciesen lo mismo y nos siguiesen al puerto de la
Palomera, cuando todos los buques izaron también las suyas por haber
divisado la nuestra. Viose aquí lo que era la fuerza de la virtud
divina, pues con aquel viento que reinaba al emprender el rumbo
hacia Mallorca, no pudimos abordar a Pollenza así como se había
creído; y lo mismo que creíamos contrario, nos ayudó entonces, pues
hasta aquellas embarcaciones que más se habían sotaventado, viaron
fácilmente con tal viento hacia la Palomera, donde Nos estábamos,
sin que se perdiese ni faltara un leño o barco tan siquiera. El día
que entramos en el puerto de la Palomera, era el primer viernes de
setiembre; mas el día siguiente, sábado, por la noche, habíamos
recobrado ya y teníamos a salvamento todos nuestros leños.
59*
(fol.
35 r
"/v ")
EN
dicho día enviamos a buscar a nuestros nobles, esto es, a don Nuño,
al conde de Ampurias, a En Guillermo de Moncada, y a los demás de
nuestro ejército; queriendo asimismo que asistiesen los cómitres de
las naves, especialmente aquellos que tenían fama de más
inteligentes. Lo que en tal reunión se deliberó fue: que enviásemos
a don Nuño en una galera, que era suya, y a En Raimundo de Moncada
en la de
Tortosa,
para que fuesen costeando en ademán de ir contra
Mallorca; y que donde creyesen que mejor podían fondear la armada,
que allí lo haríamos. El primer lugar que hallaron propio para
nuestro objeto, fue uno llamado Santa Ponza, en el cual había una
colina cerca de la mar, ocupada la cual, aunque no fuese más que por
quinientos hombres, no se perdería ya tan fácilmente, antes al
contrario, por tal medio podía arribar con toda seguridad nuestra
armada. Así fue como se hizo, después de haber hecho descanso el
domingo en el islote de Pantaleu, y durante cuya permanencia allí,
corno a mediodía, vino a encontrarnos pasando a nado, un sarraceno,
llamado Alí, de la Palomera, quien nos refirió infinitas nuevas de
la isla, del rey v de la ciudad. Con esto, mandamos que sobre media
noche levasen anclas las galeras, y que nadie absolutamente diese el
grito
¡ayoz!
si sólo que en lugar de esta señal, diesen con un palo en la proa de
las taridas y de las galeras al zarpar; pues era inútil el áncora
allí donde tan buen puerto había. Esta disposición se tomó, porque
en la playa de enfrente había como unos cinco mil sarracenos, con
doscientos de a caballo, que tenían paradas sus tiendas; mas tan
bien lo comprendieron los nuestros que, a media noche hubiérase
podido asegurar que no había acaso un hombre siquiera que hablase en
toda la hueste. De las doce galeras que llevábamos, cada una
remolcaba una tarida, y así fue como éstas y toda la gente
fueron introducidas en el puerto, sin que
se percibiera apenas. Oyéronlo, sin embargo, los sarracenos y
alborotáronse; pero conocido por los que conducían las taridas,
cesaron de remar y quedaron quietos a fin de prestar atención.
Entretanto fueron entrando lentamente las taridas en el puerto; mas
al cabo, empezaron a gritar los sarracenos levantando la voz con
fuerza y por largo rato, lo que nos hizo creer que nos habían
descubierto de improviso. Oyendo tales gritos, gritábamos también
nosotros al azar: los sarracenos empezaron a correr a pie y a
caballo por el campo, y mientras mirábamos en qué punto podríamos
tomar tierra, diéronse tal prisa nuestras doce galeras y doce
taridas, que llegaron a la playa antes que los sarracenos pudiesen
impedirlo.
60*
(fol. 35 v
°
-
36 r "/v ")
Los primeros que saltaron en tierra fueron don Nuño y En Raimundo de
Moncada, los templarios, En Bernardo de Santa Eugenia y En Gilberto
de Cruilles, quienes ganaron la mano a los sarracenos, tomando
aquella colina cercana a la mar con la ayuda de setecientos peones
cristianos. Llevaban los nuestros además como cincuenta de a
caballo, frente los cuales los sarracenos se alienaron en batalla,
formando éstos en todo un número como de cinco mil hombres de a pie
y doscientos caballos. Pasó a explorarles Raimundo de Moncada, quien
se adelantó solo y con precaución de que nadie le siguiera, hasta
que estuvo muy cerca de ellos, en cuya ocasión Llamó a los nuestros,
gritando luego al verles ya próximos: —Acuchillémosles, que nada
valen. —Con esto corrió dicho Moncada ante todos contra los moros, y
faltaría sólo la distancia de unas cuatro hastas de lanza para que
los cristianos les alcanzaran, cuando aquéllos volvieron las espadas
y huyeron. Siguiéronles los nuestros sin abandonar su intento, y fue
el resultado, que murieron de los sarracenos más de mil quinientos,
en razón de que ninguno quería dejarse prender; finido lo cual,
volvieron los nuestros a la orilla del mar. Saltábamos Nos a tierra
entonces, y apenas lo hicimos, cuando nos presentaron ya ensillado
nuestro caballo, mientras que de una tarida nuestra desembarcaban
los caballeros de Aragón. Al verles, esclamamos:
—¡Sentimos a fe que se haya vencido la primera batalla de
Mallorca, sin haber Nos estado! pero, caballeros, ¿hay de entre
vosotros quien quiera seguirme? —La respuesta fue seguir todos los
que se hallaban preparados, llegando a formar como unos veinte y
cinco hombres. Con ellos salimos trotando v a galope hacia el punto
en que se había dado la batalla, donde vimos colocados en una sierra
de tres a cuatrocientos peones sarracenos. Al vernos ellos, bajaron
de la sierra al punto, para subir a otra; mas conociendo su intento
uno de los caballeros de Ahe, que son naturales de Tahuste,
aconsejaron que si nos dábamos prisa podríamos alcanzarlos aún; lo
que hicimos, en efecto, adelantándonos con cuatro o cinco, mientras
que los demás caballeros seguían detrás matando y derribando moros
por do quier que los encontraban. Nos, con tres de los caballeros
que nos acompañaban, dimos con uno armado que iba a pie y llevaba
embrazado el escudo, la lanza empuñada, la espada en el cinto, la
cabeza cubierta con un yelmo zaragozano y su correspondiente
perpunte. Al verle, dijímosle que se parase; mas él volvióse hacia
Nos, levantando su lanzón
v
aún en ademán de hablarnos. Entonces fue
cuando Nos dijimos a nuestros caballeros: —Barones, mucho sirven los
caballos en esta tierra, y aún cuando uno no lleva
más que uno, vale aquí cada caballo por veinte sarracenos: yo os
probaré esta verdad, cuando veáis cómo les mate, lo que
conseguiremos, así que veamos uno, poniéndonos en torno a él: tan
pronto como el moro enristre la lanza contra alguno, entonces otro
de nuestra comitiva procurará herirle por la espalda y derribarle, y
así, siguiendo en círculo, se logrará que ninguno de nosotros reciba
daño. —Dicho esto, preparándonos todos para llevar a cabo el plan;
salió don Pero Lobera y embistió al sarraceno, quien al verle venir,
le apuntó la lanza hiriendo de tal modo en el pecho de su caballo,
que sin duda le clavaría aquélla al menos media braza: a pesar de
esto, el caballo de don Pero dio con el pecho tan recio golpe contra
el moro, que le derribó, y este iba ya a levantarse y ponía mano a
la espada, cuando Nos fuimos sobre él; dijímosle que se entregara,
pero antes quiso morir, y de tal modo era tenaz, que cada vez que se
le
decía:
—Ríndete! —respondía le!, que significa
no. Sin éste, murieron aún como unos ochenta, después de lo que, nos
volvimos
a donde estaba nuestra hueste.
61*
(fol. 36 v
"-37r")
AL
llegar, que sería de la tarde, saliónos a recibir En Guillermo de
Moncada, acompañado de En Raimundo de Moncada y otros caballeros. Al
verles, quisimos descabalgar. e ir a pie
hasta donde nos esperaban; mas no bien estuvimos cerca de En
Guillermo, cuando observamos que éste se sonreía, de lo que nos
alegramos sobremanera, pues temíamos no nos culpase por lo que
habíamos hecho, y su sonrisa en tal momento bastó para que entre Nos
calculásemos ya que no había de ser tan amarga la inculpación como
pensábamos. —Qué habéis hecho?, nos dijo
ante todo Raimundo de Moncada; ¡no sabéis cuan fácilmente vos y
todos los vuestros podíais hoy perecer!, pues si por desgracia
llegáis a perderos en este hecho, como aún ahora mismo podía ser que
os perdieseis, por perdida podía darse va también la hueste y cuanto
hasta ahora hicimos. sin que para llevar
a cabo nuestra empresa hubiese jamás hombre capaz de ello.
—Raimundo, interrumpió En Guillermo de Moncada, cierto es que el
rey ha andado indiscreto, mas con ello hemos podido conocer lo
esperto que es en achaque de armas y hazañas, atendido lo que, no es
estraño ya que se mostrara tan aburrido, al ver que no podía ir a la
batalla. Señor, continuó en seguida, dirigiéndose a Nos, confesad
vuestra indiscreción, pues que de vos pendía nuestra vida o muerte;
mas consolaos al mismo tiempo con la idea de que basta el haber
puesto de nuevo los pies en tierra, para poderos llamar rey de
Mallorca; que aun cuando murieseis. bastaría
esto sólo para que se os tuviera como el mejor hombre, y que aun
cuando os vierais postrado en cama, nadie podría quitaros ya esta
tierra, que vuestra
es. —Aquí volvió a replicar Raimundo de Moncada, diciéndonos: —Lo
más conveniente sería ahora, señor, que tomaseis
nuestro consejo, a saber, que esta noche os procuraseis guardar.
pues mayor peligro corréis en la de hoy,
que en todo el tiempo que permanezcáis en esta tierra; y si he de
decir mi parecer, creo que lo mejor sería vigilar, pues si les
diésemos tiempo de sorprendernos, de nada nos serviría ya cuanto
hemos adelantado.
—Vosotros que sabéis más que yo, dijimos Nos, resolved lo que mejor
os parezca, y cuanto resolviereis, Nos lo haremos de buena gana.
—Pues hacer armar cien caballos esta noche.
respondieron; y que avancen todo lo posible las atalayas, a
fin de que tenga tiempo de armarse la hueste, antes que llegue el
enemigo. —Muy bien decís, contestamos:—mas
acordándonos entonces de que aún no habíamos comido, añadimos:
—Dejadnos corner
antes, y luego enviaremos mensaje a los ricoshombres para que cada
uno haga armar la tercera parte de su compañía, y envíen algunos
peones por de fuera con el objeto de escuchar y hacérnoslo saber
luego que algo sepan. —Así lo hicimos: después de haber comido
enviamos nuestros porteros a cada uno de los ricoshombres con la
orden, mas no fue posible que enviaran a nadie adonde les decíamos,
pues todas las compañías, hombres y caballos estaban atropellados.
tanto por el mareo, como por la batalla
que se había dado; Nos, sin embargo, nos dormimos confiado, por
pensar que sin dificultad hubieran cumplido.
Nuestras naves, entretanto, con trescientos caballeros v sus
correspondientes caballos que llevaban a bordo, llegaron al cabo de
la Porrasa, desde donde, durante la noche, descubrieron la hueste
del rev
de Mallorca que se estendía por la sierra del puerto de Portupí. Don
Ladrón, ricohombre aragonés que había venido con Nos, no pudo menos
de hacernos saber tal noticia, y al efecto mandó, de acuerdo con los
caballeros que llevaba en su nave, que se nos enviase
inmediatamente una barca, v se nos dijera que estuviésemos
prevenido, porque el rey de Mallorca con su ejército se hallaba en
la sierra del puerto de Portupí, donde tenía armadas sus tiendas.
Llegó a Nos tal mensaje sobre media noche, entrado ya el miércoles,
y al punto lo tramitimos a En Guillermo de Moncada, a don Nuño y a
los demás ricoshombres del ejército. Con todo.
no nos levantamos hasta rayar el alba, en cuya hora se
levantaron también todos los demás: oímos nuestra misa en nuestra
tienda, y en ella hizo el obispo de Barcelona el siguiente sermón:
62*
(fol. 3? r "/v ")
—BARONES: no es ésta la ocasión más
propia para entretenernos en un sermón largo, pues que ni tiempo
tuviera para ello; sólo debo deciros, que esta hazaña en que figuran
el rey nuestro señor v vosotros, es sólo obra de Dios, no nuestra; y
con esto haced cuenta que los que en ella murieren, morirán por
nuestro Señor y alcanzarán el paraíso, donde han de
tener gloria perdurable;
asimismo los que quedaren con vida tendrán para ésta gloria y prez y
lograrán buena muerte en su fin. Ánimo por Dios, barones, que la
única idea que guía al rey nuestro señor, a nos v a vosotros, es
destruir a aquellos que reniegen del nombre de Jesucristo. Todos
debéis
v
podéis
pensar que Dios y su Madre no se apartarán de nuestro lado en tal
día, antes nos darán la victoria:
v
debéis
estar íntimamente convencidos, de que todo lo venceremos hoy; hoy,
sí, que es el día señalado para dar la batalla. Animo, pues, repito.
y alegraos, que vamos con señor natural
bueno, sobre el cual, así como sobre vosotros, vela Dios, que es el
que nos ha de ayudar. —Con tales palabras dio fin a su sermón el
obispo.
63*
(fol.
25 r "/v ")
ACABADA
la misa, En Guillermo de Moncada comulgó; mas Nos y la mayor parte
de los nuestros no lo hicimos, porque comulgamos ya antes de entrar
en la mar. Estaba En Guillermo para tal acto puesto de hinojos en
tierra; y mientras recibía el cuerpo de su Criador, lloraba y las
lágrimas le corrían por el rostro. Hecho esto, discutióse sobre
quién debía llevar la delantera, a lo que dijo En Guillermo de
Moncada: —Vos la podréis llevar, En Nuño. — Contestóle éste: —Antes
os toca a vos. —En Nuño, dijo entonces En Raimundo de Moncada, ya
conocemos por qué decís
v
hacéis esto; sin duda que veis venir las cuchilladas de los
sarracenos que se albergan en la Porrasa. —Vaya, vaya!,
replicó Guillermo de Montada; sea lo que fuere. —Es de saber que
éste v Raimundo de Moncada habían tratado va que Nos esperásemos
hasta que ellos hubiesen dado principio a la batalla,
mas a tal sazón llegó un hombre de los
nuestros y nos dijo: —Ved, señor, que todos los peones
marchan ya, y se separan de la hueste con ánimo de irse. —Al oír
esto, cabalgamos en un rocín y En
Rocafort
vino con Nos; mas no teniendo el caballo, porque aún se lo guardaban
en la nave, tomó una yegua que por allí había, v en tal disposición
nos marchamos ambos. Pronto dimos con nuestros sirvientes, quienes
iban en número de cuatro a cinco mil, y apenas les divisamos, cuando
nos pusimos a gritar: —Traidores!, adónde
vais por aquí? No veis que si salen unos cuantos caballeros os van a
matar a todos? —Conmovidos con tan justas
razones, se pasaron y dijeron: —Verdad es cuanto el rey dice, pues
vamos como si fuésemos orates. —Con esto, les entretuvimos hasta que
llegaron En Guillermo de Moncada, En Raimundo v el conde de Ampurias
con los demás de su linaje. Al verles, les dijimos: —Aquí tenéis a
los sirvientes que querían marcharse y a los cuales hemos detenido.
—Respondiéronnos: —Muy bien hicisteis; —v luego de habérselos
entregado, marcháronse con ellos. Al cabo de un rato percibimos gran
ruido, lo que enviamos a noticiar por un trotero a don Nuño, a fin
de que apresurase lo posible su venida, pues temíamos de seguro que
los nuestros no hubiesen ya dado con los sarracenos. El trotero no
compareció por más que le esperamos, y viendo que se pasaba tanto
tiempo, dijimos a
Rocafort:
—Id allá, dadles prisa, y decid a don Nuño que mal haya su tardanza;
que no vale tanto su comida como el daño que podría habernos hecho,
y que no conviene vaya la vanguardia tan lejos de la retaguardia,
que la una no vea a la otra. —Señor, estáis aquí solo, respondiónos
Rocafort,
y esto basta que no me aparte de vos por nada del mundo. —Santa
María!, esclamamos Nos mientras nos daba tal repuesta; pues ¿cómo
don Nuño y los caballeros tardan tanto? ¡En verdad que no se
portan corno deben! —Apenas acabamos de
hablar, cuando oímos gran ruido de golpes y gritería, lo que nos
hizo esclamar de nuevo diciendo: —¡Ah,
Santa María, ayuda a los nuestros, que según parece, han dado ya con
los enemigos! —A tal sazón llegó don Nuño y Beltrán de Naya con él;
y Lope
Giménez
de Luciá v don Pero Pomar con toda su compañía, y En Dalmacio y En
Jazperto de Barberá, quienes nos preguntaron admirados, cómo
estábamos allí. —Estamos aquí, les respondimos, por causa de los
peones que he tenido que detener; pero démonos prisa, por Dios,
señores. pues parece que los nuestros han
empezado ya el choque. —No lleváis cota, señor?,
díjonos Beltrán de Naya. —No la tenemos aquí, le respondimos. —Pues
tomad ésta, —nos dijo; y dándonos la suya, nos la vestimos, así como
nuestro perpunte, y nos marchamos en seguida; dando órdenes,
mientras íbamos atándonos la capellina a la cabeza, para que se
enviara un mensaje a don Pero Cornel, a don
Gimeno
de Urrea y a En Oliver. con el objeto de
darles prisa, en razón de haberse empezado ya la batalla.
64*
(fol. 38 v
° -
39 r ")
LLEGADOS al lugar del choque,
encontramos a un caballero a quien pedirnos nos esplicara de qué
modo había tenido lugar el suceso y qué había sido de los nuestros.
—El conde de Ampurias, nos contestó, y los del Templo acometieron a
los de las tiendas, y En Guillermo de Moncada y En Raimundo a los de
la izquierda. —Y nada más sabéis?, le
dijimos Nos. —Solamente que tres veces han vencido los cristianos a
los sarracenos, y tres veces los sarracenos a los cristianos. —Y
ahora, dónde se hallan? —En aquella
tierra —nos dijo. Y habiéndonosla señalado, nos fuimos. Encontramos
por el camino a Guillermo de Mediona,
de quien decían que no había en todo Cataluña
otro mejor que justar, siendo además buen caballero, el cual se
retiraba de la batalla, llevando ensangrentado todo el labio
inferior. —Guillermo de Mediona,
dijímosle al verle en tal estado, ¿cómo os
salís de la batalla? —Porque estoy herido— nos respondió; y de tal
respuesta habíamos llegado a creer que la herida de que nos hablaba
fuese mortal o la tuviera en otra parte del cuerpo; mas
preguntándole para que nos dijera claramente dónde estaba herido,
nos contestó que sólo en la boca, de una pedrada que le habían
arrojado. —Al oír esto, tomamos su caballo de la
riendas y dijimos al jinete: —Volveos a la batalla, que un
buen caballero por semejante golpe no debe acobardarse, ni menos
abandonar la lucha. —Volvióse Guillermo, y Nos estuvimos
contemplándole largo rato, mas al fin lo perdimos de vista.Al
llegar al estremo de la sierra, no venían ya en nuestra compañía más
que doce caballeros; v entonces la señera de don Nuño con Roldan
Lay
que la guardaba y
sire
Guilleumes, hijo del rey de Navarra, junto con unos setenta
caballeros pasaron delante de Nos. En lo alto de la sierra, donde
estaban los sarracenos, había gran multitud de peones, y con ellos
se veía una señera partida a lo largo de rojo y blanco, teniendo
clavada en el hierro de su lanza una cabeza humana o acaso imitada
de madera.
AI
verlo, dijimos: —Don Nuño, subamos a la sierra con esta compañía que
pasa, sino van a vencerla, pues va desbandada, y compañía que se
desbanda en batalla, pronto es vencida. —No bien oyeron estas
razones don Pero Pomar y Ruy
Giménez
de Luciá, cogiendo las riendas de nuestro caballo y tirándolas con
gran fuerza, nos dijeron: —Hoy nos mataréis a todos, y vuestra
impaciencia nos llevará a mal
fin.
—Basta, basta, dijimos Nos entonces, que no soy león ni leopardo
para que así me pongáis freno; mas ya que tanto os emperráis en que
me detenga, me detendré; pero quiera Dios que no resulte en mal
vuestro el haberme detenido.
65*
(fol. 39 r ")
ESTANDO
en estas razones, llegó Jazperto de Barberá, y dijo a don Nuño que
le siguiera. —Voy a hacerlo, —respondió don Nuño; y Nos añadimos:
—Pues va a la batalla En Jazperto, también puedo ir yo. —Cómo!
Vos?, replicó don Nuño; cierto que ya os
ha pregonado todo el mundo león de armas, mas pensad que en la
batalla puede haber acaso otro león igual.—No había tenido aún
Jazperto tiempo de juntarse con aquellos setenta caballeros, cuando
los moros, moviendo gran gritería, empezaron a arrojar piedras,
avanzando algún tanto del lugar en que estaban. Al verlo los que
guardaban la señera de don Nuño, retrocedieron inmediatarnente,
aunque sin inmutarse, como un tiro de piedra largo hacia Nos; en
cuya ocasión salieron algunas voces que dijeron:
—¡Vergüenza! —Los sarracenos, sin embargo, no les siguieron y
los nuestros se pararon; mas llegando a tal sazón nuestra señera y
meznada con cerca de cien caballeros o más que la escoltaban,
gritaron éstos —Ea! Ved aquí la señera del rey!—
Bajamos entonces de la colina y nos reunimos con el pelotón que
circuía la señera, emprendiendo de nuevo la subida todos juntos. Así
que nos vieron los moros, echaron a correr; más de dos mil
sarracenos iban delante de Nos a pie huyendo, pero no pudimos
alcanzarlos ni Nos ni los demás caballeros, en razón de hallarse va
en estremo fatigados los caballos, y hasta los mismos jinetes.
Concluida la batalla, fuimos bajando la colina, y al hacerlo,
acercóse don Nuño y nos dijo: —Buen día nos ha llegado a Vos y a
nos, pues todo es nuestro por haber vencido vos esta batalla.
66*
(fol. 39
r"/ v")
PASADAS
tales razones, dijimos a don Nuño: —Sé que el rey de Mallorca está
en la montaña; de consiguiente, lo mejor sería que nos dirigiésemos
a la villa, adonde él no podrá llegar antes que nosotros. Si ahora
queréis .verle, mirad donde hay aquel pelotón, y le veréis vestido
todo de blanco. Mucho alcanzarernos, don Nuño, como le distraigamos
de la villa.—Y dejábamos ya la colina
para entrar en el llano, cuando se nos presentó En Raimundo Alamañ y
nos dijo: —Señor, podremos saber qué resolvéis? —Marchar a la villa,
le respondimos, para impedir al rey que vuelva a ella. —Estoy
viendo, replicó, que vais a hacer lo que ningún rey hace después de
vencer una batalla, pues allí donde se venciere es preciso pasar la
noche para saber qué es lo que gana o pierde. —Sabed, Raimundo
Alamañ, que lo que Nos decimos es lo que conviene. —Dicho esto, nos
fuimos bajando por la cuesta dirigiéndonos paso a paso hacia el
camino de la villa; y habríamos andado como una milla a lo más,
cuando se nos acercó el obispo de Barcelona, diciéndonos: —Señor,
por
amor de Dios no llevéis tanta prisa! —Porqué no, obispo?
Cuanto más pronto despachemos, mejor. —Es que tengo que
hablaros: —continuó el obispo; y llevándonos a un lado del camino,
nos dijo: —Ah. señor!, acabáis de sufrir
una pérdida
mayor de lo que os podéis figurar: Guillermo y Raimundo de Moncada
han muerto! —Qué decís!, muertos son? —le
dijimos, y al punto echamos a llorar: lo que conviene es sacar del
campo los cadáveres cuanto antes. —Está bien. —Esperadnos, le
dijimos por último, que Nos cuidaremos de ello.
67*
(fol.
39 v
°/
40
r")
FL-1_yios
entonces pausadamente hacia la sierra de Portupí, desde donde vimos
a Mallorca, cuya villa nos pareció a Nos v a cuantos con Nos venían
la más hermosa de cuantas hubiésemos visto. En tal punto
encontrarnos va a don Pelegrín de Atrosillo. y
preguntándole si había por allí agua, a fin de podernos acampar
aquella noche, nos contestó que sí. añadiendo,
en prueba de ello, que él mismo había visto entrar al viejo con
veinte de a caballo que abrevaron sus caballerías, a quienes él no
se había atrevido a embestir por llevar solamente cuatro soldados en
su compañía. Con tal noticia pro-seguimos
adelante hasta que encontrarnos el agua, y Nos acampamos allí por
aquella noche. —Como hay Dios que tengo
hambre. dijimos a don Nuño, pues no he
comido hoy. —Señor, nos respondió, creo que En Oliver tiene va
parada su
tienda v ha arreglado comida: allí podréis desayunaros. —Vamos donde
quieras. le dijimos —y llegando a la
dicha tienda,
nos pusimos a comer. Viendo don Nuño que ya había anochecido cuando
nos levantarnos de la mesa, nos dijo: —Señor. ya
que habéis comido, bueno sería que fueseis a ver a En Guillermo de
Moncada y a En Raimundo. —Respondímosle que era bien pensado; y
mandando encender varias antorchas y velas, nos fuimos ante todo en
busca de En Guillermo, a quien encontramos tendido en tierra sobre
un almadraque y tapado con una cubierta. Largo rato nos estuvimos
llorando sobre su cuerpo; lloramos no menos sobre el de Raimundo, y
luego nos volvimos a la tienda de En Oliver.
donde dormimos toda la noche y hasta que amaneció.
Entrada la mañana, nos aconsejaron que mudásemos de lugar; mas
teniendo intención de probar el modo como mejor sentaríamos el
campamento, lo pusimos por obra, después de vestirnos la loriga y el
perpunte, colocando a un lado de la azequia a los catalanes, y al
otro a los aragoneses. Tan reducido espacio ocupaba el campamento.
que nadie hubiera dicho se abrigasen en
él más allá de cien caballeros,
v
de tal manera estaban entrelazadas unas con otras las cuerdas que
lo ceñían, que por espacio de ocho días apenas hubo en la hueste
quien pudiera mudar de lugar.
68*
(1
1.
40 r"/v")
POR
la mañana. asentado ya el campamento,
reuniéronse los obispos y los nobles y vinieron a nuestra tienda, en
cuya
entrevista el obispo de Barcelona,
Berenguer
de
Palou..
nos
hizo la siguiente observación: —Señor, convendrá que demos
sepultura a esos cuerpos muertos. —Tenéis razón, le respondimos.
—¿Y cuándo queréis que lo hagamos?,
continuó. —Ahora
mismo, o mañana por la mañana, contestaron algunos, o sino después
de
corner.
—Valdrá más mañana por la manaña, dijimos Nos; pues así los
sarracenos no lo verán. —Bien pensado.
respondieron los nobles; v así, cuando estuvo ya puesto el
sol, mandarnos traer algunas telas anchas y largas v las hicimos
colgar a la parte de la villa, a fin de que los que había en ésta
no
viesen el resplandor de nuestras luces cuando hiciésemos el
entierro. Al dar sepultura a lo cadáveres, todos los de la comitiva
echaron a llorar gritando. y lamentándose
de tal desgracia; mas observado por Nos, mandámosles que callasen v
escuchasen cierta cosa que queríamos decirles, v habido por ello
silencio, les hablamos de
esta manera: —Barones, estos ricoshornbres que veis aquí muertos han
perecido en servicio de Dios y nuestro. Si nos fue-se
posible recobrarlos, de manera que pudiésemos volverlos a la vida,
tanto daríamos de lo nuestro y de nuestras tierras para que Dios nos
otorgara esta gracia, que a buen seguro por loco nos habían de tomar
cuantos supieran lo que ofreceríamos. Pero ya que ha sido voluntad
de Dios el que Nos y vosotros le prestáramos un servicio tan
señalado, por los mismo no conviene mostrar aquí sentimiento ni
derramar lágrimas: cierto es que el pesar es grande, mas ninguna
necesidad hay de que lo sepan los que pueden oírlo desde afuera: en
fuerza, pues, del señorío que tenemos sobre vosotros, mandamos que
ninguno se atreva a llorar ni a gemir, que aún cuando perezcan con
aquéllos las ocasiones en que hubieran podido haceros bien, Nos las
sabremos suplir, otorgándoos lo que fuese menester. Si alguno de
vosotros perdiese el caballo u otra cosa, venga a Nos, y se lo
enmendaremos cumplidamente, sin que por esto os hagan falta vuestros
se-ñores
en lo más mínimo: de tal guisa serán los beneficios que os hagamos,
y cuyo valor fácilmente podréis conocer. Ved,
con esto, que vuestro llanto ahora sólo servira para desmayar al
ejército, y que éste sería el único provecho que sacaríais:
así pues, os mandamos por la naturaleza que sobre vosotros tenemos,
que ceséis de llorar: el mejor sentimiento que en
tal ocasión puede mostrarse será que Nos con vosotros y vosotros con
Nos nos lamentemos de tal pérdida, pero sirviendo
debidamente a nuestro Señor en la empresa que hemos acometido, a fin
de que su nombre sea en todos tiempos santificado. —Al oír tales
palabras, procuraron todos disimular el llanto, aparentando
serenidad, y pasaron en seguida a sepultar los cadáveres.
69*
(fol.
40 v"
-
41
r"/v")
OTRO
día por la mañana reunimos nuestro consejo con los obispos y nobles
de la hueste, a fin de resolver la descarga de los buques que
estaban atracados. Enviamos a tal objeto un trabuquete y un mandrón,
para que se protegiera así el desembarque; mas apenas observaron los
sarracenos que arrastrábamos a tierra las embarcaciones, diéronse
también prisa en levantar luego dos trabuquetes y algunas algaradas.
En vista de tal novedad, los cómitres y pilotos de las naves
de Marsella, que no serían más allá de cuatro o cinco, vinieron a
nuestra presencia y nos dijeron: —Señor, ya sabéis que
hemos venido en vuestra ayuda para servir a Dios y a Vos: por esto,
pues, los hombres de Marsella que aquí estamos, nos brindamos a
fabricar ahora mismo un trabuquete, con las entenas y demás maderaje
de las naves, lo cual ha de ser en gran provecho de Dios y vuestro.
—Así lo hicieron; y de modo se dieron prisa, que antes que los
sarracenos tuviesen arreglados los suyos, tuvimos ya nosotros
armados nuestros trabuquetes y el fundíbulo. Cuando lo estuvieron
todos los ingenios, hubo por nuestra parte, dos trabuquetes, un
fundíbulo y un mangano; y por la de los sarracenos, dos
trabuquetes, catorce algaradas, y entre éstas una, la mejor que
llegaba a sobrepasar casi de cinco a seis tiendas, penetrando por
dentro la hueste: sin embargo, el trabuquete que trajimos en la
armada era superior a aquéllas, y alcanzaba mucho más lejos que el
mejor ingenio de los contrarios. Empezaron los nuestros a tirar
contra los de la villa, mas viendo la prisa que se daban los
sarracenos, ofrecióse En Jazperto de Barberá a dirigir la
fabricación de un mantelete, con el cual podría irse hasta la obra
del foso, pesar de los ingenios y de las ballestas de los de dentro.
Y en efecto, hízose de forma dicho mantelete, que andaba en ruedas
v
estaba cubierto con tres órdenes de tablas recias y de buena madera.
Empezó a moverse desde el punto donde había los trabuquetes, dándole
empuje a fuerza de palancas; y presentaba un aspecto tal, como si
fuese una casa de las que se cubren con tablas; teniendo sobre la
madera una capa hecha de rama, y sobre ésta otra de tierra, a fin de
que ningún daño pudiesen hacerle las piedras de las algaradas. El
conde de Ampurias mandó hacer otro mantelete, que fue acercando al
foso, y puso dentro de él una compañía y minadores para que
penetrasen
por la tierra y viniesen a salir al mismo pie del foso; Nos hicimos
lo propio con otra compañía nuestra y dando principio
con esto a las tres cavas, tuvimos, que mientras el mantelete de En
Jazperto avanzaba a flor de tierra los otros dos iban minando por
debajo.
En vista de tan favorables adelantos, la hueste se dio por muy
contenta; y bien puede decirse que nadie en el mundo ha visto jamás
unos soldados como los nuestros, que tan exactamente cumpliesen lo
que les predicaba cierto fraile predicador, doctor en teología y
llamado fray Miguel, el cual iba con la hueste, acompañado de otro
fraile llamado fray
Berenguer
de
Castellbisbal.
Cuando les perdonaba los pecados, para lo cual tenía poder de los
obispos, si les decía que era preciso traer piedras o maderas de un
lugar a otro, brindábanse a ello los caballeros, sin esperar que lo
hicieran los peones; a todo daban mano; y hasta delante de sí, sobre
las sillas de sus mismos caballos, llegaron a trasportar las piedras
que eran necesarias para los fundíbulos y trabuquetes, empleando
asimismo en tal trabajo a todos sus servido-res: otros para llevar
piedras a los trabuquetes arreglaban con cuerdas y maderas ciertos
avíos a manera de parihuelas; y cuando les mandábamos que fuesen a
velar de noche los ingenios con los caballos armados, o a guardar de
día a los minadores, o a desempeñar cualquier otro oficio de la
hueste, si les maridábamos que fuesen cincuenta, iban ciento. Y para
que sepan los que este libro leyeren, cuan costoso fue este hecho de
armas de Mallorca, baste decir de una vez, que por espacio de tres
semanas no hubo peón, ni marinero, ni ningún otro que quisiese
dormir con Nos en el campa-mento: sólo Nos, los caballeros y los
escuderos que nos servían éramos los únicos que dormíamos allí, que
los demás hombres de a pie y los marineros, lo único que hacían era
venir muy de mañana, dejando los barcos donde habían pasado la
noche; siendo uno de los que esto hacían el ya citado pavorde de
Tarragona. Eso sí, de día estaban con Nos y al llegar la noche, se
recogían en la mar; por cuya razón hicimos abrir un foso en torno de
la hueste y levantar una empalizada, la cual tenía solamente dos
puertas, por las que nadie podía salir sin espreso mandato de Nos.
70*
(fol.
41 v"
-
42
r")
SIN
embargo tales prevenciones, sucedió aún lo que no esperábamos: un
sarraceno de la isla, que tenía por nombre
Ifantilla, reunió todos los de la montaña, que serían como cinco mil
hombres, inclusos ciento de a caballo, y colocándose
en una colina muy fuerte, que hay sobre la fuente de Mallorca, paró
allí sus tiendas en número de treinta a treinta y cinco y quizás
cuarenta, desde donde, enviando sus sarracenos con azadones, desvió
el agua de la fuente que iba a la villa, y la dejó correr por el
torrente abajo, de manera que no podíamos contar va más con ella.
Viendo que tal privación había de ser trascendental para la hueste,
resolvimos que partieran allá uno o dos cabos con trescientos
caballeros, para que los combatiesen y recobrasen el agua; nombramos
jefe de tal compañía a don Nuño, quien se dispuso luego a cumplir; y
después de reunidos trescientos caballeros, entre suyos y los que
los demás ofrecieron, marchó hacia la colina, cuya posición, al
parecer, trataban de defender los sarracenos. Pero no bien llegaron
los nuestros, cuando cantaron ya victoria, posesionándose de la
colina, y lo que es más, alcanzando a Ifantilla, a quien dieron
muerte, pereciendo a par de él quinientos de los suyos, y viéndose
obligados los demás a huir a la montaña. Apoderándose de todas sus
tiendas, saquearon enteramente su campamento, y por fin, nos
trajeron al nuestro la cabeza de Ifantilla, la cual mandamos poner
en la honda del mandrón v arrojar en seguida dentro de la plaza. Con
esto conseguimos de nuevo el agua que nos habían quitado, y de ello
tuvo grande alegría nuestra hueste, pues hubiera sido mucho el
estorbo que tal falta nos hubiese ocasionado.
71*
(fol. 42
r"/v")
PASADO
esto, un sarraceno de la isla, llamado
Bean Abet,
enviónos mensaje por otro sarraceno, el cual nos trajo una carta de
aquél, en la que nos decía, que, si quisiésemos, vendría a Nos para
hacernos un servicio, tanto, que él y los habitantes de una de las
doce partidas en que estaba dividida la isla, nos traerían para la
hueste cuanto les fuese posible: añadiendo aún más, que estaba
seguro de que imitarían su ejemplo otros muchos, como supieran que
Nos le diésemos a
61
buen tratamiento. Consultámoslo con los nobles de la hueste, y
acordado unánimemente, mandónos decir el sarraceno que enviásemos
algunos caballeros a cierto lugar seguro, distante de la hueste como
una legua, donde nos prestaría homenaje para servirnos fielmente y
sin engaño, de modo que, desde entonces, podíamos contar ya con el
gran servicio que nos prestaría. Al efecto enviamos veinte
caballeros, quienes le encontraron en el lugar señalado con el
presente ofrecido, el cual consistía en veinte caballerías cargadas
de avena, cabritos, gallinas y uvas, siendo singular el modo como
conducían éstas, pues las llevaban en sacos, y sin embargo salían
enteras, y sin estar machacadas. Tal fue el regalo, que partimos con
todos los nobles de la hueste, y que nos trajo aquel ángel de Dios;
y no se estrañe que así le tratemos, aún cuando era sarraceno; pues
nos sacó de tal apuro, que por ángel le tomamos, y sólo a un ángel
le podemos comparar. Lo primero que hizo al llegar, fue pedirnos que
le prestásemos un pendón, nuestro, con el objeto
de que, si viniesen mensajeros suyos a la hueste, los nuestros no
los maltratasen. Consentimos en ello, v a poco enviónos
ya otros mensajes, para decirnos que dos o tres partidas más querían
imitar su ejemplo, y que así contásemos ya en que no se pasaría
ninguna semana, sin que nos enviase provisión de avena, harina,
gallinas, cabritos y uvas, con lo que reforzaría la hueste. Hízolo
como lo prometió; y tal fue el resultado, que antes de quince días
todas las partidas de Mallorca que se hallan situadas al otro lado
de la ciudad y frente de Menorca, las tuvimos a nuestro servicio y
nos prestaron obediencia, por cuyo motivo pusimos toda nuestra
confianza en el sarraceno, pues conocimos que era hombre
de toda verdad. Una de las cosas que nos pidió, fue que nombrásemos
dos bailes cristianos que rigiesen por Nos aquellas
partidas que estaban a nuestro servicio; y creyendo su consejo,
nombrámoslos en efecto, y fueron los tales, En
Berenguer
Durfort y En Jaime
Sans,
ambos de nuestra casa y hombres entendidos en el negocio.
72*
(fol.
42
v" - 43 r")
PARA
que sepan los que este libro leyeren cuántas son las partidas que
hay en Mallorca, les diremos que son quince: la primera Andraix y
las demás Santa Ponza, Buñola, Soller, Almerug y Pollenza, cuyos
nombres son los de las montañas que miran a Cataluña. Los de las que
se hallan en el llano son Montverí, Canarrossa, Inca, Piedra, Muro y
Felanitx
donde hay el castillo de Santverí; y además,
Manacor
y Artá; contándose en el término de la ciudad quince mercados, tres
más que antes, pues los sarracenos sólo tenían doce.
Pero volvamos a la relación anterior. Diéronse prisa en adelantar
las cavas los que las hacían, por los tres puntos ya citados; de
manera que tanto los que trabajaban por encima como los que minaban
por debajo, vinieron a salir todos al foso. Acudieron a las cavas
los enemigos, mas defendiéndolas bien los nuestros, tanto por encima
como por debajo, lograron apartar de tal punto a los sarracenos, no
sólo una sino muchísimas veces. Entonces fue cuando los minadores
bien prevenidos pasaron con los picos a las torres, y las empezaron
a cavar, a pesar de los sarracenos que no podían defenderlas:
apuntalaron una de ellas, v cuando fue ocasión, pegaron fuego a los
puntales hasta que vino abajo. cuyo
trastorno hizo que los sarracenos saliesen a toda prisa. Del mismo
modo destruyeron otras tres torres a la vez; mas antes
de conseguirlo en la primera, díjonos el pavorde de Tarragona:
—Señor, queréis que hagamos una cosa muy convenien-te?
—No tenemos dificultad en ello. le
respondimos. —Pues e(ntonces, continuó
él, lo que debe hacerse es atar una gúmena a los puntales que
sostienen la torre; tirarán de ella los que se hallen dentro de la
mina v faltándole entonces los estribos, tendrá que venirse abajo
precisamente. —Púsose por obra el proyecto; y al arruinarse la
torre, cayeron con ella tres sarracenos, de los cuales salieron a
apoderarse los que estaban en las minas.
73*
(fol.
43
r ^/v "
VINIERON
después de esto dos hombres de Lérida. el
uno llamado En Prohet v el otro en Juan Xixó, con otro compañero
suyo, y nos dijeron: —Señor, si nos dais permiso, os prometemos
cegar todo el foso a fin de que puedan avanzar los caballos armados.
—Está bien. les respondimos, pero ¿ya
estáis seguros de que pueda conseguirse? —Sí señor, dijeron ellos,
con tal que Dios nos ayude y que vos nos hagáis guardar.
—Respondímosles que nos placía sobremanera y hasta se lo
agradecíamos, de modo que podían ya desde entonces dar principio a
su trabajo. para lo que les daríamos la
guardia correspondiente. Con esto empezaron a rellenar el foso.
v lo hicieron de esta manera: primero
entendiendo una capa de leña, v luego esparciendo por encima otra de
tierra. Al cabo de quince días que se estaba haciendo tal maniobra
v
que el foso se iba llenando, los sarracenos ya no podían defenderse,
y con ello conocieron los de la hueste cuan poco faltaba para
vencer.
Un domingo. nos habíamos vestido y
engalanado tal cual, procurando desocuparnos de todos nuestros
quehaceres: mientras nos aderezaban la comida que habíamos ordenado,
nos entreteníamos en mirar cómo tiraban los ingenios.
estando en nuestra compañía el obispo de
Barcelona, En Carroz v otros caballeros; cuando advertimos que salía
una grande humareda del foso por una cava que los sarracenos habían
abierto por debajo de los materiales hacinados. El verlo, pesónos
mortalmente, pues mirábamos va como perdido todo nuestro trabajo y
como inútil el tiempo que había-mos esperado: tal era la confianza
que habíamos tenido de ganar la villa por tal medio, y tal el
sentimiento que nos causaba la pérdida de un hecho tan interesante,
en menos de una hora. Todos los que estaban con Nos permanecían
callados,
v
Nos mismo estuvimos largo rato meditando, hasta que al fin nos envió
Dios el acertado pensamiento de hacer que el agua volviese a correr
hacia el foso. Para realizarlo, mandamos armar cien hombres con
escudos, lanzas v demás arneses correspondientes, quienes debían ir
con azadores y cuidando de que los sarracenos no les viesen, al
punto donde el agua tenía menor elevación, y desde allí soltarla.
a fin de que, corriendo hacia el foso, lo
llenase apagando al mismo tiempo la leña encendida. Llevado a cabo
tal pensamiento, consiguióse va que los moros no volviesen a aquel
paraje: lo que hicieron fue solamente venir a las minas de debajo
que antes hemos citado, v abriendo hacia afuera una en la misma
dirección que otra abierta por los nuestros hacia adentro.
de manera que por esto, y por ser además
aquélla muy baja, vinieron a toparse unos v otros dentro de la misma
cava. Al principio los sarracenos rechazaron a los nuestros; mas
llegada a Nos la noticia por un mensajero de que los nuestros habían
sido echados afuera, enviamos al punto a dicha cava una ballesta de
torno, la cual obró de manera, que al primer golpe que dio a dos
sarracenos escudados que iban delante, los dejó muertos,
partiéndoles los escudos; lo que, visto por los demás, les obligó a
abandonar el puesto. Tal fue el resultado de las cavas que hicieron
los sarracenos debajo de tierra al rellenarse el foso.
74*
(fol. 43 v
°-44 r")
VIENDO
los moros que no podían defenderse, enviáronnos un mensaje diciendo
que tenían que hablarnos, y que lo harían, corno les enviásemos de
nuestra parte un mensajero. que mereciese
de Nos toda confianza. Consultárnoslo con los obispos y nobles de la
hueste, v, supuesto que tal concesión no podíamos dejar de hacerla a
los enemigos, ya que nos querían hablar, por ser antes bien una cosa
muy útil, enviámosles a don Nuño con diez caballeros y con ellos a
un judío de Zaragoza llamado Baln Hel, el cual como buen trujamán
sabía hablar el algarabía. Al llegar don Nuño, dijéronle los
sarracenos qué quería y si tenía que decirles algo; a lo que
contestó don Nuño: —Por nada de eso vengo. Lo que hay es que
vosotros enviasteis a decir a mi señor, el
rev,
que enviase aquí un mensajero de su confianza, y por ello me ha
escogido a mí; debiendo deciros además, que soy pariente suyo. Para
esto, pues, queriendo honraros demasiado, me ha enviado aquí,
siendo mi único objeto el escuchar cuanto tengáis bien decirme.
—Respondióle el rey de Mallorca, que nada tenía que decirle,
pudiéndose volver de consiguiente; con cuya respuesta don Nuño se
volvió a Nos. A tal sazón, mandamos reunir todo nuestro consejo de
obispos y nobles, a presencia del cual vino don Nuño, para
darnos relación de lo ocurrido; y aún no había dado principio su
discurso, cuando empezó a sonreírse; mas observándolo
Nos, dijímosle qué motivo tenía para reírse entonces, a cuya
pregunta nos contestó don Nuño, que razón le sobraba para
ello, pues que el rey de Mallorca nada le había dicho, y sí antes
bien preguntado, qué era lo que se le ofrecía. Añadió a tales
palabras don Nuño: —Yo le dije que me maravillaba sobremanera de ver
que un hombre tan sabio como él, después de haberos enviado un
mensaje para que le trasmitieseis un mensajero de vuestra confianza,
viniese entonces preguntándome qué era lo que se me ofrecía. A esto
tuve por conveniente responderle, que pues había enviado por nos,
nada le diríamos si él no hablaba primero. —Esta fue la relación de
don Nuño, en vista de la que, dijo nuestro consejo: —Tiempo vendrá,
en que él mismo querrá hablarnos de grado, sin que le preguntemos.—
Y hecha tal contestación, marchóse cada cual a donde le plugo.
75*
(fol. 44 r "/v ")
ALGÚN tiempo después de habernos separado del consejo, don Pero
Cornel, que era uno de los que habían asistido, nos
dijo: —Os participo cómo Gil de
Alagón.
a
quien llaman por otro nombre Mahomet, me ha enviado por dos veces un
mensaje, diciéndome que quería hablar conmigo. Si vos lo permitís,
accederé a su petición, y quién sabe si por tal medio
podremos descubrir algo que nos sirva de provecho. —Pláceme, —le
respondimos; y marchando en seguida, volvió a comparecer al día
siguiente de mañana, diciéndonos todo cuanto le había dicho Gil de
Alagón,
el cual había sido antes cristiano y caballero, y luego se había
hecho sarraceno. Lo que éste le había propuesto era que trataría con
el rev
de Mallorca y con todos los jeques de la villa de la tierra, para
que se nos abonara a Nos y a todos los ricoshombres el gasto que
pudiésemos haber hecho en la espedición dejándonos retirar
libremente y sin hacernos daño, cuya promesa debíamos estar seguros
nos atenderían con toda formalidad. Oídas tales razones, dimos al
que nos hablaba la siguiente
contestación. —Nos maravillamos de sobremanera, don Pero Cornel,
cómo llegáis a hablar siquiera de tal convenio; pues
a Dios tenemos hecha promesa, por la fe que nos ha dado y
defendemos, de que, aun cuando nos dieran toda la plata que pudiera
caber desde aquella montaña hasta donde está la hueste, no
otorgaríamos convenio alguno sobre Mallorca, si no ganamos la villa;
así como de no volver a Cataluña, si no pasamos primero por aquélla.
Por lo mucho que os queremos, pues, os mandamos que nunca jamás os
atreváis a hablarnos de tal asunto.
76*
(fol.
44 v "-45
r")
MAS
adelante, volviónos a enviar otro mensaje el rey de Mallorca,
diciéndonos que le enviásemos
a
don Nuño y que esta
vez le hablaría. Se lo enviamos en efecto, y salió dicho rey a la
puerta de Portupí, donde hizo parar una tienda y poner los
correspondientes asientos para él y don Nuño. Compareció éste y,
hecha suspensión de armas por ambas partes,
acercóse el rey de Mallorca y ambos se metieron en la tienda;.
llevando consigo el rey por intérpretes a
dos de sus jeques,
yendo don Nuño acompañado del alfaquí que le servía de trujamán, y
quedando afuera los caballeros de don Nuño, los cuales estuvieron
juntos con los sarracenos mientras duró la entrevista. El primero
que en ésta habló fue don Nuño, el cual preguntó al rey, le dijese
el motivo porqué le había enviado a buscar; a lo que contestó éste
con las siguientes razones: —Os he mandado a buscar para deciros,
que me admira el ver que, sin haber hecho tuerto alguno a vuestro
rev,
se encone éste conmigo de tal manera, que quiera quitarme el reino
que Dios me ha dado. Yo creo que lo mejor que pudiereis hacer sería
que le aconsejaseis no quiera despojarme de mis tierras; y si para
tal empresa han tenido algunos gastos tanto
61
como los demás nobles de su hueste, yo y mi gente se los abonaremos,
no exigiendo por consiguiente más condición, que la de que
reembarque con todos los suyos, lo cual podréis efectuar con toda
paz y quietud; y en vez de inquietaros con los nuestros, os
otorgarán antes bien,
si
esto hacéis, todo favor y amistad. Vuélvase, pues, el rey, que aun
cuando sea grande la suma que hayamos de recoger para satisfacerle,
en su poder la tendrá antes de cinco días; y entended al mismo
tiempo, que, gracias a Dios, estamos bien abastecidos de armas,
víveres y cuanto sea menester para defender la ciudad. Esto no lo
pongáis en duda; y para que os convenzáis, si os place, puede
vuestro señor enviar a la ciudad a dos o tres hombres de confianza,
los cuales, os lo aseguro con mi cabeza. no
recibirán ningún daño ni insulto, y les mostraré claramente los
víveres v armas que tenemos, del mismo modo que os digo; y si así no
fuere, facultad tenga vuestro señor para desentenderse del convenio
que os hablo. Además: conviene que sepáis, que ningún temor ni
perjuicio nos causa el destruir nuestras torres, pues cabalmente por
tal parte es imposible que se verifique la entrada en la ciudad.
77*
(FoI.
45r"/v")
O1Dns
tales palabras, respondió don Nuño de esta manera:.—Decís
que ningún tuerto hicisteis jamás a nuestro
rev,
como si tuerto no fuese el que cometisteis al aprestarle una tarida
de su reino cargada de géneros de mucho valor, propios de los
mercaderes que los conducían. Entonces nuestro rey os envió mensaje,
suplicándoos con mucho amor, por conducto de un hombre de su casa,
llamado En
Jacques,
que devolvierais la tarida, a lo que vos contestasteis preguntando
con mucha soberbia y dureza que ¿quién era aquel rey que tal tarida
os pedía?» y habiéndoos contestado el hombre que dicho rey era hijo
del que venció en batalla a la hueste de
Úbeda,
vos le despedisteis de mala manera, diciéndole irritado, que a no
haber sido mensajero. cara le hubiera
costado tal palabra. A esto replicó el mensajero, manifestándoos que
podíais obrar con
61
corno quisierais, pero que os acordarais que había ido fiado en
vuestra palabra; y que en cuanto al nombre de su señor, no había en
el mundo quien lo ignorase, y todos saben cuan poderoso y grande es
entre los cristianos; no debiendo por lo mismo desdeñaros vos de
saberlo. Tal fue la contestación que dio a vuestras altaneras
palabras. Por lo mismo os digo yo ahora, que es el rey nuestro señor
muy joven, pues sólo cuenta veinte v un años; v siendo esta hazaña
la primera de importancia que ha comenzado, es su voluntad e
intención no abandonarla por nada del mundo; de manera, que no
marchará de aquí hasta tanto que tenga en su poder el reino y tierra
de Mallorca. Si nos le aconsejásemos lo contrario, sabemos de cierto
que ni siquiera nos escucharía; de consiguiente podéis hablarme de
otro asunto si os place, que en cuanto a éste, nada conseguiréis,
puesto que no he de dar tal consejo a quien decís.
78*
(fol. 45 v "-46
r"/v")
DESPUIa de haber escuchado el rey de Mallorca cuanto dijo don Nuño,
respondióle. —Pues no os conformáis con lo que
os he dicho, oíd ahora lo que quiero hacer. Decid a vuestro rey que
desocuparemos la villa, y como con sus naves y leños nos pase a
Berbería, sin hacernos daño alguno, le daré por cada cabeza, ya sea
de hombre, mujer o niño, cinco besantes; y si alguno prefiere
quedarse en la isla, pueda hacerlo.
Enterado don Nuño de cuanto el rey le dijo, volvió a Nos muv alegre,
guardando por de pronto el secreto, que sólo él y el alfaquí sabían:
díjonos, no obstante, al oído, que nos traía buenas nuevas; y
respondiéndole Nos que mandaría-mos llamar a los obispos y nobles
pues valía más que se esperase a revelar la noticia a presencia de
éstos, túvolo por acertado, v así lo hicimos en efecto. Sin embargo,
mientras éstos iban compareciendo nos hizo ya relación de cuanto le
había sucedido. Reunidos luego todos los del consejo, empezó a
esplicar don Nuño el diálogo entre él y el rey de Mallorca, y en
suma nos vino a decir: que éste entregaría la villa, y nos daría por
cada persona que en ella se hallase cinco besantes, lo que quedaría
cumplido antes de cinco días; que Nos le hiciésemos pasar a Berbería
a
61,
a los de su linaje y a todos los hombres y mujeres de su casa; y
finalmente, que las naves v leños en que les embarcásemos, debiesen
atracar hasta dejarlos en tierra, lo cual nos agradecerían
sobremanera.
El consejo de ricoshombres en que tal noticia se hizo saber no era
completo entonces: faltaba el conde-de Ampurias,
el cual no había asistido a ninguno, por hallarse en una cava, de la
cual había jurado que jamás saldría, hasta que la villa fuese
nuestra. Del linaje de En Guillermo de Moncada, había En Raimundo
Alamañ. En Geraldo, hijo de En Guillermo de Cervelló y sobrino de En
Raimundo Alamañ; y con éstos además En Guillermo de
Claramunt,
el obispo de Barcelona, que nos servía de consejero, el de Gerona,
el pavorde de Tarragona y el abad de San Felío. Por instancia de
todos, el obispo de Barcelona había de ser el primero que mostrase
su opinión, y la espresó en efecto, diciendo: que pues en la isla
habían sufrido y perecido tantos nobles y buenos, preciso era
vengarles, que en buena era la venganza cuando con ella se servía a
Dios; y así, que hablasen de tal negocio los ricoshombres, como más
esperimentados que él en hechos de armas. —Con tal motivo, cedió la
palabra a don Nuño, el cual habló de esta manera. —Barones, hemos
venido aquí para servir a Dios y a nuestro rey que está presente, y
con él todos unidos hemos resuelto tomar Mallorca; de consiguiente,
me parece que quedará cumplido tal objeto, como nuestro
rev
admita la proposición que le hace el de Mallorca. Disimulad que sea
tan lacónico. pues no soy más ahora que
el portador de la noticia, sobre la cual debéis dar vuestro consejo.
En Raimundo Alamañ fue el primero que a tales palabras contestó
diciendo: —A tal tierra pasasteis, señor, acompañado de nosotros,
para servir a
Dios
y en ella han perecido sirviéndoos tales vasallos, que mejores no
los podía haber rey alguno. Ya, pues, que Dios os ha dado ocasión
para vengarlos, hacedlo, y así alcanzaréis toda esta tierra; porque
me parece, que tan astuto como es el rey de Mallorca v con el
conocimiento que tiene de la isla, si llegásemos a pasarlo a
Berbería, de allí mismo sabría luego volver con grande ejército de
sarracenos, y quién sabe si lo que ahora ganasteis con la ayuda de
Dios v nuestra. lo perdierais en un
instante, no pudiendo permanecer vos siempre aquí. Aprovechad la
ocasión, repito, y vengaos: así seréis dueño de la tierra y no
tendréis que temer a Berbería.
A tal razón v casi a una voz esclamaron a la par En Geraldo de
Cervelló y En Guillermo de
Claramunt:
—Señor, por Dios os suplicarnos que os acordéis de En Guillermo de
Moncada, que tanto os amaba y servía, así corno de En Raimundo y de
los demás ricoshombres que murieron con ellos en el campo de
batalla.
79*
(fol. 46 v"-47r")
OÍDO
tal consejo, respondimos de ese modo: Ningún parecer podemos dar
acerca de la muerte de los ricoshombres; pues si murieron, Dios lo
dispuso así y su voluntad se ha de cumplir. La idea de venir y
conquistar esta tierra sabido es que Nos la hubimos, y parece ya que
Dios ha querido satisfacer nuestra voluntad, aun cuando sea por ese
tratado, pues si bien se mira, ya queda cumplido el objeto ganando
yo la tierra; además de que así adquirimos unos bienes que nos
parece muy útil tomar; y por lo que toca a los valientes que han
perecido, nada debemos decir, pues algo tienen que vale más que la
tierra que Nos deseamos, y es la gloria de Dios. Éste es mi parecer;
salvo, sin embargo, lo que tengáis a bien aconsejarme.
No bien acabamos de hablar Nos, cuando todos los del linaje antes
citados y los obispos dijeron a una voz, que valía más tomar la
villa a fuerza de armas, que consentir aquel tratado; y con tal
motivo enviamos mensaje al rey de Mallorca, diciéndole que obrase
como pudiese, que Nos haríamos lo mismo; lo cual, sabido por los
sarracenos, produjo en ellos grande espanto, pues penetraron luego
nuestros intentos; mas notando el rey de Mallorca la situación de
los suyos, reunió consejo general para hablarles, y en su algarabía
les dijo lo siguiente: —Barones, bien sabéis que por espacio de cien
años ha poseído el Miramamolin esta tierra, queriendo que yo fuese
señor de ella; y que la ha tenido todo ese tiempo, a pesar de los
cristianos, sin que jamás se hubiese atrevido nadie a invadirla,
hasta ahora. Aquí tenemos a nuestras esposas, hijas y parientas;
pero sabed que los contrarios nos exigen que les cedamos la tierra,
pasando por consiguiente a ser sus cautivos; y sin esto,
aún otra cosa peor exigen, tal es, que por ley de cautividad nos
guardarán nuestras esposas en rehenes en caso de que queramos sacar
algo. ¿Quién nos dice que no las forzarán cuando estemos en su
poder, y que no harán de ellas cuanto les dé la gana? ¡Primero que
daros esta noticia y Ilamaros a mi
presencia para haceros saber cosa tan dura contra nuestra ley,
hubiérame valido más perder la cabeza! Veamos, pues, qué os parece
debemos hacer en este trance: mostrad cada cual vuestra opinión. —La
contestación que dieron a tales palabras, fue gritar a una voz todo
el pueblo, diciendo que antes preferían la muerte, que tal deshonra;
en vista de lo que el rey les dijo: —Ya, pues, que descubro en todos
vosotros tan buena voluntad, resolvamos el mejor modo de
defendernos, de manera que cada hombre valga por dos. —Y en efecto,
después que, despedido el concurso, volvieron todos a la muralla, no
cabe duda de que valía entonces por dos cada uno de los sarracenos.
80*
(fol. 47 r"/v ")
AL cabo de algunos días dijimos a don
Nuño: —Parece que nuestros ricoshombres no quisieran ahora habernos
dado el consejo que antes nos dieron, pues ahora quieren el tratado
que antes rehusaban. —Y luego, llamando a los que antes nos dieran
tal consejo, dijímosles asimismo: —¿Qué
decís ahora? No hubiera valido más aceptar antes el tratado a
buenas, que no ahora que se defienden? —Y
al oír tales palabras, callaron todos y se avergonzaron de lo que
habían dicho. Llegada la noche, vinieron dos de los que habían dado
tal consejo, a saber, el obispo de Barcelona y Raimundo
Alamañ, y nos dijeron: —Porqué
no accedéis al tratado que el otro día se os propuso?
—A lo que contestamos. —Hubiera valido más que antes lo
otorgarais, y no querer ahora que sea yo quien lo haga: y en verdad
os digo, que no me parece bien tal cosa, y antes debería
considerarse como una flaqueza por mi parte. Sin embargo, si lo
vuelven a proponer, lo otorgaremos, ya que os parece bien.
—Respondiéronnos que quedaban contentos, y que harían acceder a
aquéllos que antes rehusaron la
capitulación. —Siendo así, pues, en caso de que nos envíen mensaje,
accederemos, les contestaremos; mas cuanto hagamos, lo
haremos ayudado de vuestro consejo. —Y dada tal contestación, nos
separamos unos de otros. Dios nuestro señor, que guía por buen
camino a los que siguen su ley, quiso entonces que los sarracenos no
lograsen aquella vez lo que habían ideado de la manera que
propusieron; antes sugirió mejor remedio. Sin embargo de que los
moros habían cobrado valor por las palabras de su rey, quiso Dios
entonces que por él lo cobraran los cristianos, y dispuso que, a
medida que éstos ganaban en fortaleza, aquéllos se fuesen
debilitando: así fue que, hechas las cavas, desamparándolas todas al
fin, a escepción de la que se iba sobre tierra; mas en ella
aprontamos tal refuerzo, que a pesar de la resistencia, se llevó a
cabo.
81*
(fol.
47v-48r")
CUATRO
días antes de embestir la ciudad, tuvimos por conveniente Nos con
los nobles y obispos reunir consejo general, con el objeto de que
todos jurasen sobre los santos evangelios y la cruz de Cristo, que
al entrar en Mallorca, cuando se asaltase, ningún ricohombre, ni
caballero, ni peón, ni nadie, cualquiera que fuese, volvería atrás,
ni se pararía, a menos de recibir golpe mortal. En este caso, el
pariente o cualquiera otro de la hueste que fuese más cerca del
herido, debía arrimarle a su lado; y no sucediendo tal cosa, debían
proseguir siempre adelante, entrando a viva fuerza, y sin volver
atrás nunca ni la cabeza ni el cuerpo; pues quien lo contrario
hiciese, sería tratado como desleal, lo propio que el que mata a su
señor. En tal jura quisimos Nos jurar como los demás, pero los
nobles no lo permitieron: sin embargo les dijimos, que aún cuando no
habíamos jurado, cumpliríamos por nuestra parte lo mismo que si
hubiésemos prestado el juramento. Concluida tal ceremonia,
hiciéronse a un lado con Nos los obispos y nobles y en tal ocasión
uno de nuestra compañía, cuyo nombre no recordamos, dijo las
siguientes palabras: —Señores, de nada servirá cuanto hemos hecho,
si no hacemos antes otra cosa. El haber despreciado ahora los
sarracenos el tratado que antes ofrecían a nuestro rey, algún objeto
puede tener: ¿quién nos dice que a la menor ocasión no puedan entrar
en la ciudad mil o dos mil o tres mil y quizás hasta cuatro y cinco
mil hombres, con cuya ayuda, estando bien provistos de víveres, como
están, podrían fácilmente estorbarnos la entrada y hacer más difícil
la toma de la ciudad? Soy de parecer, pues, que antes que todo
evitemos que nadie absolutamente pueda acercarse a aquélla. —Feliz
idea! —repusieron todos a una, y en
seguida se mandó poner por obra lo que había dicho.
82*
(fol. 48 r "/v ")
EL
día siguiente, los bailes que habíamos puesto en las partidas de
Mallorca, llamado el uno Jaques y el otro
Berenguer
Dufort, vinieron a nuestra presencia para decirnos, que no se veían
seguros en sus distritos, por temor de que los sarracenos no les
tendieran algún lazo. Al verles venir, dijimos a los del consejo:
—Con esto conocemos que es mejor el medio que hemos adoptado
últimamente. —Y dimos en seguida orden para que se pusieran tres
atalayas, la una en los ingenios y en la estacada; la otra frente de
la puerta de Barbelet, junto al castillo que dimos a los del templo;
y la tercera, frente a la puerta de Portupí, cada una compuesta de
cien caballos armados. Cuando tenían lugar tales sucesos, nos
hallábamos entre Navidad y principios de año; y era tal el rigor de
la estación, que los que estaban en el campo raso, apenas habían
rondado una o dos leguas, ya tenían que retirarse a las tiendas y
barracas para hacerse pasar el frío, aunque dejando algunos escuchas
por si los enemigos avanzaban hacia la hueste.
Por la noche enviamos un mensaje allá donde habíamos colocado a los
que debían vigilar, para ver si estaban en sus puestos, y
respondiéndonos que no, nos levantamos. les
reprendimos de que hubiesen abandonado sus puntos, y mandamos
relevarlos por algunos ricoshombres y otros de nuestra meznada. Así
continuamos por espacio de cinco días, de modo que durante los tres
últimos ni siquiera pudimos dormir un solo instante, porque para
cuanto se necesitaba para las zanjas y minas que debían facilitarnos
la entrada en la ciudad venían a pedirnos consejo, a todo debíamos
atender, y no se hacía en la hueste cosa que valiese doce dineros,
sin que viniesen a pedírnoslo. Con sesenta mil libras que nos
prestaron algunos mercaderes que llevaban su caudal en la hueste,
con obligación de reintegrárselas luego de tomada la ciudad, nos
procuramos todo lo necesario para nuestro servicio y el de nuestro
ejército, pues se acercaba ya el momento de que fuese entrada la
plaza. Estuvimos así tres días y tres noches continuas sin pegar los
ojos, porque lo estorbaban los mensajeros que venían a cada instante
a consultarnos; y aun cuando intentásemos una que otra vez conciliar
el sueño, tampoco era posible, por ser éste tan lijero, que oíamos a
cualquiera que se acercase a nuestra tienda.
83
(fol. 48 v °-49 r
LLEGÓ en esto la noche anterior a la víspera de año nuevo, y
resolvimos que al amanecer del día siguiente oyese misa toda la
hueste, y recibiésemos el sagrado cuerpo de nuestro Señor
Jesucristo, armados va y dispuestos a comenzar la batalla. Dada la
orden, se presentó en las primeras horas de aquella misma noche
Lope
Giménez
de Luciá; mandónos llamar, pues nos habíamos acostado, y nos dijo:
—Señor, vengo de la mina, donde he mandado a dos de mis escuderos
que por ella entrasen en la villa: lo han verificado y habiendo
visto a muchos sarracenos muertos por las plazas, y abandonada del
todo la muralla desde la quinta hasta la sesta torre, sin un solo
centinela que la guardase; me han aconsejado que mandásemos armar la
hueste, porque nos apoderaríamos fácilmente de la ciudad, no
habiendo quien la defendiese y pudiendo entrar en ella más de mil de
los nuestros antes de que lo adviertan los sitiados.
—¿Y vos, don
Lope,
a quien los años deberían hacer más cauto, sois el que venís a
darnos el consejo de que entremos en la ciudad de noche, y siendo
ésta tan oscura? ¿No veis que muchos de nuestros hombres ni aun en
mitad del día se avergüenzan a veces de mostrarse cobardes? ¿Cómo
queréis, pues, que los metamos de noche dentro de la plaza, cuando
ninguno tendrá el freno de que vean los demás lo que él haga? Si los
de la hueste entrasen en la ciudad y fuesen después rechazados, ya
nunca jamás podríamos apoderarnos de Mallorca. —Conoció entonces que
teníamos razón, y no insistió en su proyecto.
84
(fol.49r°/v0)
No bien empezó a alborear, cuando determinamos oír las misas y
recibir el cuerpo de Jesucristo, dando a todos orden de armarse de
todas las armas que debían llevar en la batalla; y luego después,
siendo ya día claro, nos ordenamos al frente de la plaza, en la
llanura que había entre ésta y nuestro campamento. Acercándonos
entonces a los infantes, que
se hallaban colocados delante de los caballeros, les dijimos:
—¡Adelante, barones, pensad que vais en
nombre de nuestro
Señor Dios! —Mas a pesar de que todos
oyeron nuestra voz, no se movieron por ello ni infantes ni
caballeros. Sorprendió-nos
en gran manera el ver que así despreciasen nuestras órdenes; y
encomendándonos a la Virgen, dijimos: —Madre de Dios nuestro Señor,
Nos hemos venido a esta tierra, a fin de que en ella se celebrase
también el sacrificio de vuestro Hijo; interponed, pues, para con él
vuestros ruegos, para que no recibamos aquí ninguna deshonra Nos ni
alguno de los que a Nos sirven por amor de Vos y de vuestro amado
Hijo. —Terminada nuestra oración, gritámosles nuevamente: —Adelante,
pues, en nombre de Dios; ¿porqué vaciláis?— y la tercera vez que les
repetimos la misma voz, comenzaron a moverse al paso. Así que
hubieron emprendido todos la marcha, caballeros y sirvientes, y
estuvieron ya cerca del foso donde se había abierto el paso para
entrar en la ciudad, empezó toda la hueste a esclamar a una voz:
Santa María! Santa María!
85
(fol. 49 v 0-50 r
°)
PRESENTÓSE en seguida el rey de Mallorca, llamado Jeque Abohibe, y
poniéndose al frente a los suyos montado en un
caballo blanco, les gritó:
Roddo,
que es como si dijéramos:
Alto!
Había a la sazón como unos veinte o treinta de los nuestros, sin
contar a los sirvientes que se hallaban entre ellos, que embrazando
sus escudos se habían parado delante de los sarracenos; y éstos a su
vez les estaban esperando cubiertos con sus asargas y desnudas las
espadas, sin que ni unos ni otros se atreviesen a dar la acometida.
Llegaron entonces los primeros de los nuestros que habían entrado
con sus caballos armados y arremetieron contra los enemigos; pero
eran éstos en tanto número, y tal la espesura de las lanzas que a
los nuestros se oponían que encabritándose los caballos por no poder
pasar adelante, obligaron a los caballeros a dar la vuelta,
retrocediendo un poco, hasta que con los que habían entrado de
refresco pudieron reunirse unos cuarenta o cincuenta, y así, con
ayuda de los infantes que iban escudados, se situaron tan cerca de
los sarracenos, que con solas las espadas podían herirse unos a
otros, de manera que nadie se atrevía a descubrir el brazo, por
miedo de que alguna espada, amiga o enemiga, no le hiriese en la
mano. Entonces fue cuando, levantando la voz los cuarenta o
cincuenta caballeros que allí había con sus caballos armados, y
diciendo: —¡Santa María Madre de nuestro
Señor! Vergüenza, caballeros, vergüenza!
Adelante, embistámosles. Y se decidieron a arremeter todos contra
los sarracenos.
86
(fol.
50r')
LUEGO
que los de Mallorca vieron entrada la ciudad, más de treinta mil de
ellos, entre hombres y mujeres abandonaron sus moradas, saliéndose
por las puertas que Barbelet y de Portupí, en dirección a la sierra;
de modo que fue tanto el botín que caballeros e infantes veían por
do quiera, que ni aún pensaron en perseguir a los que huían. El
último que se retiró fue el rey sarraceno. Cuando los demás que se
quedaron vieron por todas partes invadida la ciudad y a tantos
caballeros, caballos armados e infantes, corrieron a esconderse como
mejor pudieron; mas a muchos no les valió este recurso, pues más de
veinte mil murieron en aquella entrada. Así fue que al llegar Nos a
la puerta de
Almudaina,
vimos allí más de trescientos muertos sarracenos que habían querido
recogerse en la fortaleza, y que por haberle los suyos cerrado la
puerta, se veían alcanzados por los de nuestra hueste, que los
acuchillaban allí mismo. Luego que Nos estuvimos al pie de la
Almudaina,
los de dentro ni siquiera trataron de defenderse, sino que nos
enviaron un sarraceno que entendía nuestro latín, para ofrecernos
que nos entregarían aquel fuerte, con tal de que les diésemos
algunos de nuestros hombres para que les guardasen de la muerte.
87
(fol.50r°/v°)
MIENTRAS
estábamos negociando con los de la
Almudaina
para que se entregasen, llegaron dos hombres de
Tortosa
que querían hablar con Nos sobre cosas que, según dijeron, nos
interesaban muchísimo. Apartámonos con ellos a un lado,
y nos manifestaron que si queríamos darles alguna gratificación,
pondrían en nuestro poder al rey de Mallorca. —¿Cuán-to
queréis?, les dijimos: —Dos mil libras, nos contestaron. —Sobrado
es, les replicamos; porque si está dentro de la ciudad, al cabo
habrá de caer en nuestras manos. Sin embargo, daríamos de buena gana
mil libras, con tal de que
pudiésemos cogerle sano y salvo. —Así se hará, nos respondieron; —y
dejando en lugar de Nos a uno de los ricoshombres
al frente de la
Almudaina,
con orden de no atacarla hasta que Nos volviésemos, nos fuimos con
ellos a buscar al rey sarraceno, después de haber llamado a Don
Nuño, a quien dimos luego noticia del caso, para que nos acompañase.
Llegados ambos a la casa donde se hallaba el rey, nos apeamos,
entramos armados, y al descubrirle, vimos que estaban delante de él
tres de sus soldados con sus azagayas. Cuando nos hallamos en su
presencia, se levantó: llevaba una capa blanca, debajo de ella un
camisote, y ajustado al cuerpo un juboncillo de seda también blanco.
Mandamos entonces a aquellos dos hombres de
Tortosa
que le dijesen en algarabía, que Nos le
dejaríamos allí a dos caballeros con algunos de nuestros hombres
para guardarle, y que no tenía ya que temer porque hallándose en
poder nuestro podía contar salva su vida. Así lo verificamos, y nos
volvimos en seguida a la puerta de la
Almudaina,
donde habiendo dicho a los que estaban dentro que nos diesen rehenes
y saliesen al muro viejo para ajustar los tratos, convinieron en
entregarnos, como lo verificaron, al mismo hijo del rey de Mallorca,
joven que tendría a la sazón unos trece años. Abrieron entonces la
puerta, advirtiéndonos que pusiésemos cuidado en los que entrasen; y
Nos confiamos la guarda del tesoro y de las cosas de rey a dos
frailes predicadores, dándoles diez de nuestros mejores y más
discretos caballeros, para que con sus escuderos les ayudasen a
guardar toda la
Almudaina;
pues anochecía ya, estábamos Nos sumamente fatigado, y quería-mos
descansar un poco.
88
(fol. 50 v °
-
51 r °)
POR la mañana del siguiente día quisimos
arreglar nuestras cosas y ponerlo todo en orden; pues por la gracia
del Señor era tanto el botín que habían cogido todos los de la
hueste, que lejos de envidiarse unos a otros, cada uno se creía ser
más rico que los demás: y habiéndonos convidado el mismo día don
Ladrón, que era uno de los ricoshombres que iban con Nos,
diciéndonos que uno de sus hombres le había manifestado que tenía
una buena casa donde podríamos alojar-nos, y aderezada excelente
vaca para comer; se lo agradecimos en gran manera y aceptamos el
ofrecimiento. Así transcurrieron ocho días sin que se presentase
ninguno de nuestros domésticos, que embriagados con tantos despojos
como habían recogido, no se acordaron siquiera de volver a Nos.
89
(fol. 51 r
°
/v°)
TOMADA
ya la ciudad, se juntaron los obispos y ricoshombres, y vinieron a
decirnos que era menester que se hiciese
almoneda de los moros cautivos y de todo cuanto se había ganado en
la entrada. —No lo aprobamos, les dijimos; porque
esa almoneda ha de durar mucho tiempo, y más valdría que ahora que
los sarracenos están acobardados fuésemos a conquistar la montaña,
distribuyendo ejecutivamente todos los efectos recogidos. —Y cómo
podrá hacerse la distribución?, nos
objetaron. —Por cuadrillas, les contestamos; de este modo podrá
hacerse luego y quedarán todos satisfechos. Prisioneros y efectos
estará repartido todo dentro de ocho días; marcharemos luego contra
los sarracenos que están afuera, conquistarémoslos, y guardaremos la
correspondiente porción del botín para las galeras: creednos, esto
es lo mejor. —A pesar de nuestras razones, En Nuño, En Bernardo de
Santa Eugenia, el obispo y el sacrista de Barcelona estaban
empeñados en que se hiciese la almoneda; y como obraban los cuatro
de acuerdo y eran más avisados que los demás, seducían fácilmente a
todos los de la hueste. —No veis, decíamos Nos a éstos, que la
almoneda no será más que
un engaño, y con ella daremos lugar a que se repongan los
sarracenos, siéndonos después más costoso el vencerlos?
¿No
fuera mejor acometerlos ahora, cuando se hallan aún sobrecogidos de
espanto, que no después cuando se hayan
rehecho? —A todo nos contestaron que era preferible la almoneda, y
que no teníamos por qué oponernos. —Así lo quiera Dios, les dijimos;
y ojalá no tengamos que arrepentirnos!
90
(fol. 51 v
COMENZÓSE,
pues, la almoneda, y duró desde carnestolendas hasta pascua. Luego
que estuvo terminada, así los
caballeros
como el pueblo, que pretendían que se les diese parte de todo y con
esta fe compraron lo que mejor les plugo, se resistieron a pagar el
precio de lo que habían comprado, aviniéronse unos con otros, y
andaban diciendo por la ciudad que todo aquello había sido mal
hecho. Amotináronse al cabo y gritaron a una voz:
—¡Vamos a saquear la casa de Gil de
Alagón!—
y así lo ejecutaron; de modo que cuando Nos salimos para impedirlo,
la hallamos ya saqueada. —¿Cómo os habéis atrevido, les dijimos
entonces, a poner a saco la casa de uno de nuestros vasallos,
estando Nos aquí y no habiéndonos presentado antes reclamación
ninguna? —Señor, nos contestaron, ¿no merecemos también cada uno de
nosotros tener nuestra parte en los despojos que se han recogido
como la tienen otros? ¿Porqué, pues no ha de habérsenos dado
igualmente a nosotros? Aquí nos estamos muriendo de hambres, señor;
por esto quisiéramos todos volvernos a nuestro país, y por esto hace
el pueblo lo que Vos estáis viendo. —Barones, les dijimos, mal
habéis obrado, y por nuestra fe que de ello habéis de arrepentiros:
tened cuenta con no repetir tales desmanes, porque no los
sufriremos, y habremos de hacer tan ejemplar castigo, que a vosotros
os pesará del mal que habréis hecho, como nos pesará a Nos de la
pena que nos veremos forzado a imponeros.
91
(fol. 51
v°-52r°)
ESTO
no obstante, al cabo de dos días se amotinaron de nuevo, y
levantándose grande gritería, dijeron otra vez: —Vamos
a la casa del pavorde de Tarragona. —Encaminándose allá,
saqueáronla, y se apoderaron de cuanto en ella había; de modo que
sólo pudieron salvarse las dos caballerías en que él cabalgaba,
porque en aquella sazón las tenía en nuestro
alojamiento. Viendo esto, reunimos en nuestra presencia a los
ricoshombres y a los obispos, a quienes dijimos: —Barones,
eso no debe ya sufrirse; pues tal pudiera ser nuestra tolerancia,
que ninguno de nosotros podría contarse seguro de no morir a manos
de esos amotinados, o de no ver arrebatado por ellos cuanto posee.
Por nuestra parte somos de parecer que estemos apercibidos para el
primer alboroto que muevan: entonces nos armaremos, montaremos a
caballo, nos presentaremos en la plaza, donde no hay barrera ni
cadena, y de los que podamos coger haciendo algún daño, manda-remos
ahorcar unos veinte, o sino de los primeros que nos vengan a mano,
para que así sirvan de escarmiento a los demás. —Para mayor
seguridad mandamos luego trasladar de la
Almudaina
a la casa del Templo todas nuestras cosas, escoltándolas Nos en
persona, acompañado de algunos de nuestros ricoshombres. Nos
presentamos después ante el pueblo, y le dirigimos las siguientes
palabras: —Mal obra habéis comenzado, barones, con saquear las casas
de nuestros vasallos, de aquéllos mayormente que ningún tuerto os
han hecho; pero tened entendido que os han de costar caros tamaños
atentados, y que si continuáis por ese camino, hemos de mandar
ahorcar por esas calles a tantos de vosotros, que los cadáveres
lleguen a apestar la ciudad. Por lo demás, tanto Nos como nuestros
ricoshombres, todos queremos que se os dé también en tierras y en
bienes muebles la parte que os corresponda. —Así que oyeron nuestras
últimas palabras, aquietáronse y cesaron en su mal propósito; pero
con todo aconsejamos a los obispos y al pavorde que no saliesen por
entonces de la
Almudaina
hasta que el pueblo estuviese más sosegado, que entretanto
arreglaríamos la cuenta, para dar luego su parte a cada uno. Llegada
la noche y cuando todo estuvo ya tranquilo, marchóse cada uno a su
casa.
92
(fol. 52 r
°
/v
°)
PASADA
la
pasqua,
armó don Nuño una nave y dos galeras para ir en corso a las partes
de Berbería; y mientras estaba él ocupado en el armamento, sobrevino
una enfermedad a Guillermo de
Claramunt,
de la cual murió al cabo de ocho días. No bien se había dado
sepultura a su cadáver, cuando enfermaron asimismo En Raimundo
Alamañ y don García Pérez de Meytats, que era de Aragón, de ilustre
linaje y de nuestra meznada; muriendo igualmente los dos al cabo de
ocho días. Después de ellos, enfermó también En Geraldo de Cervelló,
hijo de En Guillermo de Cervelló, hermano mayor de En Raimundo
Alamañ; y falleció del mismo modo a los ocho días. Cuando el conde
de Ampurias vio que habían muerto aquellos tres, creyó ya que habían
de perecer todos los de linaje de Moncada, cayó también enfermo, y
al cabo de otros ocho días falleció; de modo que en el corto espacio
de un mes perdimos a esos cuatro caballeros, que eran de los más
nobles y distinguidos de Cataluña; afligiéndonos en gran manera el
que hubiese sobrevenido tamaña mortandad entre los cabos de nuestra
hueste. Habiéndonos entonces propuesto don Pero Cornel que pasaría a
Aragón, y que por cien mil sueldos que le diésemos nos traería de
allí ciento y cincuenta caballeros, esto es, ciento por la indicada
suma, y cincuenta por el feudo que tenía de Nos; aceptamos el
ofrecimiento; fuele entregada la cantidad que pedía, y emprendió su
viaje.
93
(fol. 52
v
°
-
53 r
°)
VIENDO que habían fallecido los
caballeros En Guillermo y En Raimundo de Moncada y los demás
ricoshombres que antes hemos citado, acordamos con don Nuño, que se
había quedado con Nos, y con el obispo de Barcelona, enviar órdenes
a don Ato de Foces y a don Rodrigo Lizana, que se hallaba en Aragón,
para que se presentasen a servir el feudo que tenían de Nos. Así lo
hicimos, y nos contestaron que comparecerían de muy buen grado; pero
mientras ellos se disponían para venir, resolvimos hacer una
cabalgada contra los sarracenos que se habían retirado a las
montañas de Soller, de Almerug y de Bayalbahar, desde donde causaban
mucho daño a los cristianos, estendiendo sus correrías hasta
Pollensa. Salimos, pues, de la ciudad con los pocos caballeros e
infantes que pudimos reunir, porque los más se habían marchado ya,
unos a Aragón, y otros a Cataluña; y tomando por el valle de Buñola,
dejamos a nuestra derecha un castillo llamado Oleró, que está
situado en aquella montaña y es de los más fuertes que hay en toda
la isla de Mallorca. Llegado a la cumbre del monte, recibimos aviso
del que mandaba nuestra vanguardia de que los infantes no querían
acampar en el sitio que Nos les habíamos ordenado, sino que se
dirigían hacia Inca; y por lo mismo, encomendando nuestra
retaguardia a En Guillermo, hijo de En Raimundo de Moncada, nos
adelantamos a su alcance para obligarles a hacer alto. Cuando
estuvimos ya cerca de nuestra delantera, vímosles al pie de una
cuesta y que iban caminando con dirección a la citada alquería de
Inca; pero dejamos de seguirles, por no desamparar a los nuestros,
pues los sarracenos les habían atacado y quitándoles dos o tres
acémilas durante nuestra ausencia; aunque al juntarnos otra vez con
la retaguardia Nos y los tres caballeros que nos habían acompañado,
ésta les había rechazado, obligándoles a retirarse por una cuesta
que allí había, y recobrando las caballerías de que ellos se habían
apoderado.
94
(fol. 53 r o
/
v
o)
CUANDO
estuvimos allí, vimos que los nuestros estaban otra vez en el
camino, y observamos que unos seiscientos sarracenos nos estaban
reconociendo desde un cerro en que se hallaban apostados, acechando
si podrían hacernos algún daño; motivo por el cual habían atacado a
la hueste, luego que vieron que se alejaba la vanguardia. Juntos
entonces, nos encaminamos al sitio que habíamos destinado para pasar
la noche, y allí tuvimos consejo para acordar el plan que nos
convendría adoptar. En Guillermo de Moncada, don Nuño, Pero Cornel
(que en el intermedio había regresado, ya de Aragón) y todos los
caballeros que más entendían en cosas de guerra opinaron que no era
prudente el acampar tan cerca del enemigo, que contaba con una
fuerza de tres mil hombres, mayormente habiéndose marchado ya
nuestros infantes con las acémilas y la mayor parte de las
provisiones; por consiguiente, resolvimos ir a hacer noche en Inca.
Hicimos entonces marchar delante las pocas acémilas que nos habían
quedado, y cuando éstas llegaron a la falda de la colina en que nos
hallábamos, bajamos Nos despacio siguiéndolas a alguna distancia; de
modo que, a pesar de no haber en toda la retaguardia sino unos
cuarenta caballeros, no se atrevieron los sarracenos a atacarnos,
por ver el buen orden que llevábamos. Fuimos, pues, a alojarnos a
Inca, que es la principal alquería de Mallorca, y regresamos luego a
la ciudad.
95
(fol. 53 v o
/r')
ESTANDO
en ésta, se nos presentó el maestre del Hospital, llamado En Hugo de
Forcalquier, quien por haber tenido noticia de la conquista de
Mallorca, acudía a la sazón en ayuda nuestra con otros quince
caballeros, aunque con el sentimiento de no haber podido hallarse en
la toma de la capital. Era En Hugo muy querido de Nos, que lo
habíamos propuesto al maestre de ultramar para que lo nombrase
maestre de su orden en nuestros dominios, y él nos correspondía
igualmente con su amistad: habiéndonos, pues, manifestado que quería
decirnos algunas palabras en presencia de sus caballeros solamente,
dímosle audiencia. Rogónos entonces encarecidamente, que por la
amistad que le profesábamos y por la confianza que
61
tenía en Nos, fuese nuestra voluntad que intercediésemos asimismo
con los obispos y con los ricoshombres, para que el Hospital tuviese
también su parte en la isla, y no sufriese eternamente la deshonra
de no haber concurrido a tan grandiosa hazaña como había sido
aquella conquista. —Vos, añadió que sois nuestro señor y el escogido
de Dios para llevar a cabo tan grande obra, no permitiréis
seguramente que nuestra orden no participe de ella, y que para
nuestra vergüenza puedan luego decir las gentes que ni el Hospital
ni su maestre tuvieron parte en tan señalado hecho de armas. —No
ignoráis, le contestamos, el afecto que siempre os hemos profesado a
vos y a vuestra orden, y cuánto os habemos honrado; por lo mismo,
haremos de muy buena gana lo que nos pedís. Si no se hubiese ya
repartido el territorio, si no se hubiesen distribuido todos los
despojos y no se hallasen ausentes muchos de los que recibieron ya
la parte que les corresponde, fácil nos fuera el acceder desde luego
a vuestros deseos: sin embargo, podéis estar seguro de que haremos
cuanto podamos para que quedéis contento de Nos.
96
(fol. 54 r o)
VISTA la súplica que nos había hecho el
maestre del Hospital, llamamos al obispo de Barcelona, a don Nuño, a
En Guillermo de Moncada y a todos los demás ricoshombres y
caballeros que permanecían aún en la isla, y les rogamos
encarecidamente que accediesen a dar a aquella orden una parte de lo
que todos habíamos ganado. Viendo que se mostraban algún tanto
rehacios, diciéndonos que era imposible que se diese entonces una
parte a los del Hospital, cuando todas se hallaban ya distribuidas,
y hasta habían regresado a su país muchos de los ricoshombres que
las tenían; les contestamos: —Barones, un medio sabemos para
conciliarlo todo, sin dar repulsa al maestre y a su orden.
—¿Cuál es?, nos dijeron. —Nos, les
respondimos, poseemos la mitad de la tierra; y por consiguiente les
daremos por nuestra parte una buena alquería: llamemos luego a
Raimundo de Ampurias, que sabe lo que a cada uno de vosotros ha
tocado, y aunque no les deis ninguna alquería, porque no es justo
que alguno de vosotros quede sin tenerla, podrán cedérseles algunas
tierras, rebajando a cada uno un poco de la porción que le ha
tocado; y de este modo tendrán ellos en todo la parte
correspondiente. No queráis, barones, que reciba un desaire tan
distinguida orden; ya veis que por lo que a Nos toca procuramos
complacerla. —Oídas tales palabras, se adhirieron a nuestro
dictamen, diciéndonos que, pues tanto lo deseábamos, se conformaban
con hacer lo que les proponíamos.
97
(fol. 54
r °/v °-55 r °)
LUEGO
de habernos puesto de acuerdo con los ricoshombres, quienes nos
dijeron que respondiésemos Nos en nombre de todos, llamamos al
maestre del Hospital; y cuando estuvo en nuestra presencia, le
dijimos: —Maestre, vos habéis venido aquí para servir ante todo a
Dios y luego a Nos en esta conquista: sabed, pues, que Nos y los
ricoshombres accedemos a lo que nos habéis suplicado; y aunque esté
todo repartido, y se hayan marchado ya muchos de nuestros nobles que
han recibido su parte, os daremos con todo, lo bastante para
mantener a treinta caballeros, mandando que así se haga constar en
el libro del repartimiento, al igual de los demás. Nos os cederemos
por nuestra parte una buena alquería, y aunque los otros no puedan
hacer otro tanto, os darán cada uno una porción de las tierras que
les han cabido en suerte, de modo que vengáis a tener lo suficiente
para el número de caballeros que os hemos indicado. Nos parece que
con esto podéis teneros por muy honrado, ya que os damos tanto como
a los del Templo, que concurrieron a la conquista.—Levantáronse
entonces el maestre y los freiles que le acompañaban para besarnos
la mano; mas no se lo permitimos al primero, y la alargamos
solamente a los demás. —Señor, nos dijeron luego, ya que tanta
merced nos habéis hecho, nos atrevemos a rogaros que nos deis
también parte de los bienes muebles y algunas casas en que podamos
habitar. —Al oír tal demanda, volvímonos a los ricoshombres, y les
preguntamos sonriendo: —¿Qué os parece de
lo que ahora nos vienen pidiendo esos freiles? —Que es imposible,
señor, nos contestaron; porque el que ha recibido ya sus dineros o
su parte del botín, es bien seguro que no querrá traerla otra vez a
colación. En cuanto a las casas, podrá buscarse alguna, o a lo menos
solar donde puedan edificarlas. —¿Y si
fuese posible conciliarlo de modo, que sin perjudicar a los demás,
viesen ellos cumplidos sus deseos? —En hora buena, nos contestaron
todos. —Pues siendo así, démosles la Atarazana, donde hallarán ya
construidas las paredes y podrán edificarse muy buenas casas; y en
cuanto a los bienes muebles, podemos cederles las cuatro galeras que
hay allí, y que fueron del rey de Mallorca: así tendrán parte en
todo, como ellos desean. —Alegráronse con nuestras palabras el
maestre y los freiles; besáronnos la mano, y derramaron lágrimas de
contento; mientras que el obispo y los ricoshombres aprobaban
también el arbitrio que habíamos hallado para dejarlos a todos
satisfechos.
98
(fol.
55 r
°)
EN
aquella sazón se hallaban con Nos en la isla don Nuño, el obispo de
Barcelona y don
Gimeno
de Urrea; por cuyo motivo resolvimos dirigirnos a la montaña contra
los sarracenos. Cuando estuvimos en Inca, se presentó también el
maestre del Hospital, y habiendo llamado a los ricoshombres y a los
adalides que mandaban la frontera y conocían los pasos de la tierra,
pedímosles que nos diesen consejo sobre lo que deberíamos hacer. Don
Nuño, En
Gimeno
de Urrea y el maestre del Hospital fueron de dictamen, que atendidas
las pocas fuerzas que llevábamos, no era prudente que nos
aventurásemos en aquel terreno; pues como en las montañas de Soller,
de Almerug y de Bayalbahar, donde Nos queríamos internarnos, hubiese
por lo menos tres mil moros de armas acaudillados por uno llamado
Xuaip, que era natural de Chivert y llevaba en su compañía a unos
veinte o treinta de a caballo; poníamos en inminente riesgo nuestra
persona y la de todos los que nos acompañaban. Conocimos que tenían
razón, y por lo mismo, aunque muy a pesar nuestro, desistimos por
entonces de aquella empresa.
99
(fol.
55 r
°/v °)
LUEGO que los ricoshombres nos hubieron
dejado, marchándose cada uno a su alojamiento, mandamos llamar a los
adalides, para que se presentasen delante de Nos; y hablando con
ellos a solas, les dijimos: —Os mandamos que por la naturaleza que
con Nos tenéis nos digáis la verdad sobre cuanto os preguntamos.
¿Sabe alguno de vosotros que haya sarracenos en otra parte de la
isla, sino en esa sierra que mirada desde aquí nos parece tan alta?
¿Habéis estado allí alguno de vosotros? —Como ocho días atrás, nos
contestó uno de ellos, estuve yo allí en cabalgada, y por cierto que
pensábamos coger prisioneros a algunos sarracenos en una cueva de
esa misma sierra que vos estáis viendo; pero antes de que pudiésemos
alcanzarlos, salieron a recibirles más de sesenta de los suyos,
armados, y se recogieron juntos en la misma cueva. —No nos
desagradaron tales noticias; y llamando luego a don Nuño, al
maestre, a don Gimeno
de Urrea y a otros caballeros esperimentados
que se hallaban con Nos en aquella cabalgada, les dijimos: —Hemos
hallado un arbitrio para que no hayamos de volvernos con tan poco
provecho y tanta mengua a Mallorca, y puedan luego decirnos que
salíamos para conquistar esos montes, y nos retiramos sin haberlo
siquiera intentado. —¿Cuál es? nos
preguntaron. —Hay aquí un adalid, contestamos Nos, que nos guiará a
donde podremos hacer una buena presa de sarracenos; pues
no hace más de ocho días que los
dejó allí, y se hallan en la parte de la montaña que yo os mostraré,
en tierra de
Artana.
—Cabalguemos, pues, con la ayuda de Dios,
dijeron ellos. —Llamamos entonces al adalid, y nos contó otra vez
delante de nuestros caballeros de qué modo había encontrado a los
sarracenos.
100
(fol.55v°-56r°)
RESUELTA
ya la espedición, dimos orden para que al amanecer se levantasen
nuestras tiendas y todo nuestro equipaje para dirigirnos allá,
enviando delante de nos a algunos corredores que bloqueasen a los
sarracenos, y que les impidiesen el salir antes de que Nos
llegásemos. Cumplióse todo puntualmente como lo habíamos dispuesto;
y cuando al anochecer llegamos cerca de donde debían hallarse los
sarracenos, se nos presentaron nuestros corredores, diciéndonos: —No
tendréis que buscarlos mucho; pues hemos escaramuceado ya con ellos,
y ahí los tenéis. —Vímoslos, en efecto, que habían encendido
almenaras para que fuesen vistos de los suyos, que en mayor número
se hallaban en la montaña; mas como nuestras caballerías se hallasen
ya rendidas del calor que hacía, determinamos acampar junto a un río
que corría a la falda de aquel cerro, dando orden para que al
amanecer del día siguiente estuviésemos todos dispuestos y armados
nuestros caballos, que eran en todo unos treinta y cinco:
previniendo además que los sirvientes irían a atacar el peñón en que
se hallaban los sarracenos, tomando las avenidas para que no
pudiesen escaparse, mientras Nos acordaríamos lo demás que debiese
hacerse. Así lo cumplieron. Era aquel cerro tan empinado, que casi
remataba en punta, y había en él una peña saliente, en mitad de la
cual había las cuevas donde ellos se recogían, de modo que allí
estaban salvo de las piedras que les arrojaban los nuestros, y sólo
podían éstas hacer daño en las chozas que allí a la boca de la misma
cueva habían construido. Embistieron los nuestros aquella entrada,
llamando a combate a los sarracenos; y cuando éstos se aventuraban a
salir, dañábanles arrojándoles algunas piedras; continuando así por
un buen rato, con satisfacción de los que estábamos mirando.
101
(fol.56r°)
DfJONOS
entonces don Nuño: —Creo, señor, que de nada sirve el que
permanezcamos aquí, y que es vano cuanto hacemos; porque las piedras
que les estamos tirando no pueden causarles daño, ni tampoco pueden
herirles las que se arrojan desde más abajo. Es ya mediodía, será,
pues, mejor.que os vayáis: entretanto podréis comer, ya
que es día de ayuno, y luego resolveréis mejor lo que hacer
convenga. —No os deis tanta prisa, don Nuño, le respondimos; pues yo
os aseguro que ellos caerán en nuestras manos. —Bien dice el rey,
añadió el maestre del Hospital; pero con todo, podéis iros los dos,
y cuando hayáis comido, enviad aquí algunas fuerzas y veremos lo que
deberá hacerse. —Accedimos a lo que nos dijeron el maestre y don
Nuño, y nos marchamos de allí.
102
(fol.56r°/v°)
MIENTRAS Nos estábamos comiendo, el
maestre reató sus acémilas, puso una cadena al extremo de la recua,
mandó encender fuego en un caldero con leña seca, y atando a un
hombre con la cadena, diole el caldero, y lo bajaron poco a poco y
sin ser sentido de los sarracenos desde la altura en que los
nuestros se hallaban hasta que vieron que había llegado junto a las
barracas. Pegó entonces fuego a una de ellas, y como soplaba
bastante recio el viento, propagóse de una a otra el incendio, y
ardieron hasta el número de veinte, contemplándolo Nos con gran
satisfacción desde la tienda en que estábamos comiendo. Mandóles
decir entonces el maestre que se rindiesen, si no querían perecer
todos; a lo cual ellos contestaron, que si dentro de ocho días, a
contar desde el siguiente, que era el de San Lázaro y día de
cuaresma, no eran socorridos por los de la montaña, se entregarían a
Nos y con ellos aquella fuerza y cuanto tenían en ella, a condición
de que no debiesen darse por cautivos. Vino luego el maestre a
manifestarnos la propuesta que le hacían; mas sin esperar siquiera
nuestra respuesta, añadió: –No aceptéis tales condiciones: que se
den por cautivos; o sino, rendidos están y que mueran los villanos.
–Así fue a decírselo, y entonces convinieron en entregarse cautivos
si de allí a ocho días, que sería el domingo de Ramos, no recibían
ningún socorro; dándonos en rehenes de su palabra los hijos de los
diez moros principales que se hallaban refugiados en aquellas
cuevas. Descansamos entretanto esperando aquel día, pero en el
intermedio nos vimos en bastante necesidad, porque no teníamos sino
un poco de pan por todo bastimento, y aún el último día hubimos de
mantenernos con siete panes Nos, don Nuño y más de cien hombres que
comían de lo nuestro. En cuanto a los de la hueste, veíanse
reducidos 'a buscar trigo por las alquerías de los sarracenos, y
comerlo tostado; de modo que nos pidieron y nos vimos precisados a
concederles permiso para comer carne.
103
(fol. 56 v 0/57
r")
ANTES
de que venciese el plazo que habían señalado los sitiados para
rendirse, juntó don Pero Maza algunos caballeros, unos cuantos
hombres de la hueste y cierto número de almogávares, con quienes
hizo una cabalgada, llegando a una cueva de la que se habían
recogido bastantes sarracenos; y habiéndole Nos enviado algunas
ballestas, saetas y picos que nos pidió por un mensaje, combatió a
aquellos por espacio de dos días, al cabo de los cuales nos trajo
quinientos prisioneros. Llegó en esto el día de Ramos, y salido ya
el sol, mandamos decir a los sarracenos retirados en las cuevas que
nos cumpliesen el convenio que nos habían otorgado; a lo que nos
contestaron que debíamos esperar hasta la hora tercia. Dijímosles
que tenían razón, pero que se preparasen entretanto para salir de su
escondite. Preparándose, pues, recogieron todo su vestuario, y
dejándonos allá arriba gran cantidad de trigo y cebada, comenzaron
ya a bajar mucho antes de la hora que habían indicado. Eran en
número de mil quinientos; de modo que con los que ya teníamos en
nuestro poder reunimos hasta dos mil prisioneros sarracenos, que
puestos en camino, cogían el espacio de más de una legua. Con ello y
con diez mil vacas y más de treinta mil ovejas que recogimos además
en aquella espedición, empren-dimos otra vez la vuelta a Mallorca,
donde entramos luego contento y satisfecho.
104
(fol.57r°/v")
EN
Mallorca recibimos la noticia de que don Ato de Foces y don Rodrigo
de Lizana venían a encontrarnos, de lo que nos alegramos en gran
manera, por las pocas fuerzas que en aquella sazón teníamos con Nos.
Don Rodrigo hizo fletar una tarida de la que habían estado ya en
nuestro pasaje a la isla y que era a propósito para trasportar los
caballos, y luego otros dos leños, en los cuales embarcó su equipaje
y provisiones; presentándosenos, a poco de haber llegado a
Pollensa, con treinta caballeros bien armados y provistos de todo lo
necesario. Don Ato se embarcó con don
Blasco
Maza
y los caballeros que acompañaban a entrambos en una coca de esas de
Bayona; mas luego que estuvieron en alta mar, empezó el buque a
hacer agua por dos o tres partes, teniendo que sacarla con calderos
pequeños, y calafatear las aberturas lo mejor que pudieron; de modo
que aunque deseaban abordar luego a cualquier punto de la costa, ya
de Cataluña, ya de Mallorca, la fuerza del temporal les llevó otra
vez a Tarragona, a donde llegaron salvos por milagro; pues la
embarcación era muy vieja y hacía mucha agua, en términos que apenas
habían tenido tiempo para desembarcar sus caballos y equipaje,
cuando se abrió por de medio.
105
(fol.
57 v
" -
58 r")
CUANDO hubimos pasado todo aquel verano
en Mallorca, llamamos un día a En Bernardo de Santa Eugenia, señor
de Torroella, y
le dijimos que habiendo Nos permanecido allí tanto tiempo desde que
había sido ganada la ciudad, queríamos
volvernos a Cataluña; que él quedaría en
Mallorca como lugarteniente nuestro, y que por consiguiente daríamos
orden a los caballeros y a todos los demás vasallos para que se
condujesen con él como con Nos mismo. Contestónos que le placía,
pero nos rogó que le hiciésemos donación por durante su vida del
castillo de Pals,
situado cerca de
Torroella y de Palafurgell, para que así
viesen las gentes cuánto le amábamos; y conocimos efectivamente que
al otorgarle tal don agradecía más que todo el amor que con ello le
mostrábamos, pues era muy corta la renta que producía aquel lugar.
Convenimos ya en esto, nos comprometimos además, mediante escritura,
a indemnizarle todos los gastos
que por Nos hiciese en Mallorca; y luego, mandando juntar consejo
general de los caballeros y demás pobladores de la isla,
dirigimos a todos las siguientes palabras: —Barones, hace ya catorce
meses que permanecemos aquí, sin que en ninguna ocasión hayamos
querido separarnos de vosotros; pero estamos ahora a la entrada del
invierno, y como nos parece que,
gracias a Dios, no tiene ya de qué temer esta tierra, queremos
volvernos a nuestros reinos. Desde allá, mejor
que no aquí mismo, podremos
daros consejo; podremos enviaros nuevas huestes para la defensa de
la isla, y acudiremos también en persona, si necesario fuere;
pues estad seguros de que no os perderemos nunca de vista, y de que
noche y día estaremos pensando en vosotros. Ya que Dios nos ha hecho
la gracia, que no pudo alcanzar ningún rey de España, de que
conquistásemos un reino puesto en medio del mar, y de que hayamos
podido edificar aquí iglesia a nuestra Señora Santa María, sin otras
que se levantarán con el tiempo; no temáis que os desamparemos,
antes bien acudiremos siempre en vuestra ayuda, y muy amenudo nos
veréis y tendréis personalmente entre vosotros. Despedímonos
entonces todos vertiendo abundantes lágrimas; y al cabo de un buen
rato en que el dolor había embargado nuestra lengua, les
manifestamos que habíamos nombrado por su caudillo a En Bernardo de
Santa Eugenia, por quien esperábamos que harían lo que por Nos
mismo; y que a la primera nueva que tuviésemos de que se dirigía
contra ellos alguna armada, nos tendrían inmediatamente a su lado.
106
(fol. 58 r °
/v')
DESPUÉS de habernos despedido de nuestros vasallos de la isla, los
cuales se conformaron con nuestra partida, ya que había de ser
ventajosa para ellos y para Nos, dejamos los caballos y las armas a
los que se quedaban, por si los habían menester, y emprendimos
nuestro viaje dirigiéndonos a la Palomera, donde se hallaban surtas
dos galeras, una de En Raimundo de
Canet,
y otra que era de Tarragona. Embarcado Nos en la primera, y en la de
Tarragona parte de los que nos acompañaban, hicímonos a la mar el
día de San Simón y San Judas, y a los tres días de navegación
llegamos con toda bonanza a la Porrasa que se halla entre Tarragona
y Tamarit, donde hallamos a En Raimundo de
Plegamans,
que al darnos la bienvenida y besarnos la manos, echóse a llorar de
gozo, por el mucho que le causaba nuestra vista. Como él sabía ya
los tratos que habíamos celebrado con el rey de León, que debía
darnos su hija por esposa y con ella su reino, anunciónos desde
luego la muerte de aquel rey. —¿Y la
sabéis de cierto?, le dijimos. —Así a lo menos lo han contado, nos
respondió, algunos hombres de Castilla que han llegado a Barcelona.
—Fuéronnos bastante dolorosas tales nuevas; pero nos consolamos
luego, pensando que en resumen valía más la conquista de Mallorca
que acabábamos de verificar, que todo el provecho que pudiera
resultarnos de la adquisición de aquel reino; y que ya que no había
sido tal la voluntad de Dios, no debíamos Nos entrometernos en lo
que el Señor no quería. Con esto nos quedamos a dormir allí hasta
que amaneciese.
107
(fol. 58 v °)
A poco de haber amanecido, entramos otra vez en las galeras y nos
dirigimos a remo al puerto o playa de Tarragona, en donde
desembarcamos y salieron a recibirnos con el mayor júbilo y banderas
desplegadas los habitantes de la ciudad. Al acabar de comer y luego
de haber sacado de abordo todo el equipaje de nuestros hombres y de
los marineros, levantóse tan fuerte leveche, que hizo zozobrar las
galeras que se hallaban surtas a la boca del puerto, y en frente de
la capilla de San Miguel, que había mandado edificar el arzobispo
Aspargo; de modo que sólo pudieron salvarse dos hombres de los seis
que en ellas había; queriendo así el Señor mostrarnos un nuevo y
señalado milagro. Después de haber permanecido por algún tiempo en
Tarragona, partimos para Monblanc, y desde allí nos encaminamos a
Aragón, pasando antes por Lérida. En todo el tránsito nos acogieron
nuestros vasallos con procesiones y estremado alborozo, y todos
tributaban gracias a Dios por las mercedes que nos había dispensado.
108
(fol.
58v°-59r(/v°)
PASAMOS
aquel invierno en Aragón, y luego nos volvimos a Cataluña, donde,
estando en Barcelona, tuvimos noticia de que el rey de Túnez hacía
sus aprestos para pasar a Mallorca, con cuyo objeto se apoderaba de
todas las naves de pisanos, genoveses v otros cristianos. Pedimos
entonces a los nobles que nos acompañaban y a los prohombres de
Barcelona, que nos aconsejasen lo que debiéramos hacer atendidas las
nuevas que habíamos recibido, y ellos fueron de parecer que debíamos
esperar hasta que las tuviésemos más seguras, porque no siempre
salía cierto todo lo que se contaba de tan remotas tierras.
Conformándonos con este dictamen, nos fuimos entretanto a Vich, para
resolver ciertas cuestiones que se habían suscitado entre En
Guillermo de Moncada y algunos habitantes de aquella población; pero
a los dos días de estar allí se nos presentó un mensajero de En
Raimundo de
Plegamans,
que habiendo andado toda la noche llegó antes de la hora tercia,
para decirnos que se habían recibido en Barcelona noticias ciertas
de que el rey de Túnez debía hallarse ya a aquellas horas en
Mallorca. Sobresaltándonos tal mensaje, y dándonos toda la prisa
posible, por temor de que no nos sucediese en aquel reino algún
fracaso, no hicimos más que comer un poco, y cabalgando en seguida,
llegamos por la tarde a Barcelona, donde descansamos aquella noche;
que larga había sido la jornada. El día siguiente nos encaminamos
por la mañana a la playa para tomar legua, y descubrimos luego una
vela, que como tenía el tiempo favorable, llegó al cabo de poco que
la estábamos esperando. Era de Mallorca; y preguntando a uno de los
marineros, que desembarcó el primero en un bote, qué noticias traían
de la isla, nos contestó demudado el semblante: —Tememos, señor, que
no esté ya allí el rey de Túnez. —Malas nuevas traéis, le dijimos;
pero confiamos en Dios que podremos llegar allá antes que él; —y
señalamos desde luego el día para hallarnos en Tarragona. Dijimos
entonces a los nuestros: —No nos parece bien lo que nos han
aconsejado los de Barcelona, ni provechoso para Nos ni para nuestro
reino; pues la más grande empresa que se haya llevado a buen término
desde cien años acá quiso el Señor que se cumpliese por Nos con la
conquista de Mallorca; y ya que Dios nos la dio, no la perdamos
ahora por pereza ni cobardía. Resueltos estamos a ir a socorrerla en
persona, y para ello señalaremos día a todos los que nos acompañaron
en aquella conquista, enviaremos órdenes a Aragón, para que todos
los que tengan por Nos algún feudo o sean de nuestra meznada
comparezcan en
Salou
dentro de tres semanas con todas las fuerzas que reunir puedan: allí
les esperaremos; pues preferimos morir en Mallorca, que perderla por
nuestra culpa. Mas no la perderemos, no; Dios y los hombres nos
serán testigos de que haremos cuanto de Nos dependa por conservarla.
—Así lo cumplimos.
109
(fol. 59 v
°)
ANTES
del día que habíamos señalado, nos hallábamos ya en Tarragona;
teníamos fletadas naves, taridas y una galera, en la cual estuvimos
para adquirir noticia de si los sarracenos habían llegado a
Mallorca; y lo habíamos dispuesto todo para poder embarcar hasta
trescientos caballeros. Doscientos y cincuenta fueron los que se
presentaron; pero con otros cincuenta que hallamos en aquella
tierra, pudimos reunirnos en el número indicado. Antes de marcharnos
vinieron a vernos nuestro pariente el arzobispo de Tarragona y En
Guillermo de Cervera, religioso de
Poblet,
quienes derramando lágrimas, nos rogaron por Dios, por el amor que
nos tenían y por el buen consejo que nos daban, que no arriesgásemos
nuestra persona en aquella empresa, sino que enviásemos a aquellos
caballeros que teníamos allí reunidos, dándoles por caudillo a don
Nuño; mas aunque nos conmovió su llanto, les respondimos que por
nada del mundo queríamos desistir. Porfiaron, nos estrecharon entre
sus brazos para detenernos; pero nos desasimos, y tomamos desde
luego el camino de
Salou.
Otro de los que habíamos convocado para aquella espedición era el
infante don Pedro de Portugal, con quien habíamos hecho permuta de
la tierra de Mallorca; pero por más que le enviamos dos mensajes
diciéndole que pensase en socorrer la isla, y que siempre contestó
que comparecería, no había cumplido hasta entonces su palabra.
110
(fol. 59 v
° /
60 r
°)
A media noche, cuando hacíamos levantar las áncoras a nuestras
embarcaciones para ponerlas en franquía, se presentó don Nuño en la
ribera del mar, y oímos que nos daban voces, diciendo:
—¡Oh de la galera! —¿Qué
hay de nuevo?, les contestamos. —Dice don Nuño, nos respondieron,
que os ruega le aguardéis un poco, porque ha llegado el infante de
Portugal y quiere hablar con vos. —De buenas a primeras no queríamos
recibirle; mas pensándolo luego mejor, resolvimos que se
presentase, ya que allí estaba. Vinieron, pues, en un bote él y don
Nuño, subieron a la galera, y le preguntamos al verle, qué quería.
—He venido, señor, nos dijo, para acompañaros a Mallorca.
—¿Cuántos caballeros
traéis? —Cuatro o cinco, nos contestó; los demás se presentarán
luego. —¡Válgame Dios! don Pedro, mal
aparejado venís
para tal empresa. Sin embargo, aquí tenéis nuevas naves y taridas,
que se harán a la mar por la mañana; embarcaos en hora buena si os
place, que Nos no podemos retardar el viaje; no sea que el rey de
Túnez se halle ya en Mallorca. —Convino en quedarse en la galera con
un caballero y un escudero encargando a don Nuño que hiciese
embarcar a los demás y por cierto no fue difícil el cumplirlo,
porque no había comparecido ningún otro caballero, ni traía más que
los cuatro que nos había dicho. Salió entonces don Nuño de la
galera, y se quedó con Nos el infante.
111
(fol. 60
r"/v")
LEVADAS
ya las anclas, mandamos empuñar los remos, emprendimos el viaje y
navegando a vela y remo, llegamos al cabo de dos días a Soller a eso
de mediodía. Hallábase allí una embarcación de genoveses, los cuales
se habían asustado en estremo al descubrir nuestra galera; mas luego
que reconocieron el pabellón, largaron su lancha y nos salieron al
encuentro. Habiéndoles preguntado en seguida qué noticias tenían de
Mallorca y si sabían que hubiese llegado allá la armada del rey de
Túnez; nos contestaron que muy buenas, y que no se hallaba en toda
la isla ningún sarraceno estranjero. Regocijámonos con tan buenas
nuevas; nos trajeron algunas gallinas; y habiendo enviado luego a
dos de nuestros marineros a Mallorca para noticiar a sus habitantes
nuestra llegada a Soller, salieron éstos a recibirnos con grande
alborozo, y nos trajeron más de cincuenta caballerías ensilladas
para que pudiésemos hacer nuestra entrada en la ciudad.
112
(fol.
60
v
0-61
r
°)
Así lo verificamos, y nuestra galera se encaminó a remo hacia aquel
puerto. Todos los caballeros que se habían quedado allí durante
nuestra ausencia nos dijeron que buena prueba les habíamos dado de
lo mucho que nos acordábamos de ellos, y de cuánto estimábamos la
merced que Dios nos había hecho con la conquista de aquel reino; y
lloraban de contento por tenernos otra vez a su lado. Cuando a los
tres días de estar en Mallorca hubieron llegado prósperamente las
demás naves y taridas y los caballeros que en ellas venían
embarcados, deliberamos sobre lo que debería hacerse en el caso de
que se presentasen los sarracenos; y se resolvió que ante todo se
colocasen los correspondientes atalayas para que con la debida
anticipación pudiésemos tener aviso de su llegada. —Entonces,
dijimos a los del consejo, en vez de acercarnos a la playa donde
ellos amenacen desembarcar, los caballeros y los hombres de armas
nos colocaremos en emboscada a cierta distancia: a los caballeros
que no tengan caballos armados, los enviaremos delante con unos dos
mil hombres de a pie para que aparenten oponerse al desembarco; pero
así que hayan saltado en tierra una gran parte de los sarracenos,
deberán emprender la fuga en dirección a nuestra celada. Llevados
del afán de alcanzarlos, y pensando que no habrá más caballeros ni
infantes que puedan oponérseles, caerán los enemigos en nuestra
emboscada; daremos entonces sobre ellos con nuestros caballos
armados y con todos los demás hombres que estén allí con nosotros;
volverán-les la cara los dos mil que antes habrán huido, y juntos
tòdos, los iremos acuchillando hasta el mar. Cuando los que se hayan
quedado en las naves vean la derrota y matanza de los suyos, es bien
seguro que no se atreverán a tomar tierra, por no sufrir igual
suerte. —Así estuvimos por espacio de quince días esperando al rey
de Túnez, con atalayas puestos en toda la isla, y orden para que
encendiesen ahumadas al descubrirle.
113
(fol. 61 r
°)
AL
quinceno día de estar esperando, tuvimos ya noticia de que, no
habían de venir sobre Mallorca el rey de Túnez y su armada; por
tanto resolvimos ir a conquistar las montañas y los castillos que,
conservaban aún los sarracenos, como eran Oleró, Pollensa y Sanverí.
Tres mil serían los moros que se hallaban allí en estado de hacer
armas; pero contando a las mujeres, niños y demás, llegaban a quince
mil, acaudillados todos por uno a quien llamaban Xuaip, y que era
natural de Chivert. No bien llegaron a sus oídos nuestros intentos,
cuando dicho jefe nos propuso entregarnos los indicados castillos y
toda aquella montaña, con tal de que le perdonásemos, y le
favoreciésemos de modo, que pudiese vivir honradamente. Nuestros
nobles, caballeros y demás que nos acompañaban fueron de dictamen
que debíamos aceptar aquel partido, ya que además de ser ventajoso
para Nos, era provechoso para todos los cristianos que habitaban o
habitasen en la isla, la cual no podía contarse por segura mientras
hubiese en ella tan cruda guerra. Convenimos, pues, en que a Xuaip y
a otros cuatro de su linaje les daríamos heredades, caballos y
armas, y a cada uno su buen rocín, mulo o mula; en que pudiesen
establecerse en el país todos los sarracenos que así lo quisiesen; y
por último, en que pudiésemos Nos disponer a nuestra voluntad de
todos aquellos que rehusasen adherirse al convenio. Otorgóse en
estos términos la correspondiente escritura, y así se cumplió,
quedando tan sólo en la montaña unos dos mil sarracenos que no
quisieron entregársenos.
114
(fol. 61 v
°)
LUEGO
que tuvimos una entera seguridad de que no debía ya pasar a la isla
la armada que esperábamos, regresamos a Cataluña, dejando en
Mallorca a En Bernardo de Santa Eugenia y a don Pero Maza, señor de
San Garren y que era de nuestra meznada, con algunos otros
caballeros y escuderos, que en número de doce o quince quisieron
quedarse en compañía de dicho don Pero. Durante todo el invierno y
hasta el mes de mayo continuaron ellos la guerra contra los
sarracenos de la montaña; pero éstos se habían hecho allí tan
fuertes, que poco o ningún daño pudieron
causarles en sus personas. Habiéndoles, no obstante, impedido el
recoger las mieses, y reducido a los escasos bastimentos que podían
sacar de algunos lugares de poca importancia, los pusieron en tan
grande necesidad, que como bestias tenían que pacer las yerbas del
monte. En Bernardo de Santa Eugenia y don Pero Maza resolvieron
entonces enviarles mensaje, intimándoles por sus cartas y por un
sarraceno que las llevaba, que se rindiesen; mas como ellos
contestasen que no querían rendirse sino al mismo rey que había
conquistado la tierra, resolvieron, de acuerdo con los demás
caballeros de la isla, venir entrambos a encontrarnos y pedirnos que
fuésemos allá, si queríamos acabar de apoderarnos de todo.
115
(fol. 61
v°-62r°)
ESTÁBAMOS Nos en Barcelona cuando En Bernardo y don Pero se nos
presentaron, diciendo que querían hablarnos y comunicarnos buenas
noticias. Les dimos la bienvenida, contestándoles al mismo tiempo
que estábamos dispuestos a escucharles y a recibir las buenas nuevas
que querían anunciarnos. —Aparejaos, pues, para pasar a Mallorca,
nos dijeron; pues con que vos estéis allí, se os acabarán de rendir
todos los sarracenos, según lo que con ellos hemos
pactado. —Bien venidos seáis, les repetimos, ya que tan buenas
noticias nos traéis: allá iremos.—Manifestáronnos entonces
que no había necesidad de que nos acompañasen caballeros ni otra
gente de armas, y que bastaba nuestra sola persona, sin más comitiva
que la de los hombres que necesitásemos para nuestro servicio; pues
estaba el negocio en tal punto, que tan fácilmente conquistaríamos
las
montañas de la isla con la poca gente de guerra que allí había, como
con mil caballeros que llevásemos. —No se necesita más, añadió el de
Santa Eugenia, sino que mandéis armar dos o tres galeras; nos
embarcaremos juntos, y vuestra sola presencia bastará para que se
rindan los sarracenos.
116
(fol. 62 r
°)
CONFORMÁNDONOS con los consejos de En Bernardo de Santa Eugenia,
hicimos armar tres galeras entre Barcelona y
Tarragona, y al cabo de quince días nos hallamos en
Salou,
desde donde nos hicimos a la mar, contra el dictamen de los
marineros, que veían la noche oscura y aturbonada. Después de haber
andado unas diez millas con un poco de
borrasca,
serenó el tiempo, abonanzó el mar y clareó la luna; de modo que En
Berenguer
Ces-Poses no pudo menos de decirnos: –Es tanto lo que os ama el
Señor, que con galochas pudierais pasar el mar; pues mientras que
nosotros pensábamos tener muy mal tiempo, os lo ha dado tal, que
mejor no pueden tenerlo las galeras armadas. No parece sino que está
de Dios cuanto vos hacéis. –A tan buen señor servimos, le
contestamos, que no puede salirnos mal cuanto en su nombre hagamos:
por esto se lo agradecemos también con toda el alma. –Al tercer día
por la mañana, después de haber salido el sol y antes de la hora de
tercia, nos hallábamos ya en las aguas de Portupí: mandamos entonces
izar nuestro pabellón en cada una de las galeras, y al son de
nuestras trompetas entramos en el puerto de la ciudad de Mallorca.
117
(fol.62r°/v0)
LUEGO
que los habitantes nos descubrieron, conocieron que éramos Nos, y
que los que ellos nos habían enviado habían desempeñado
cumplidamente su embajada; y todos, hombres, mujeres y niños,
salieron al puerto con estremado alborozo, y con gran satisfacción
nuestra, acudiendo asimismo los religiosos del Templo y los del
Hospital, y todos los caballeros que había en la ciudad. Cuando
hubimos desembarcado y estuvimos en nuestro alojamiento en la
Almudaina,
se nos presentó En Raimundo
Serra,
el joven (y lo llamamos así porque había otro Raimundo
Serra,
tío suyo, que era comendador de Monzón), el cual era comendador de
los templarios en Mallorca, y nos dijo estas palabras:
–¿Queréis, señor, hacer una buena
campaña? Enviad a Menorca esas galeras armadas del mismo modo que
con vos han venido, y mandad decir a aquellos isleños, que vos
habéis llegado a Mallorca, que si quieren entregárseos, estáis
dispuesto a aceptar su sumisión y que de lo contrario, aunque a
pesar vuestro, su resistencia les habrá de costar la vida; pues yo
creo que amedrentados con tales amenazas se os someterán desde
luego, ganando vos en esta empresa honra y provecho. –Llamamos
entonces a En Bernardo de Santa Eugenia, a don Asalit de Gudar y a
don Pero Maza, y en presencia del mismo comendador, les comunicamos
lo que éste nos había propuesto: aprobáronlo todos, y nos
aconsejaron que lo pusiésemos por obra.
118
(fol. 62 v
°)
EN
cumplimiento de lo que habíamos resuelto, mandamos a En Bernardo de
Santa Eugenia, a don Asalit de Gudar y al comendador que nos había
dado el consejo que se embarcasen cada uno en una galera, y pasasen
a Menorca a decir de nuestra parte a los de la isla que Nos
estábamos en Mallorca con nuestra hueste; que no queríamos su
perdición, pues ya podían saber a qué habían venido a parar los
sarracenos que quisieron resistírsenos; y que si accedían a
sometérsenos del mismo modo que estaban antes sujetos al rey de
Mallorca, los tomaríamos bajo nuestra protección: pero si preferían
la muerte o el cautiverio, antes que acogerse a nuestra gracia, suya
sería entonces la culpa, y no tendrían ya que contar con nuestra
benevolencia. Dimos en seguida orden a uno de nuestros alfaquíes
llamado Salomón, que era de Zaragoza y hermano de don Bahihel, de
que estendiese en algarabía la correspondiente credencial para los
tres enviados, a fin de que fuesen creídos de todo lo que espusiesen
en su mensajería; y manifestamos además a los mismos mensajeros, que
nos acercaríamos al cabo de la Piedra, que no dista de Menorca sino
unas treinta millas, para que pudiésemos tener más anticipadas
noticias del resultado de su misión, y en todo caso nos viniese más
a mano el ayudarles.
119
(fol.62v°-63r°)
SALIERON
por la noche las galeras con los embajadores, y al día siguiente
entre nona y vísperas llegaron a Menorca, donde hallaron al alcaide,
a los jeques y a todos los habitantes que, al descubrirlas, habían
acudido al puerto de Ciudadela en ademán de resistirles. Preguntaron
ante todo los sarracenos de quién eran aquellas galeras; y
habiéndoles contestado que eran del rey de Aragón, de Mallorca y de
Cataluña, y que en ellas iban sus mensajeros, depusieron luego las
armas, diciéndoles que bien venidos fuesen, y que les respondían con
su cabeza de que podían no solamente desembarcar sanos v salvos,
sino además de que se les complacería y honraría como a amigos. Con
tales seguridades atracaron las galeras por la popa, y mientras
tanto los sarracenos enviaron a buscar almadraques, esteras y
cojines, para que pudieran nuestros enviados sentarse en la
entrevista. Saltaron éstos en tierra, llevando en su compañía un
judío que Nos les habíamos dado por trujamán; y tanto el alcaide y
su hermano, como el amojarife, que era natural de Sevilla y a quien
Nos hicimos después arrayaz de Menorca, y todos los jeques
escucharon con grande atención la lectura de la carta, y recibieron
con suma reverencia el mensaje que les enviábamos, contestando que
deliberarían sobre su contenido.
120
(fol.63r°/v°)
Los sarracenos resolvieron por de pronto contestar a nuestros
embajadores, que tuviesen a bien esperar hasta el día siguiente; y
enviaron a buscar a otros jeques de la isla que no se hallaban allí,
para que se hallasen reunidos en mayor número al acordar la
respuesta. En Bernardo, don Asalit y el comendador no tuvieron
reparo en concederles aquella prórroga; y por lo mismo fueron desde
luego invitados para que entrasen en la villa de Ciudadela, donde se
les dijo que serían muy bien acogidos, aunque no fuese más que por
amor al señor rey que les enviaba. Respondieron los nuestros, que
sin haber recibido la contestación a su embajada, no podían entrar
en la villa, porque Nos no les habíamos dado orden de verificarlo;
por consiguiente los sarracenos, después de decirles que podían
hacerlo como mejor fuese de su grado, les enviaron diez vacas, cien
carneros, doscientas gallinas, y pan y vino en abundancia, y
estuvieron con ellos para solazarles hasta el anochecer, en cuya
hora se volvieron los unos a la villa y se recogieron los otros en
sus galeras. Aquel mismo día a hora de vísperas llegamos Nos al cabo
de Piedra, a la vista de Menorca; y cierto que llevábamos una hueste
digna de rey, puesto que nos acompañaban solamente seis caballeros,
cuatro caballos, un escudo, cinco escuderos para servirnos, diez de
nuestros familiares, y los correspondientes troteros. Así que
oscureció y antes de que los nuestros se pusiesen a comer,
encendimos lumbre, los reunimos a todos, y con ellos nos fuimos a
pegar fuego a los matorrales en distintos puntos, para dar a
entender que estaba allí acampado un numeroso ejército. Luego que
los sarracenos de Menorca descubrieron nuestras fogatas,
comisionaron a dos de sus jeques para que fuesen a preguntar a
nuestros embajadores qué significaban aquellos fuegos que se veían
en el cabo de la Piedra; y éstos les contestaron, conforme a las
instrucciones que les habíamos dado, que era el rey que había
llegado allá con sus huestes, puesto que, por sí o por nos, quería
él saber desde luego su respuesta. Cuando tal oyeron, se
atemorizaron los moros en tanto grado, que a la madrugada pidieron
de nuevo a nuestros enviados que esperasen por un momento, porque en
breve les iban a dar la contestación; y estos accedieron de buena
gana a lo que se les pedía.
121
(fol. 63 v ° - 63 bis r °)
PoR la mañana, luego de haber rezado sus oraciones, salieron el
alcaide, su hermano, el almojarife, los jeques y unos trescientos de
los principales sarracenos de la isla, para decir a nuestros
embajadores, que daban gracia a Dios de que les hubiésemos enviado
tan buen mensaje, pues bien conocían que no hubieran podido
defenderse largo tiempo contra Nos, y por lo mismo que viesen de qué
modo podría estenderse por escrito el tratado. Manifestáronles que,
a pesar de ser la isla muy pobre y de no haber en ella tierras
suficientes en las que pudiese sembrarse lo necesario para la décima
parte de los habitantes, nos tendrían, con todo, por su señor,
partiendo con Nos lo que cosechasen;.
pues era justo que el señor tuviese parte en los frutos que
recogiesen sus vasallos: y que nos darían cada año tres mil
cuartetas de trigo, cien vacas, y trescientas entre cabras y ovejas,
obligándonos a Nos a guardarlos y defenderlos perpetuamente como a
nuestros propios hombres vasallos. Nuestros embajadores pidieron
entonces que se nos diese además la potestad de Ciudadela, la de
aquel cerro en que estaba edificado el mayor castillo de la isla, y
la de cuantas fortalezas en ella hubiese; y aunque los sarracenos
recibieron al principio de mala gana semejante petición, al cabo
después de haber deliberado, contestaron que accedían a ella, ya que
era aquélla nuestra voluntad; diciendo, que ya que tan buen señor
éramos, según decían, con los nuestros, esperaban que como tal nos
portaríamos también con ellos. Empleáronse luego tres días en hacer
que todos los principales de la isla jurasen sobre el Alcorán aquel
tratado, al cual don Asalit hizo añadir la obligación de darnos cada
año dos quintales de manteca y doscientas barcas para trasportar el
ganado; y mientras tanto permanecimos Nos en el cabo de la Piedra
esperando que volviesen las galeras con los embajadores, y
continuando en encender cada noche almenaras como al principio de
nuestra llegada.
122
(fol.63bisr"/v")
AL
cabo de cuatro días, por la mañana, salido ya el sol, y cuando
habíamos oído misa, tuvimos noticia de que habían llegado las
galeras y recibimos aviso de nuestros enviados para que tuviésemos
dispuesta y adornada nuestra casa. Hicímosla, pues, enramar de
hinojo, porque a la sazón no teníamos a mano otra yerba; entapizamos
las paredes con los tapices que allí teníamos y con los que nos
dejaron los caballeros que estaban con Nos, y nos pusimos todos los
mejores vestidos, para hacer a los embajadores un honroso
recibimiento. Componían aquella embajada que nos venía de Menor-ca,
el hermano del alcaide, el almojarife y cinco jeques de los más
calificados de la isla, a todos los cuales enviamos caballos y otras
cabalgaduras para que pudiesen venir a presentársenos. Así que
estuvieron delante de Nos, saludáronnos con profunda reverencia,
hincaron las rodillas, y nos dijeron, que de parte del alcaide nos
saludaban cien mil veces, como a señor en quien él tenía puesta toda
su esperanza. —Buena ventura os dé Dios. les
respondimos; plácenos en gran manera vuestra venida; —y a fin de que
no nos estorbasen los de la hueste en lo que teníamos que decirles,
nos apartamos con ellos a un lado, para poder hablarles con más
libertad, y dieron gracias a Dios por lo que les dijimos.
123
(fol. 63 bis
v")
EsPtiSIERONNOS los mensajeros su embajada y la respuesta que les
había dado, manifestándonos al mismo tiempo el convenio que habían
celebrado, para que tuviésemos a bien ratificarlo. Les dijimos que
deliberaríamos sobre ello, y habiéndose ellos salido afuera,
llamamos a los nuestros y les hablamos en estos términos: —Loado sea
el Señor, que sin pecado y con tanta honra nos concede lo que Nos no
habíamos aún ganado. Obvio es el resolver lo que debe hacerse en
este caso: aceptemos el convenio tal como lo habéis negociado, y
demos gracias a Dios por la merced que nos dispensa. —Llamamos en
seguida a los enviados sarracenos, dijímosles que teníamos por bueno
el tratado que habían ajustado
con nuestros embajadores, y les entregamos la correspondiente
escritura autorizada con nuestro sello, en la cual constase
que los aceptábamos por vasallos nuestros y de nuestros sucesores
para siempre, y que debían ellos satisfacer perpetua-mente a Nos y a
los nuestros el tributo a que se habían obligado.
124
(fol. 63 bis v" - fol. 65 perdido)
DESDE
que celebramos el convenio con los sarracenos de Menorca, hemos
sacado de aquella isla dobles o quizás mayores
réditos de los que entonces se nos prometieron por tributo; pues
mientras que se los pidamos con oportunidad, nos ceden cuanto les
pedimos, y sin esto tomamos de allí todo lo que nos conviene. En
cuanto a los sarracenos que se habían hecho fuertes en las montañas
de Mallorca y habían quedado después cautivos para hacer de ellos
nuestra voluntad, los distribuimos a cuantos los quisieron, para que
los poblasen, por la tierra como esclavos. Tan señalados hechos
llevamos a cabo en esta espedición con solas tres galeras, porque
nos favoreció en todo la voluntad del Señor que nos ha criado.
Volvímonos en seguida a Cataluña y Aragón; y por la gracia de Dios,
desde entonces, muy lejos de haber la isla de Mallorca necesitado
más nuestra ayuda, la ha mejorado tanto el Señor, que vale
doblemente de lo que valía en tiempo de los sarracenos.
125
(fol. 65 perdido)
HABIAN transcurrido ya dos años desde que se nos sometiera la isla
de Menorca, cuando se nos presentó en Alcañiz el sacrista de Gerona,
que era arzobispo electo de Tarragona y se llamaba En Guillermo de
Montgrí,
junto con En Bernardo
de Santa Eugenia y su hermano; y después de habernos pedido
audiencia, nos dijo, que si queríamos cederle la isla de Iviza, él y
los de su linaje emprenderían aquella conquista; pues ya que Nos no
la teníamos en nuestro poder y estábamos a la sazón ocupado en otras
empresas, creía que no podíamos tener reparo en que él emprendiese
aquel hecho de armas, para que se dijese que el arzobispo de
Tarragona había conquistado aquella isla; puesto que en todo caso él
la tendría en feudo por Nos. Después de haber deliberado sobre su
propuesta, conociendo que nos honraba con conquistar aquella tierra
y tenerla en feudo por Nos, accedimos a lo que nos pedía: y
aprestándose él con todos los suyos, dispuso lo necesario para el
pasaje, y mandó construir un trabuquete y un fundíbulo. Luego que el
infante de Portugal y don Nuño tuvieron noticia de la proyectada
empresa, ofreciéronse a acompañar al arzobispo, con tal de que éste
les diese parte en la conquista, a proporción del número de caballos
con que le ausiliasen: fueles otorgada su demanda, y emprendieron
juntos aquella campaña.
126
(fol. 65 perdido)
LLEGADOS
a Iviza, pudieron desembarcar sin que los de la isla les opusiesen
ningún obstáculo; v_ dirigiéndose desde luego al puerto con los
caballos armados, mientras se encaminaban también allá las naves v
leños, asentaron su campamento y comenzaron el sitio. Armaron ante
todo las máquinas; hicieron que el fundíbulo, que no alcanzaba tanto,
asestase sus tiros contra la plaza, y el trabuquete contra el
castillo; hasta que, viendo que los disparos del fundíbulo empezaban
a hacer mella en el muro, resolvieron abrir algunas cavas. Cuando
los de la hueste conocieron que había llegado ya la hora del ataque,
empezaron a trabar algunas lijeras escaramuzas con los sitiados; mas
luego armáronse todos, corrieron al asalto, y se apoderaron de la
primera línea de las murallas de la plaza, acobardando con esto a
los sarracenos, que pidieron luego la capitulación. Así se
apoderaron fácilmente de la villa y del castillo, sin que el
trabuquete hubiese disparado más allá de diez piedras y habiendo
sido el primero en entrar al asalto un hombre de Lérida llamado Juan
Chicó. Después de la toma de Iviza, se han dirigido muchas veces
contra aquella isla galeras de sarracenos; pero por merced de Dios,
han tenido que volverse siempre con mayor daño del que han podido
causar en ella.
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