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 Llibre dels Fetys

 


 

 Es texts des Llibre dels Fetys que figuren a sa plana, estan calcats de sa edició d´en Mariano Flotats y Antonio Bofarull de l´any 1848 que  també estan calcats de una de ses tres copies que se feren l`any 1584 una en espanyol una en llatí i una  en llemosí de sa edició feta  per “ Phelippe de Austria Principe de las Españas”

Una copia esta a Madrid unaltre per Valencia i s`altre per Catalunya, s`original NO esta a Poblet.

Es Monasteri de Poblet l`any 1835 va esser incendiat, profanat i saquejat,   per es poble, es mateix poble CATALÀ va esser qui va destruir es monaster, encararà no se sap en certesa quins son es esquelets que hi ha a cada tomba ja que els s`varen robar i escampar

Tenir esment que sa versió feta l`any 1848 es diferent a sa de l`any 1584 i aquesta de ses mes antigues

 Antonio Bofarull, entre altres coses es creador  inventor l´any 1869, de sa confederació corona “catalano-aragonesa “, en es seu estudi titulat “ La confederacion catalano Aragonesa”

Per curiositat pos es darrer capitol i sa conclusio perque hi ha algo que que te fa dir ¡Uep que pasa aqui :

  

             CAPÍTULO CCCXI. 321*

 

Al cabo de algunos días , constante en nuestro propósito de retirarnos á Poblet para servir á la Madre de Dios en aquel monasterio , salimos de Algecira y llegamos hasta Valencia ; pero aquí se agravó nuestra enfermedad, y no permitió el Señor que continuásemos nuestro viaje (1). .

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Aquí en Valencia, seis días antes de las calendas de agosto  del año 1.276 murió el noble En Jaime por la gracia de Dios rey de Aragón , de Mallorca y de Valencia , conde de Barcelona y de Urgel , y señor de Monpeller , cujus anima per misericordiam Dei requiescat in pace. Amen. Vivió el rey don Jaime despues de la toma de Valencia treinta y siete años.

 

 

         Finito libro , sit laus et gloria Christo.

FIN DE LA HISTORIA DEL REY DE ARAGÓN , DON JAIME I.

Cuando por los años de 1390 quedaron acabados los Reales sepulcros que el rey don Pedro el Ceremonioso había mandado construir en aquella iglesia , se le trasladó á ellos , colocándole en el panteón mas inmediato al presbiterio , á la parte del evangelio , con la siguiente inscripción :

 

 

ANNO DOMINI MCCLXXVI, VIGILIA

BEAT/e MARI/e MAGDALEN/E , ILLUSTRISSIMUS

AC VIRTUOSISSIMUS JACOBUS, REX ARAGONUM,

MAJORICARUM, VALENTI/E, COMESQUE BARCINONE,

ET URGELLI, ET DOMINUS MONTISPESSULANI,

 

ACCEPIT HABITUM ORDINIS CISTERCIENSIS

IN VILLA ALGECIR/E&, ET OBLIT VALENTI& VI KAL.

AUGUSTI. HIC CONTRA SARRACENOS SEMPER PR/EVALUIT,

ET ABSTULIT EIS REGNA MAJORICARUM , VALENTIA

ET MURTIIE, ET REGNAVIT LXII ANNIS, X MENSIBUS,

ET XXV DIEBUS , ET TRANSLATUS EST DE CIVITATE

VALENTI& AD MONASTERIUM POPULETI , UBI SEPULTUS FUIT,

PR&SENTIBUS REGE PETRO, FILIO SUO, EJUS UXORE

CONSTANTIA, REGINA ARAGONUM , ET VIOLANTE ,

REGINA CASTELL/E, FILIA REGIS JACOBI

PR&DICTI, ET ARCHIEPISCOPO TARRACONIE, ET MULTIS

EPISCOPIS, ET ABBATIS AC NOBILIBUS VIRIS.

IIIC &DIFICAVIT MONASTERIUM BENIFAZANI, ET

FECIT MULTA BONA MONASTERIO POPULETI.

EJUS ANIMA REQUIESCAT IN PACE. AMEN.

 





 

(I'ol. 26 r "/v" - 27 I.")

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Al cabo de poco tiempo nos enviaron mensaje los hombres de Pons pidiendo que fuese allá la condesa. Así lo acorda-mos, pero no quisimos Nos ir allá, porque nos habíamos desafiado a En Raimundo Folch, y teníamos con él buena amistad. Cuando la condesa llegó a la villa con En Guillermo y En Raimundo de Moncada y toda hueste. a excepción de Nos, que nos quedamos con cinco caballeros: hallóla desierta, y le salió al encuentro el castellano con todos los suyos a caballo en disposición de trabar batalla; pero los de la condesa picaron espuelas a los caballos. embistieron contra sus contrarios, y los acorralaron cerca del castillo: distinguiéndose muy particularmente en aquel hecho de armas, sedán después nos dijeron. En Bernardo Dezlor, hermano del sacrista de Barcelona. Aquel mismo día al anochecer nos llegó un mensajero de En Guillermo y En Raimundo de Moncada, para pedirnos que (le todos modos fuésemos allá, porque estando Nos con ellos se tomaría muy fácilmente el castillo, del cual sin Nos no podían apoderarse. —¿Cómo hemos de ir allá, le dijimos, si no hemos desafiado a Raimundo Folclt. y éste es el que posee la fortaleza? —Sabed, nos contestó, que si vos os presentáis. se ganará luego el castillo: pero si vos no acudís, no entrará en él la condesa. —Pues bien!, le replicamos, ¿qué es lo que habremos de hacer cuando allí estemos? —Muy poco: con que vos les deis orden para entregarse a la condesa, así lo cumplirán. —Lo haremos. pues: pero salvando siempre el derecho que pueda tener En Raimundo Folch. —Nos encaminamos en seguida a Agramunt, y habiendo mandado dejar los caballos y armas a los que nos acompañaban, nos acercarnos al castillo, de donde bajó a nuestro encuentro el castellano con unos veinte de los suyos. —Ya que habéis pedido.. les dijimos. que Nos compareciésemos aquí. sepamos cuáles son vuestros intentos. —Quisiéramos saber de vos, nos contestaron. qué es lo que habernos de hacer de este castillo. —Ya que nos pedís consejo, añadimos, os diremos que, a nuestro entender, lo mejor sería que yo y la condesa os prometiésemos salvar el derecho que pueda tener en él En Raimundo Folch. y que vosotros por vuestra parte os obligaseis a entregarlo a la condesa, sometiéndoos a su señorío: ya que por sentencia de nuestra corte, por derecho y por razón acaba de recobrar lo demás del condado, v se le han sometido también todos sus vasallos. —Como se lo propusimos, así se verificó. habíamos entretanto enviado a Oliana a algunos de los nuestros para recobrar aquella villa por la condesa; mas luego que sus vecinos tuvieron noticia de la rendición de Pons, siguieron su ejemplo. Con esto quedó doña Aurembiaix restablecida en sus estados, habiendo Nos procedido en todo. no para el propio provecho. sino para hacer valer la justicia que a ella le asistía.

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(fol. 27r "/v "

Después de año y medio de haber dado cima a los negocios del condado de LÙrgel, estábamos Nos en Tarragona; y fue voluntad de Dios que a pesar de no haber convocado cortes, concurriesen allí la mayor parte de los nobles de Cataluña, entre otros don Nuño Sánchez, hijo que fue del conde Sancho, En Guillermo de Moncada, el conde de Ampurias. En Raimundo de Moncada, En Geraldo de Cervellón, En Raimundo Alarnarr. En Guillermo de Claramunt, y En Bernardo de Santa Eugenia. señor de Torroella. También estaba entre éstos En Pedro Martel. ciudadano de Barcelona v muy experimentado marino, el cual nos convidó un día a comer a Nos v a todos los nobles que con Nos se hallaban. A los postres, habiéndose entablado conversación entre todos, preguntaron a En Pedro Martel. que había sido comitre de galeras, qué tierra era Mallorca cuánta extensión podía tener aquel reino. —Alguna razón puedo daros, contestó aquél; pues he estado allí urca o dos veces. y calculo que la isla tendrá trescientas millas de circunferencia. Hacia Levante, y frontera a Cerdeña, hay también allí otra isla llamada Menorca, y hacia poniente otra que tiene por nombre Ibiza. Mallorca es cabeza de todas, y todas obedecen al señor que en ella reside. Hay además otra isla, llamada Formentera v habitada por sarracenos, que está situada cerca de Ibiza., y la separa de ella solamente un canal de una milla de ancho.—Acabado el banquete se presentaron ante Nos y dijeron nos: —Señor: hablando con En Pedro Martel, le hemos pedido noticias (y creemos que no os disgustará el saberlas) de una isla por nombre Mallorca. en la cual hay un rey, que tiene además bajo su dominio otras islas llamadas Menorca e Ibiza. La voluntad de Dios no puede torcerse; y así quisiéramos que fuese de vuestro agrado pasar allá a conquistar aquella isla por dos razones: la primera, por lo mucho que en ello ganaríamos nosotros y vos; y la segunda, por lo que se admiraría el inundo de que os fueseis mar adentro a conquistar un remo. —Plúgonos luego lo que nos proponían. y les respondimos: —Mucho nos satisface el que estéis formando tales proyectos; no se perderá por Nos que no se cumplan. —Y allí mismo resolvimos luego convocar para Barcelona nuestras cortes generales. a las cuales debiesen concurrir en su día el arzobispo de Tarragona, los obispos, los abades, los ricoshombres que antes hemos citado y los síndicos de las universidades de Cataluña.

 

48*

Ibl. 28 r °% ")

EN el plazo que les habíamos señalado comparecieron en Barcelona el arzobispo, los obispos y los ricoshombres; y al día siguiente se reunieron en nuestro antiguo palacio, que había mandado edificar el conde de Barcelona. Luego después de congregados en nuestra presencia, les dirigimos la palabra en estos términos: —Illumina cor meua, Domine, et verba mea de Spirit u Sancto. Rogamos a Dios nuestro Señor v a su Santísima Madre la Virgen Santa María, que cuanto os digamos sea para mayor honra de Nos y de vosotros que nos escucháis, v sea sobre todo del agrado de Dios v de su Madre y Señora nuestra Santa María: pues como queremos hablaros de algunas buenas obras que intentamos, y éstas proceden de Dios y por él son tales, ojala que tales sean también nuestras palabras, y plegue al Señor que podamos ponerlas por obra. Ya sabéis que nuestro nacimiento fue por milagro de Dios; pues siendo así que nuestro padre andaba desviado de nuestra madre, quiso el Señor que viniésemos al mundo v obró en nuestro nacimiento grandes maravillas. —No las esplicamos aquí, porque las hemos contado va al principio de este libro. —Tampoco ignoráis, que Nos somos vuestro Señor natural: que no tenemos ningún hermano, porque nuestros padres no dejaron ningún otro hijo, y que al llegar entre vosotros, niño todavía, a la edad de seis años y medio, hallamos revueltos los estados de Aragón y Cataluña, en guerra unos vasallos con otros, desavenidos todos, teniendo cada uno encontradas pretensiones, v que con los acontecimientos pasados se habían granjeado un mal renombre en el mundo. Tales daños no podemos Nos remediarlos sino por la voluntad de Dios que nos asista en todas nuestras cosas. y acometiendo todos juntos tales empresas, que después de ser aceptas al Señor. tengan de sí tal bondad e importancia, que basten a desvanecer la mala fama adquirida, disipando con la luz de las buenas obras las tinieblas de los pasados yerros. Por dos razones, pues, la primera por Dios, y la segunda por la naturaleza que con vosotros tenemos, os rogamos encarecidamente que nos deis consejo ayuda para tres cosas: primeramente, para que podamos poner en paz nuestra tierra: en segundo lugar para que podarnos servir al Señor en la expedición que tenemos pensado hacer contra el reino de Mallorca y demás islas adyacentes; v por último, para que nos digáis de qué manera podrá redundar esta empresa en mayor gloria de Dios. Para esto habéis sido llamados.

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fbl.28v"-29r")

TERMINADO nuestro discurso, se levantó el arzobispo de Tarragona. Aspargo, a ruego de los ricoshombres que quisieron que hablase él primero, y dijo: —Bien conocernos. señor. que llegasteis joven entre nosotros y que se necesita maduro consejo para obras de tal importancia como la que acabáis de proponernos. Deliberaremos sobre ella, y os daremos tal respuesta, que será para mayor gloria de Dios, de Vos y de todos nosotros. —Habló en seguida por él y por todos los nobles En Guillermo de Moncada, diciendo. que daba desde luego gracias a Dios de que nos hubiese inspirado tal propósito; pero que como el negocio de que se trataba era de tanto interés, no podía sin previa deliberación darnos su respuesta. —Sin embargo, añadió, desde ahora puedo aseguraros delante de todos. que nuestro acuerdo será digno de Vos v de nosotros. —Tomó luego la palabra En Berenguer Girara, síndico de la ciudad de Barcelona, y habló por los de las universidades en estos términos. —Dios, que es vuestro señor v nuestro, es el que os ha inspirado la buena obra que acabáis de proponernos: ojala que podamos daros tal respuesta. que vos podáis cumplir vuestra voluntad para mayor gloria de Dios y nuestra. Deliberaremos, pues. con los demás sobre vuestra proposición, y os contestaremos. —Propuso en seguida el arzobispo que deliberasen aparte cada uno de los tres brazos; y habiéndolo aprobado así todos, se separaron las cortes por entonces, y se fue cada brazo a deliberar para darnos al cabo de tres días su respuesta. Antes de recibirla, celebrarnos un consejo secreto con los ricoshombres, sin que asistiesen el arzobispo ni los obispos, y en él habló el primero, el conde de Ampurias, diciendo: —Si hombres ha habido de gloriosa fama en el mundo, nosotros lo fuimos; mas va que la hemos perdido y que os tenemos ahora a vos por nuestro señor natural, menester es que con nuestra ayuda llevéis a cabo tales empresas, que con ellas podamos todos recobrar el buen nombre que antes teníamos. Para ello no hay mejor medio que marchar a la conquista de ese reino de sarracenos que decís, situado en medio del mar: así realzaremos nuestras pasadas glorias; ésta será la más grandiosa empresa que los cristianos hayan llevado a cabo desde cien años acá, y más vale que muramos en la demanda v recobremos nuestra antigua prez y el esplendor de nuestro linaje, que no que vivamos para conservar nuestra deshonra. Por mí he de deciros que haría cuanto pudiese para que se realizase tan gloriosa empresa. —Convinieron todos con lo que acababa de manifestar el conde de Ampurias, añadiendo cada uno lo que mejor le pareció para animarnos a poner por obra nuestros intentos. Resolvimos, pues, aquella misma noche convocar las cortes para la mañana siguiente. y que en ellas hablarían antes que todos los

 

ricoshombres para que con sus palabras animasen a los eclesiásticos y ciudadanos. Así lo hicimos, enviando orden a los ricoshombres, al arzobispo, a los obispos, abades y demás para que al día siguiente por la mañana se hallasen reunidos en nuestra presencia, prontos a darnos la respuesta que hubiesen acordado.

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(1ó1. 29r" -30r")

EN cumplimiento de la orden que les habíamos dado, comparecieron todos los de las cortes luego de celebradas las misas matutinales; y reunidos ya en nuestra presencia, cediendo la palabra a En Guillermo de Moncada, se puso éste en pie, y nos manifestó su acuerdo en estos términos: —Señor, a vos os envió Dios para que nos gobernaseis, y nos destinó a nosotros para que os sirviésemos bien y lealmente; mal cumpliríamos, pues, con nuestro deber, si no procurá­semos con todas nuestras fuerzas acrecentar vuestro prez y vuestra honra, porque al fin nuestra ha de ser también vuestra gloria, y a nosotros nos ha de alcanzar asimismo vuestro provecho. Por ende no fuera razón que ahora que concurren ambas circunstancias, despreciásemos la buena coyuntura que nos ofrecéis, rehusando contribuir a la con­quista de ese reino de Mallorca, que por estar situado en medio del mar os ha de dar más gloria que si conquistarais tres reinos en tierra firme. Cuando de vuestra honra se trata, señor, están de sobra todas las demás consideraciones: por lo mismo, contestando a los tres puntos que nos habéis propuesto, os decimos que pongáis en paz vuestra tierra, y que os ayudaremos con nuestras fuerzas para que podáis llevar a buen término la empresa que proyectáis. Primeramente ordenad paz y treguas por toda Cataluña y disponed que se otorgue pública escritura en la cual vayan constando los que las acepten; don Nuño que se halla aquí presente y que es nieto del conde de Barcelona, no será sin duda de los que rehúsen firmarlas, tanto por el parentesco que con vos le une, como por ser tal la empresa de que se trata; mas si hubiese alguno de Cataluña que rehusase otorgarlas, le obligaríamos nosotros a hacerlo contra su voluntad. Os concede-mos además que percibáis el boyaje que pagan todos nuestros vasallos, pues aunque lo hayáis percibido ya otra vez de propia autoridad, como suelen hacerlo los reyes, por una sola vez, os lo cedemos ahora graciosamente, para que con su producto podáis atender mejor a los gastos de la expedición. Por lo que a mí me toca, os ofrezco además que yo y los de mi linaje os serviremos en ella con cuatrocientos caballos armados, hasta tanto que con la ayuda de Dios hayáis conquistado Mallorca y adquirido el señorío de sus islas adyacentes, Menorca e Iviza, sin separarnos de vuestro lado hasta que quede del todo terminada la conquista. En cuanto a don Nuño y a los demás nobles, ellos os dirán cada uno de qué modo piensan ayudaros. Sólo una cosa os pediremos, y es, que ya que os otorgamos cuanto vos deseáis, nos cedáis también alguna parte de lo que ganéis con nuestra ayuda, tanto en bienes muebles como en inmuebles, para que quede así perpetua memoria del servicio que os habremos prestado. —Con esto puso fin a su discurso.

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(fol. 30 r "/v ")

LEVANTÓSE entonces don Nuño Sánchez, que era descendiente del conde de Barcelona, y dijo: —Señor, cuanto ha dicho y os ha manifestado Guillermo de Moncada está muy bien por lo que a él toca y a su linaje; mas yo quiero responder ahora por lo que atañe al mío. Dios que os crió, quiso que fueseis nuestro señor y rey, y pues a él le plugo, asimismo nos ha de placer a nosotros, y a mí sobremanera, tanto por el parentesco que media entre vos y yo, como por el dominio que tenéis sobre mí, de manera que honra y acrecentamiento no tenéis, en el que yo no tenga parte, por ser de vuestro linaje. Quien en Dios confía no puede obrar mal, y tal no será al otorgaros desde ahora paz y tregua, tanto por mi parte, como por la tierra que vuestro padre me dio, a saber, Rosellón, Conflent y Cerdaña. Sobre tal tierra os doy facultad que percibáis el boyaje, ofreciéndoos además acompañaros con cien caballeros armados a mis costas, en recompensa de lo que, me daréis parte de la tierra que ganéis y de los objetos que en ella se hallen, para satisfacer así a los caballeros y peones que yo enviaré, y también para mantener leños o galeras que yo arme. Tal servicio os lo prestaré constantemente en la citada tierra, hasta que Dios se sirva permitir que la ganéis.

Tras el discurso de don Nuño, siguió el conde de Ampurias, quien se expresó en estos términos: —No hay alabanzas suficientes, señor, para poder encomiar la empresa que queréis llevar a cabo; pues por sí sola revela ya su valor y la gran ventaja que nos ha de reportar. Por mi parte prometo acompañaros con sesenta caballeros con caballos armados, y como conde de Ampurias que Dios me ha hecho, digo, que apruebo cuanto ha dicho En Guillermo de Moncada, cuyo


 

caballero es el mejor y más noble de nuestro linaje, pues es señor de Bearne y de Moncada, cuyo señorío tiene por vos, y además, de Castellví, que es su alodio; pero espero que entre los cuatrocientos caballeros que ha ofrecido, contará también los sesenta que yo ofrezco, pues así irá todo nuestro linaje unido en la empresa: pidiéndoos sólo ahora, señor, que de aquella parte que a él y a otros le habéis prometido, me deis también a mí una porción por los hombres de a caballo e infantes que enviaré,; y os advierto, por lo que sea, que cuantos caballeros yo y los otros enviemos, irán todos con caballos armados.

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(fol. 30 v" - 31 r")

LEVANTÓSE en seguida el arzobispo de Tarragona, y exclamó: —Viderunt oculi mei salutare tuum: éstas son las palabras de Simeón al recibir al Señor en sus brazos, las cuales significan: Han visto mis ojos tu salud... y así los míos ven la vuestra. Lo que añado yo a tales palabras ya sé que la Escritura no lo dice; pero yo lo quiero decir, pues que viendo vuestra salud, vemos la nuestra. Consiste la vuestra en que ya hacéis buenas obras cuando empezáis a obrar: la nuestra la hallaremos a medida que vos os ensalcéis v aumentéis en prez, honor y valor; pues que si por vuestro valor y por vuestra pujanza hacéis obras de Dios, por lo mismo debemos miraros como cosa nuestra. El pensamiento que vos y esos nobles que están con vos habéis ideado aquí y vais a realizar, es en honor de Dios y de toda su celestial corte, y un beneficio, del cual hallaréis el galardón vos v vuestros hombres, no sólo en este mundo, sí que además en el otro, que es infinito. Plazca, por lo mismo, a nuestro Señor que lo que esta corte acaba de ajustar, sea en provecho de Dios, de vos y de todos los nobles que aquí se hallan, de ésos que tanto os han ofrecido, o rey, y a quienes tanto deberéis agradecer. Así pues, cuando Dios ponga en vuestras manos ese reino que tenéis ánimo de conquistar, recompensad debidamente a los que os ayuden, y partid con ellos las tierras y objetos que adquiráis, ya que para ello os han de ayudar y servir también. Por ellos os digo en mi nombre (aún cuando no pueda tomar parte en los hechos de armas, por ser inútil mi brazo a causa de mi avanzada edad) y en el de la iglesia de Tarragona, que dispongáis de mis bienes y de mis hombres del mismo modo que lo haríais con los vuestros; y si algún obispo hay que quiera acompañaros y serviros personalmente, dígalo, que a más de darnos con ello gusto, de parte de Dios y nuestra le dispensaremos: a hazañas de esta naturaleza todo el mundo debe ayudar, ya sea de palabra, ya de obra, y ojala Dios, que vino al mundo por nosotros y para salvarnos, os deje llevar a cabo ésta que emprendéis y otras, tal como lo desea nuestra voluntad y la vuestra.

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(foI. 31 r"/v")

AL concluir el arzobispo, estaba ya en pie el obispo de Barcelona, que tenía por nombre Berenguer de Palou, y dijo: —A nadie mejor que a vos, señor, puede aplicarse aquella visión con que el Padre envió a nuestro señor Jesucristo, hijo de Dios, y que se llamaba excelsis; y en la que aparecieron nuestro Señor, hijo de Dios, Moisés y Elías al apóstol San Pedro. Al verla el último, dijo que sería muy conveniente que se levantasen tres tabernáculos, el primero para nuestro señor Jesucristo, el segundo para Moisés, y el otro para Elías; mas apenas lo había pronunciado, cuando se oyó del cielo un grandísimo trueno, y cayeron en tierra todos los que estaban con el apóstol y, al levantarse luego espantados, vieron que bajaba del cielo una nube y se dirigía contra ellos, dejándose percibir estas palabras: ¡Ecce filius meus dilectus qui in corde meo placuit. Tal es la semejanza que podemos aplicaros a vos mirándoos como hijo de nuestro Señor, desde el momento en que queréis perseguir a los enemigos de la fe y de la cruz, por cuya laudable empresa fío en Dios que algún día alcanzaréis el reino celestial. Por mi parte, señor, y por la de la iglesia de Barcelona, ofrézcoos cien o más caballeros a mis costas, hasta tanto que hayáis conquistado las islas de Mallorca, suplicándoos sólo, que me cedáis parte para los hombres que yo conduciré, ya sean de marina ya caballeros.

El obispo de Gerona habló en seguida, y dijo: —Gracias doy a nuestro Señor por la buena voluntad que os ha dado y a toda vuestra corte, en alabanza de cuya grande obra no habían de faltar palabras; pero nuestro arzobispo, el obispo de Barcelona, En Guillermo de Moncada, don Nuño y el conde de Ampurias tanto v tan bien os han hablado, que iguala a cuanto deciros pudiera: me contentaré, pues, con poner a vuestra disposición, en mi nombre y en el de la iglesia de Gerona, treinta caballeros, con tal que me deis aquella parte que me corresponda, según diereis a los demás.

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(fol. 31 v")

LEVANTÓSE después del obispo el abad de San Felío de Guixols, y dijo que nos acompañaría con cinco caballeros, provistos y equipados de cuanto era necesario; y por último, levantóse también el paborde de Tarragona, y pronunció estas palabras: –Señor, no puedo ofreceros tantos caballeros como los demás, pero prometo que os seguiré con media cuarta de ellos, v además con una galera armada. Hechas tales manifestaciones tomó la palabra En Pedro Gruny y dijo de esta manera: –Da gracias al Señor la ciudad de Barcelona por la buena voluntad que os ha dado, y en Dios confía que podréis llevar a cabo vuestra obra como deseáis. Para ella pues, os ofrece de pronto los vasos, las naves y los leños que hay en su puerto y que están aparejados a vuestro servicio en tan honrada hueste, para mayor gloria de Dios; advirtiéndoos, que al hacer la ciudad este ofrecimiento, no quiere más recompensa que vuestra inmutable gratitud. Por esta razón, no habla aquí de las demás ciudades Barcelona, sino por sí sola. –Sin embargo, Tarragona y Tortosa se conformaron con lo que aquélla dijo.

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(fol. 32 r")

O1DAS tales razones, tratóse de extender escritura sobre el repartimiento de las tierras v de cuanto ganásemos; y de forma la hicimos, que en ella se prometía parte de lo que adquiriese (luego que nuestro Señor nos concediera la victoria), a los caballeros, y así proporcionalmente a los hombres armados y a las naves, galeras y leños, según eran ellas y su armamento; así como a todos aquéllos que nos siguieran a caballo o a pie, a proporción también de los arreos y armaduras que llevasen: advirtiendo que tal parte debiese entenderse ya de cualquier ganancia que pudiera hacerse durante el viaje, desde el momento en que la hueste se hiciese a la vela; todo lo que les prometimos cumplirles sin faltar, fiado en Dios y en Nos, del mismo modo que ellos prometieron servir bien y lealmente; y con la inteligencia de que no contarían después mayor número de hombres de los que realmente hiciesen el viaje.

Dando, pues, con esto claramente principio a nuestra empresa de pasar a Mallorca, señalábamos plazo, y ordenamos que para mediados del rues de mayo debiesen estar todos preparados en Salou.

Separóse entonces la corte, y cada cual se fue preparando. Antes de marchar los nobles, sin embargo, se les hizo prestar juramento de que el día primero de mayo estarían en Salou, con todos los preparativos necesarios para pasar luego a Mallorca, y que no faltarían.

Llegó el día señalado, y Nos no faltarnos al punto de reunión; mas tuvimos que aguardar hasta entrado setiembre, pues hubimos de ocuparnos durante tal tiempo en disponer el viaje y esperar las naves, leños y galeras que comparecían, sin las cuales no podía ser completa la armada. Algunas de aquéllas se aguardaban en Cambrils, pero el cuerpo principal de la armada estaba en el puerto y playa de Salou, si bien que las embarcaciones de Tarragona se prepararon en su mismo puerto. El número de las que formaban la armada, fue el siguiente: veinte v cinco naves gruesas, diez y ocho taridas, doce galeras y entre buzos y galeones ciento; de modo que vinieron a ser ciento y cincuenta leños mayores, sin contar las embarcaciones pequeñas.

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(fol. 32 r "/v " - 33 r")

ANTES de salir, ordenamos el modo cómo la armada debería marchar: primeramente debía ir la nave de En Bovet (en la que iba En Guillermo de Moncada), llevando por faro una linterna, para servir de guía; la de En Carroz debía ir de retaguardia, y por ello, llevar asimismo otro faro o linterna; y finalmente, las galeras debían marchar formando círculo en torno de la armada, cort el objeto de que, si alguna otra quisiera agregarse, topase con ellas. Era un miércoles por la mañana cuando la armada empezó a moverse impelida por la ventolina al terral: tan largo tiempo habíamos estado en tierra, que cualquier viento nos parecía entonces bueno, como nos apartase de ella.

Apenas los de Tarragona y Cambrils divisaron la armada, cuando dieron vela a sus buques; miraban con placer tan bello cuadro los que quedaban en tierra; y Nos mismo gozábamos en contemplarlo, viendo que la mar llegaba a parecer blanca por la multitud de velas que do quiera se descubrían: tan grande era el espacio que la armada ocupaba. Nos nos Cuadro de texto: 109
quedamos en la parte de detrás de la armada, en la galera Monpeller, e hicimos recoger en barcas hasta más de mil hombres que querían seguirnos, y que de otro modo no hubieran podido acompañarnos en aquel viaje.

Habríamos caminado cerca de más de veinte millas de mar cuando mudó el viento en leveche. Al repararlo los cómitres de nuestra galera, de acuerdo con los pilotos, vinieron a nuestra presencia y nos dijeron: —Señor, vuestros naturales somos, y por ello tenemos la obligación de guardar vuestros miembros y vuestro cuerpo, así corno de aconse­jarnos, cuando sea menester, en lo que nosotros entendemos. Este leveche que está reinando no conviene de ningún modo para nosotros, ni para vuestra armada; antes nos es tan contrario, que si continúa, os será del todo imposible tomar el rumbo de Mallorca. Por nuestro consejo, pues, mandad, señor, que dé la vuelta la armada v vuelva a tierra, que más adelante y en breve quizá, os dará Dios buen tiempo para pasar a la isla. —Mas Nos, después de oír tal súplica y consejo, les respondimos: —Eso sí que no lo haremos por nada del mundo: ya habéis visto cuántos se han escapado porque no les probaba el mar; de consiguiente, no hemos de volver a tierra, que si lo hiciéramos, todos aquellos a quienes faltase el valor para acompañarnos, nos desampararían. Nos emprenderemos este viaje confiando en Dios v en busca de aquellos que en él no creen; al buscar a éstos, dos son los objetos que nos mueven, primero: convertirles o destruirles; y luego, volver aquel reino a la fe de nuestro Señor: y pues en su nombre vamos, en él debemos confiar que nos guiará. —Viendo los cómitres de la galera que aquélla era nuestra voluntad, dijeron que por su parte harían cuanto pudiesen; más ya que tanto confiábamos en Dios, en él fiarían asimismo, para que nos guiara.

Llegó entretanto la noche, y en sus primeras horas alcanzó nuestra galera a la nave de En Guillermo de Moncada que llevaba la guía. Al verla, salimos a la linterna y saludábamos a los que iban en ella, preguntándoles qué nave era aquélla, al mismo tiempo que ellos nos preguntaron cuál era la galera. Los de ésta les dijeron que era del rey, a cuya noticia respondieron: —Bien venidos seáis por cien mil veces; —v en seguida manifestaron ya que su nave era la de En Guillermo de Moncada. —Navegando entonces a la vela, pasamos delante de todos, sin embargo de haber salido de los últimos, al partir de Salou; no obstante, el leveche, que duró toda la noche, era el único viento que entonces teníamos; y nuestra galera, así como todas las demás, seguía el viento a toda orza. Íbamos Nos delante de la armada, y a pesar de que el tiempo no variaba, seguimos toda la noche de la misma bordada: dejamos marchar la galera por sí sola, mas al llegar entre la hora de nona v la de vísperas, empezó la mar a embravecerse, a arreciar el viento; y de tal modo creció aquélla, que más de la tercera parte de la galera por la proa se veía cubierta de agua, tal era la furia con que venían las olas, pasando por encima de la embarcación. A pesar de todo esto, recorríamos esa parte de mar; mas al caer de la tarde, antes de ponerse el sol, cesó el viento, y al instante apareció a nuestra vista la isla de Mallorca, distinguiendo a la vez la Palomera, Soller y Almerug.

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(fol. 33 r"/v"-34 r "/v ")

SUPUESTO que divisábamos ya claramente la isla, túvose por conveniente arriar las velas a plano, para lo que nos pidieron permiso, diciéndonos era muy últil, pues podía ser que nos viesen desde tierra. Ninguna dificultad tuvimos en ello y hasta lo mandamos: la mar abonanzó en seguida, y estaban ya para encender la linterna, cuando dieron en la dificultad de que tal luz podrían verla los guardas de Mallorca; más Nos vencimos aquélla aconsejándoles que colgasen a la parte de la isla un pedazo de lona y metiesen detrás la linterna, con lo que conseguirían que los de la montaña no la viesen, al paso que la podría divisar toda la armada. Agradó la idea y se cumplió en seguida; rnas apenas se había puesto por obra, cuando empezamos a divisar ya linternas en todas las naves y en algunas galeras, con lo que conocimos que la armada nos había visto y se iba acercando. Cerca la guardia de prima de esta noche, Llegaron dos galeras; y pidiéndoles nuevas de la armada, dijéronnos que ésta se iba Aproximando con la mayor velocidad: y en efecto, a rnedia noche comenzamos a ver ya entre naves, galeras y taridas como unas treinta o cuarenta embarcaciones. Una bellísima luna nos alumbraba entonces, y se dejaba percibir la ventolina del oeste con la que, dijímosles, que fácilmente podría-mos ir a Pollenza, a cuyo punto se había acordado que arribase la armada. Largamos vela, y al punto los demás que pudieron verla largaron también las suyas: la más suave bonanza nos favorecía; y así marchábamos gozando-del rnejor tiempo, cuando se dejó ver una nube, percibiéndose al mismo tiempo un viento contrario de la parte de Provenza o al N.E. Al divisarla un marinero de la galera, llamado Berenguer Gayran, que era cómitre de la misma, dijo: —No me espanta aquella nube que viene con el viento de Provenza; —y en seguida colocó ya a los marineros en sus correspondien­tes lugares, unos a las drisas, otros en las escotas y otros en las muras; y apenas acababa de ordenar así la galera, cuando llegó el viento tomando por la lua; a cuya novedad empezó a gritar dicho cómitre: —Arría! arría! —y las naves y demás leños que venían en torno de nuestra galera se esforzaron al punto por arriar las velas a plano; mas tanto les costó a los marineros, que con dificultad pudieron conseguirlo, siendo en vano la griteríá que se movió entre ellos al darse las voces, en razón de que el viento llegó de improviso. Por fin logramos tal prevención; mas seguía brava la mar, por chocar con el nuevo viento el leveche que antes reinaba: todas las naves, galeras y demás leños que teníamos entorno y aun los del resto de la armada, sosteníanse ya solamente a palo seco; el viento de Provenza dominaba al otro, aumentando la furia de las olas, y en tal situación quedaron como estáticos todos los de la galera: nadie hablaba, nadie se movía, y sólo el silencio era el que reinaba por todo. Al reparar en tan gran peligro y viendo que ya empezaban a arremolinarse los barcos, entremos gran tristeza, v no tuvimos más recurso para buscar alivio en aquel trance, que dirigirnos a nuestro Señor y a su Santa Madre, haciendo la siguiente oración: —Señor Dios, le dijimos, harto conocemos que ha sido tu mano la que nos ha hecho rey de la tierra y de los bienes que nuestro padre tenía por tu gracia: éste es el primer hecho grande y peligroso que emprendemos; en su éxito hemos querido confiar, ya sea porque desde que nacimos hasta ahora siempre sentimos la fuerza de vuestra ayuda, ya por ver que habéis querido que sirviesen a nuestra mayor honra aquellos mismos que querían contrastar con Nos: así pues, Señor y Creador mío, tened la gracia de ayudarnos en tan gran peligro, y haced que no sufra mengua la hazaña que hemos emprendido, en la que no sería yo sólo quien perdiese, sinó Vos, mayormente si se atiende a que este viaje lo hago sólo por ensalzar la fe que Vos me disteis, y para rebajar y destruir aquéllos que no creen en Vos. Dignaos por ello, Dios poderoso, librarme de este peligro, y haced que mi voluntad se cumpla, ya que la empleo sólo en vuestro servicio. Acordaos que ninguna gracia os he pedido, que no me la hayáis otorgado, mayormente si es para alguno de aquéllos que tienen ánimo de serviros y padecen por Vos; y que yo soy ahora uno de tantos. Y Vos, Madre de Dios escuchadme también. ¡A Vos que sois puente y paso para los pecadores, a Vos os suplico por los siete gozos y los siete dolores que sufristeis por vuestro caro Hijo, que os acordéis de mi, para suplicarle que rne saque de esta pena y del peligro en que nos encontramos yo y todos los que van conmigo!

58*

(fol. 34 v "-35 r")

HECHA tal oración, nos vino a la mente que lo mejor sería que abordásemos a Pollenza, idea que habían tenido ya todos los nobles, barones y marinos que nos acompañaban; preguntábamos a los de nuestra galera si había alguien que hubiese estado en la isla o ciudad de Mallorca, para saber qué puertos había más cercanos a la ciudad por la parte de Cataluña; y respondiéndonos el cómitre Berenguer Gayran que él había estado en aquélla, nos refirió que el punto más cercano era peñón distante de la ciudad tres leguas y por mar veinte millas, el cual era llamado La Dragonera y estaba separado de la tierra firme de Mallorca. Añadió aún más, que en tal punto había un pozo dé agua dulce, de cuya agua habían probado él y otros marineros, una vez que lo visitaron, que no muy lejos había otro islote llamado Pantaleu separado también del indicado punto, y distante de tierra solamente corno un tiro de ballesta. —¿Qué más deseamos. pues?, respondíamos Nos al oír la relación; arribemos allá, donde habiendo agua dulce y buen puerto, refrescaremos los caballos, aunque les pese a los sarracenos, y podremos aguardar bien a la armada. Además, que desde allá podremos preparar mejor nuestros planes y pasar luego a donde mejor nos parezca. —Con esto, mandamos izar vela a fin de aprovechar aquel viento de Provenza que nos favorecía para entrar en tal punto; y no bien la izamos, después de comunicar nuestra galera la orden a las demás para que hiciesen lo mismo y nos siguiesen al puerto de la Palomera, cuando todos los buques izaron también las suyas por haber divisado la nuestra. Viose aquí lo que era la fuerza de la virtud divina, pues con aquel viento que reinaba al emprender el rumbo hacia Mallorca, no pudimos abordar a Pollenza así como se había creído; y lo mismo que creíamos contrario, nos ayudó entonces, pues hasta aquellas embarcaciones que más se habían sotaventado, viaron fácilmente con tal viento hacia la Palomera, donde Nos estábamos, sin que se perdiese ni faltara un leño o barco tan siquiera. El día que entramos en el puerto de la Palomera, era el primer viernes de setiembre; mas el día siguiente, sábado, por la noche, habíamos recobrado ya y teníamos a salvamento todos nuestros leños.

59*

(fol. 35 r "/v ")

EN dicho día enviamos a buscar a nuestros nobles, esto es, a don Nuño, al conde de Ampurias, a En Guillermo de Moncada, y a los demás de nuestro ejército; queriendo asimismo que asistiesen los cómitres de las naves, especialmente aquellos que tenían fama de más inteligentes. Lo que en tal reunión se deliberó fue: que enviásemos a don Nuño en una galera, que era suya, y a En Raimundo de Moncada en la de Tortosa, para que fuesen costeando en ademán de ir contra


 

Mallorca; y que donde creyesen que mejor podían fondear la armada, que allí lo haríamos. El primer lugar que hallaron propio para nuestro objeto, fue uno llamado Santa Ponza, en el cual había una colina cerca de la mar, ocupada la cual, aunque no fuese más que por quinientos hombres, no se perdería ya tan fácilmente, antes al contrario, por tal medio podía arribar con toda seguridad nuestra armada. Así fue como se hizo, después de haber hecho descanso el domingo en el islote de Pantaleu, y durante cuya permanencia allí, corno a mediodía, vino a encontrarnos pasando a nado, un sarraceno, llamado Alí, de la Palomera, quien nos refirió infinitas nuevas de la isla, del rey v de la ciudad. Con esto, mandamos que sobre media noche levasen anclas las galeras, y que nadie absolutamente diese el grito ¡ayoz! si sólo que en lugar de esta señal, diesen con un palo en la proa de las taridas y de las galeras al zarpar; pues era inútil el áncora allí donde tan buen puerto había. Esta disposición se tomó, porque en la playa de enfrente había como unos cinco mil sarracenos, con doscientos de a caballo, que tenían paradas sus tiendas; mas tan bien lo comprendieron los nuestros que, a media noche hubiérase podido asegurar que no había acaso un hombre siquiera que hablase en toda la hueste. De las doce galeras que llevábamos, cada una remolcaba una tarida, y así fue como éstas y toda la gente fueron introducidas en el puerto, sin que se percibiera apenas. Oyéronlo, sin embargo, los sarracenos y alborotáronse; pero conocido por los que conducían las taridas, cesaron de remar y quedaron quietos a fin de prestar atención. Entretanto fueron entrando lentamente las taridas en el puerto; mas al cabo, empezaron a gritar los sarracenos levantando la voz con fuerza y por largo rato, lo que nos hizo creer que nos habían descubierto de improviso. Oyendo tales gritos, gritábamos también nosotros al azar: los sarracenos empezaron a correr a pie y a caballo por el campo, y mientras mirábamos en qué punto podríamos tomar tierra, diéronse tal prisa nuestras doce galeras y doce taridas, que llegaron a la playa antes que los sarracenos pudiesen impedirlo.

60*

(fol. 35 v ° - 36 r "/v ")

Los primeros que saltaron en tierra fueron don Nuño y En Raimundo de Moncada, los templarios, En Bernardo de Santa Eugenia y En Gilberto de Cruilles, quienes ganaron la mano a los sarracenos, tomando aquella colina cercana a la mar con la ayuda de setecientos peones cristianos. Llevaban los nuestros además como cincuenta de a caballo, frente los cuales los sarracenos se alienaron en batalla, formando éstos en todo un número como de cinco mil hombres de a pie y doscientos caballos. Pasó a explorarles Raimundo de Moncada, quien se adelantó solo y con precaución de que nadie le siguiera, hasta que estuvo muy cerca de ellos, en cuya ocasión Llamó a los nuestros, gritando luego al verles ya próximos: —Acuchillémosles, que nada valen. —Con esto corrió dicho Moncada ante todos contra los moros, y faltaría sólo la distancia de unas cuatro hastas de lanza para que los cristianos les alcanzaran, cuando aquéllos volvieron las espadas y huyeron. Siguiéronles los nuestros sin abandonar su intento, y fue el resultado, que murieron de los sarracenos más de mil quinientos, en razón de que ninguno quería dejarse prender; finido lo cual, volvieron los nuestros a la orilla del mar. Saltábamos Nos a tierra entonces, y apenas lo hicimos, cuando nos presentaron ya ensillado nuestro caballo, mientras que de una tarida nuestra desembarcaban los caballeros de Aragón. Al verles, esclamamos: —¡Sentimos a fe que se haya vencido la primera batalla de Mallorca, sin haber Nos estado! pero, caballeros, ¿hay de entre vosotros quien quiera seguirme? —La respuesta fue seguir todos los que se hallaban preparados, llegando a formar como unos veinte y cinco hombres. Con ellos salimos trotando v a galope hacia el punto en que se había dado la batalla, donde vimos colocados en una sierra de tres a cuatrocientos peones sarracenos. Al vernos ellos, bajaron de la sierra al punto, para subir a otra; mas conociendo su intento uno de los caballeros de Ahe, que son naturales de Tahuste, aconsejaron que si nos dábamos prisa podríamos alcanzarlos aún; lo que hicimos, en efecto, adelantándonos con cuatro o cinco, mientras que los demás caballeros seguían detrás matando y derribando moros por do quier que los encontraban. Nos, con tres de los caballeros que nos acompañaban, dimos con uno armado que iba a pie y llevaba embrazado el escudo, la lanza empuñada, la espada en el cinto, la cabeza cubierta con un yelmo zaragozano y su correspondiente perpunte. Al verle, dijímosle que se parase; mas él volvióse hacia Nos, levantando su lanzón v aún en ademán de hablarnos. Entonces fue cuando Nos dijimos a nuestros caballeros: —Barones, mucho sirven los caballos en esta tierra, y aún cuando uno no lleva más que uno, vale aquí cada caballo por veinte sarracenos: yo os probaré esta verdad, cuando veáis cómo les mate, lo que conseguiremos, así que veamos uno, poniéndonos en torno a él: tan pronto como el moro enristre la lanza contra alguno, entonces otro de nuestra comitiva procurará herirle por la espalda y derribarle, y así, siguiendo en círculo, se logrará que ninguno de nosotros reciba daño. —Dicho esto, preparándonos todos para llevar a cabo el plan; salió don Pero Lobera y embistió al sarraceno, quien al verle venir, le apuntó la lanza hiriendo de tal modo en el pecho de su caballo, que sin duda le clavaría aquélla al menos media braza: a pesar de esto, el caballo de don Pero dio con el pecho tan recio golpe contra el moro, que le derribó, y este iba ya a levantarse y ponía mano a la espada, cuando Nos fuimos sobre él; dijímosle que se entregara, pero antes quiso morir, y de tal modo era tenaz, que cada vez que se le decía: —Ríndete! —respondía le!, que significa no. Sin éste, murieron aún como unos ochenta, después de lo que, nos volvimos a donde estaba nuestra hueste.

61*

(fol. 36 v "-37r")

AL llegar, que sería de la tarde, saliónos a recibir En Guillermo de Moncada, acompañado de En Raimundo de Moncada y otros caballeros. Al verles, quisimos descabalgar. e ir a pie hasta donde nos esperaban; mas no bien estuvimos cerca de En Guillermo, cuando observamos que éste se sonreía, de lo que nos alegramos sobremanera, pues temíamos no nos culpase por lo que habíamos hecho, y su sonrisa en tal momento bastó para que entre Nos calculásemos ya que no había de ser tan amarga la inculpación como pensábamos. —Qué habéis hecho?, nos dijo ante todo Raimundo de Moncada; ¡no sabéis cuan fácilmente vos y todos los vuestros podíais hoy perecer!, pues si por desgracia llegáis a perderos en este hecho, como aún ahora mismo podía ser que os perdieseis, por perdida podía darse va también la hueste y cuanto hasta ahora hicimos. sin que para llevar a cabo nuestra empresa hubiese jamás hombre capaz de ello. —Raimundo, interrum­pió En Guillermo de Moncada, cierto es que el rey ha andado indiscreto, mas con ello hemos podido conocer lo esperto que es en achaque de armas y hazañas, atendido lo que, no es estraño ya que se mostrara tan aburrido, al ver que no podía ir a la batalla. Señor, continuó en seguida, dirigiéndose a Nos, confesad vuestra indiscreción, pues que de vos pendía nuestra vida o muerte; mas consolaos al mismo tiempo con la idea de que basta el haber puesto de nuevo los pies en tierra, para poderos llamar rey de Mallorca; que aun cuando murieseis. bastaría esto sólo para que se os tuviera como el mejor hombre, y que aun cuando os vierais postrado en cama, nadie podría quitaros ya esta tierra, que vuestra es. —Aquí volvió a replicar Raimundo de Moncada, diciéndonos: —Lo más conveniente sería ahora, señor, que tomaseis nuestro consejo, a saber, que esta noche os procuraseis guardar. pues mayor peligro corréis en la de hoy, que en todo el tiempo que permanezcáis en esta tierra; y si he de decir mi parecer, creo que lo mejor sería vigilar, pues si les diésemos tiempo de sorprendernos, de nada nos serviría ya cuanto hemos adelantado.

—Vosotros que sabéis más que yo, dijimos Nos, resolved lo que mejor os parezca, y cuanto resolviereis, Nos lo haremos de buena gana. —Pues hacer armar cien caballos esta noche. respondieron; y que avancen todo lo posible las atalayas, a fin de que tenga tiempo de armarse la hueste, antes que llegue el enemigo. —Muy bien decís, contestamos:—mas acordándonos entonces de que aún no habíamos comido, añadimos: —Dejadnos corner antes, y luego enviaremos mensaje a los ricoshombres para que cada uno haga armar la tercera parte de su compañía, y envíen algunos peones por de fuera con el objeto de escuchar y hacérnoslo saber luego que algo sepan. —Así lo hicimos: después de haber comido enviamos nuestros porteros a cada uno de los ricoshombres con la orden, mas no fue posible que enviaran a nadie adonde les decíamos, pues todas las compañías, hombres y caballos estaban atropellados. tanto por el mareo, como por la batalla que se había dado; Nos, sin embargo, nos dormimos confiado, por pensar que sin dificultad hubieran cumplido.

Nuestras naves, entretanto, con trescientos caballeros v sus correspondientes caballos que llevaban a bordo, llegaron al cabo de la Porrasa, desde donde, durante la noche, descubrieron la hueste del rev de Mallorca que se estendía por la sierra del puerto de Portupí. Don Ladrón, ricohombre aragonés que había venido con Nos, no pudo menos de hacernos saber tal noticia, y al efecto mandó, de acuerdo con los caballeros que llevaba en su nave, que se nos enviase inmedia­tamente una barca, v se nos dijera que estuviésemos prevenido, porque el rey de Mallorca con su ejército se hallaba en la sierra del puerto de Portupí, donde tenía armadas sus tiendas. Llegó a Nos tal mensaje sobre media noche, entrado ya el miércoles, y al punto lo tramitimos a En Guillermo de Moncada, a don Nuño y a los demás ricoshombres del ejército. Con todo. no nos levantamos hasta rayar el alba, en cuya hora se levantaron también todos los demás: oímos nuestra misa en nuestra tienda, y en ella hizo el obispo de Barcelona el siguiente sermón:

62*

(fol. 3? r "/v ")

—BARONES: no es ésta la ocasión más propia para entretenernos en un sermón largo, pues que ni tiempo tuviera para ello; sólo debo deciros, que esta hazaña en que figuran el rey nuestro señor v vosotros, es sólo obra de Dios, no nuestra; y con esto haced cuenta que los que en ella murieren, morirán por nuestro Señor y alcanzarán el paraíso, donde han de tener gloria perdurable; asimismo los que quedaren con vida tendrán para ésta gloria y prez y lograrán buena muerte en su fin. Ánimo por Dios, barones, que la única idea que guía al rey nuestro señor, a nos v a vosotros, es destruir a aquellos que reniegen del nombre de Jesucristo. Todos debéis v podéis pensar que Dios y su Madre no se apartarán de nuestro lado en tal día, antes nos darán la victoria: v debéis estar íntimamente convencidos, de que todo lo venceremos hoy; hoy, sí, que es el día señalado para dar la batalla. Animo, pues, repito. y alegraos, que vamos con señor natural bueno, sobre el cual, así como sobre vosotros, vela Dios, que es el que nos ha de ayudar. —Con tales palabras dio fin a su sermón el obispo.

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(fol. 25 r "/v ")

ACABADA la misa, En Guillermo de Moncada comulgó; mas Nos y la mayor parte de los nuestros no lo hicimos, porque comulgamos ya antes de entrar en la mar. Estaba En Guillermo para tal acto puesto de hinojos en tierra; y mientras recibía el cuerpo de su Criador, lloraba y las lágrimas le corrían por el rostro. Hecho esto, discutióse sobre quién debía llevar la delantera, a lo que dijo En Guillermo de Moncada: —Vos la podréis llevar, En Nuño. — Contestóle éste: —Antes os toca a vos. —En Nuño, dijo entonces En Raimundo de Moncada, ya conocemos por qué decís v hacéis esto; sin duda que veis venir las cuchilladas de los sarracenos que se albergan en la Porrasa. —Vaya, vaya!, replicó Guillermo de Montada; sea lo que fuere. —Es de saber que éste v Raimundo de Moncada habían tratado va que Nos esperásemos hasta que ellos hubiesen dado principio a la batalla, mas a tal sazón llegó un hombre de los nuestros y nos dijo: —Ved, señor, que todos los peones marchan ya, y se separan de la hueste con ánimo de irse. —Al oír esto, cabalgamos en un rocín y En Rocafort vino con Nos; mas no teniendo el caballo, porque aún se lo guardaban en la nave, tomó una yegua que por allí había, v en tal disposición nos marchamos ambos. Pronto dimos con nuestros sirvientes, quienes iban en número de cuatro a cinco mil, y apenas les divisamos, cuando nos pusimos a gritar: —Traidores!, adónde vais por aquí? No veis que si salen unos cuantos caballeros os van a matar a todos? —Conmovidos con tan justas razones, se pasaron y dijeron: —Verdad es cuanto el rey dice, pues vamos como si fuésemos orates. —Con esto, les entretuvimos hasta que llegaron En Guillermo de Moncada, En Raimundo v el conde de Ampurias con los demás de su linaje. Al verles, les dijimos: —Aquí tenéis a los sirvientes que querían marcharse y a los cuales hemos detenido. —Respondiéronnos: —Muy bien hicisteis; —v luego de habérselos entregado, marcháronse con ellos. Al cabo de un rato percibimos gran ruido, lo que enviamos a noticiar por un trotero a don Nuño, a fin de que apresurase lo posible su venida, pues temíamos de seguro que los nuestros no hubiesen ya dado con los sarracenos. El trotero no compareció por más que le esperamos, y viendo que se pasaba tanto tiempo, dijimos a Rocafort: —Id allá, dadles prisa, y decid a don Nuño que mal haya su tardanza; que no vale tanto su comida como el daño que podría habernos hecho, y que no conviene vaya la vanguardia tan lejos de la retaguardia, que la una no vea a la otra. —Señor, estáis aquí solo, respondiónos Rocafort, y esto basta que no me aparte de vos por nada del mundo. —Santa María!, esclamamos Nos mientras nos daba tal repuesta; pues ¿cómo don Nuño y los caballeros tardan tanto? ¡En verdad que no se portan corno deben! —Apenas acabamos de hablar, cuando oímos gran ruido de golpes y gritería, lo que nos hizo esclamar de nuevo diciendo: —¡Ah, Santa María, ayuda a los nuestros, que según parece, han dado ya con los enemigos! —A tal sazón llegó don Nuño y Beltrán de Naya con él; y Lope Giménez de Luciá v don Pero Pomar con toda su compañía, y En Dalmacio y En Jazperto de Barberá, quienes nos preguntaron admirados, cómo estábamos allí. —Estamos aquí, les respondimos, por causa de los peones que he tenido que detener; pero démonos prisa, por Dios, señores. pues parece que los nuestros han empezado ya el choque. —No lleváis cota, señor?, díjonos Beltrán de Naya. —No la tenemos aquí, le respondimos. —Pues tomad ésta, —nos dijo; y dándonos la suya, nos la vestimos, así como nuestro perpunte, y nos marchamos en seguida; dando órdenes, mientras íbamos atándonos la capellina a la cabeza, para que se enviara un mensaje a don Pero Cornel, a don Gimeno de Urrea y a En Oliver. con el objeto de darles prisa, en razón de haberse empezado ya la batalla.

64*

(fol. 38 v ° - 39 r ")

LLEGADOS al lugar del choque, encontramos a un caballero a quien pedirnos nos esplicara de qué modo había tenido lugar el suceso y qué había sido de los nuestros. —El conde de Ampurias, nos contestó, y los del Templo acometieron a los de las tiendas, y En Guillermo de Moncada y En Raimundo a los de la izquierda. —Y nada más sabéis?, le dijimos Nos. —Solamente que tres veces han vencido los cristianos a los sarracenos, y tres veces los sarracenos a los cristianos. —Y ahora, dónde se hallan? —En aquella tierra —nos dijo. Y habiéndonosla señalado, nos fuimos. Encontramos por el camino a Guillermo de Mediona, de quien decían que no había en todo Cataluña otro mejor que justar, siendo además buen caballero, el cual se retiraba de la batalla, llevando ensangrentado todo el labio inferior. —Guillermo de Mediona, dijímosle al verle en tal estado, ¿cómo os salís de la batalla? —Porque estoy herido— nos respondió; y de tal respuesta habíamos llegado a creer que la herida de que nos hablaba fuese mortal o la tuviera en otra parte del cuerpo; mas preguntándole para que nos dijera claramente dónde estaba herido, nos contestó que sólo en la boca, de una pedrada que le habían arrojado. —Al oír esto, tomamos su caballo de la riendas y dijimos al jinete: —Volveos a la batalla, que un buen caballero por semejante golpe no debe acobardarse, ni menos abandonar la lucha. —Volvióse Guillermo, y Nos estuvimos contemplándole largo rato, mas al fin lo perdimos de vista.Al llegar al estremo de la sierra, no venían ya en nuestra compañía más que doce caballeros; v entonces la señera de don Nuño con Roldan Lay que la guardaba y sire Guilleumes, hijo del rey de Navarra, junto con unos setenta caballeros pasaron delante de Nos. En lo alto de la sierra, donde estaban los sarracenos, había gran multitud de peones, y con ellos se veía una señera partida a lo largo de rojo y blanco, teniendo clavada en el hierro de su lanza una cabeza humana o acaso imitada de madera. AI verlo, dijimos: —Don Nuño, subamos a la sierra con esta compañía que pasa, sino van a vencerla, pues va desbandada, y compañía que se desbanda en batalla, pronto es vencida. —No bien oyeron estas razones don Pero Pomar y Ruy Giménez de Luciá, cogiendo las riendas de nuestro caballo y tirándolas con gran fuerza, nos dijeron: —Hoy nos mataréis a todos, y vuestra impaciencia nos llevará a mal fin. —Basta, basta, dijimos Nos entonces, que no soy león ni leopardo para que así me pongáis freno; mas ya que tanto os emperráis en que me detenga, me detendré; pero quiera Dios que no resulte en mal vuestro el haberme detenido.

65*

(fol. 39 r ")

ESTANDO en estas razones, llegó Jazperto de Barberá, y dijo a don Nuño que le siguiera. —Voy a hacerlo, —respondió don Nuño; y Nos añadimos: —Pues va a la batalla En Jazperto, también puedo ir yo. —Cómo! Vos?, replicó don Nuño; cierto que ya os ha pregonado todo el mundo león de armas, mas pensad que en la batalla puede haber acaso otro león igual.—No había tenido aún Jazperto tiempo de juntarse con aquellos setenta caballeros, cuando los moros, moviendo gran gritería, empezaron a arrojar piedras, avanzando algún tanto del lugar en que estaban. Al verlo los que guardaban la señera de don Nuño, retrocedieron inmediatarnente, aunque sin inmutarse, como un tiro de piedra largo hacia Nos; en cuya ocasión salieron algunas voces que dijeron: —¡Vergüenza! —Los sarracenos, sin embargo, no les siguieron y los nuestros se pararon; mas llegando a tal sazón nuestra señera y meznada con cerca de cien caballeros o más que la escoltaban, gritaron éstos —Ea! Ved aquí la señera del rey!— Bajamos entonces de la colina y nos reunimos con el pelotón que circuía la señera, emprendiendo de nuevo la subida todos juntos. Así que nos vieron los moros, echaron a correr; más de dos mil sarracenos iban delante de Nos a pie huyendo, pero no pudimos alcanzarlos ni Nos ni los demás caballeros, en razón de hallarse va en estremo fatigados los caballos, y hasta los mismos jinetes. Concluida la batalla, fuimos bajando la colina, y al hacerlo, acercóse don Nuño y nos dijo: —Buen día nos ha llegado a Vos y a nos, pues todo es nuestro por haber vencido vos esta batalla.

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(fol. 39 r"/ v")

PASADAS tales razones, dijimos a don Nuño: —Sé que el rey de Mallorca está en la montaña; de consiguiente, lo mejor sería que nos dirigiésemos a la villa, adonde él no podrá llegar antes que nosotros. Si ahora queréis .verle, mirad donde hay aquel pelotón, y le veréis vestido todo de blanco. Mucho alcanzarernos, don Nuño, como le distraigamos de la villa.—Y dejábamos ya la colina para entrar en el llano, cuando se nos presentó En Raimundo Alamañ y nos dijo: —Señor, podremos saber qué resolvéis? —Marchar a la villa, le respondimos, para impedir al rey que vuelva a ella. —Estoy viendo, replicó, que vais a hacer lo que ningún rey hace después de vencer una batalla, pues allí donde se venciere es preciso pasar la noche para saber qué es lo que gana o pierde. —Sabed, Raimundo Alamañ, que lo que Nos decimos es lo que conviene. —Dicho esto, nos fuimos bajando por la cuesta dirigiéndonos paso a paso hacia el camino de la villa; y habríamos andado como una milla a lo más, cuando se nos acercó el obispo de Barcelona, diciéndonos: —Señor, por amor de Dios no llevéis tanta prisa! —Porqué no, obispo? Cuanto más pronto despachemos, mejor. —Es que tengo que hablaros: —continuó el obispo; y llevándonos a un lado del camino, nos dijo: —Ah. señor!, acabáis de sufrir una pérdida mayor de lo que os podéis figurar: Guillermo y Raimundo de Moncada han muerto! —Qué decís!, muertos son? —le dijimos, y al punto echamos a llorar: lo que conviene es sacar del campo los cadáveres cuanto antes. —Está bien. —Esperadnos, le dijimos por último, que Nos cuidaremos de ello.

67*

(fol. 39 v °/ 40 r")

FL-1_yios entonces pausadamente hacia la sierra de Portupí, desde donde vimos a Mallorca, cuya villa nos pareció a Nos v a cuantos con Nos venían la más hermosa de cuantas hubiésemos visto. En tal punto encontrarnos va a don Pelegrín de Atrosillo. y preguntándole si había por allí agua, a fin de podernos acampar aquella noche, nos contestó que sí. aña­diendo, en prueba de ello, que él mismo había visto entrar al viejo con veinte de a caballo que abrevaron sus caballerías, a quienes él no se había atrevido a embestir por llevar solamente cuatro soldados en su compañía. Con tal noticia pro-seguimos adelante hasta que encontrarnos el agua, y Nos acampamos allí por aquella noche. —Como hay Dios que tengo hambre. dijimos a don Nuño, pues no he comido hoy. —Señor, nos respondió, creo que En Oliver tiene va parada su tienda v ha arreglado comida: allí podréis desayunaros. —Vamos donde quieras. le dijimos —y llegando a la dicha tienda, nos pusimos a comer. Viendo don Nuño que ya había anochecido cuando nos levantarnos de la mesa, nos dijo: —Señor. ya que habéis comido, bueno sería que fueseis a ver a En Guillermo de Moncada y a En Raimundo. —Respondímosle que era bien pensado; y mandando encender varias antorchas y velas, nos fuimos ante todo en busca de En Guillermo, a quien encontramos tendido en tierra sobre un almadraque y tapado con una cubierta. Largo rato nos estuvimos llo­rando sobre su cuerpo; lloramos no menos sobre el de Raimundo, y luego nos volvimos a la tienda de En Oliver. donde dormimos toda la noche y hasta que amaneció.

Entrada la mañana, nos aconsejaron que mudásemos de lugar; mas teniendo intención de probar el modo como me­jor sentaríamos el campamento, lo pusimos por obra, después de vestirnos la loriga y el perpunte, colocando a un lado de la azequia a los catalanes, y al otro a los aragoneses. Tan reducido espacio ocupaba el campamento. que nadie hu­biera dicho se abrigasen en él más allá de cien caballeros, v de tal manera estaban entrelazadas unas con otras las cuer­das que lo ceñían, que por espacio de ocho días apenas hubo en la hueste quien pudiera mudar de lugar.

68*

(1 1. 40 r"/v")

POR la mañana. asentado ya el campamento, reuniéronse los obispos y los nobles y vinieron a nuestra tienda, en cuya entrevista el obispo de Barcelona, Berenguer de Palou.. nos hizo la siguiente observación: —Señor, convendrá que demos sepultura a esos cuerpos muertos. —Tenéis razón, le respondimos. —¿Y cuándo queréis que lo hagamos?, continuó. —Aho­ra mismo, o mañana por la mañana, contestaron algunos, o sino después de corner. —Valdrá más mañana por la ma­naña, dijimos Nos; pues así los sarracenos no lo verán. —Bien pensado. respondieron los nobles; v así, cuando estuvo ya puesto el sol, mandarnos traer algunas telas anchas y largas v las hicimos colgar a la parte de la villa, a fin de que los que había en ésta no viesen el resplandor de nuestras luces cuando hiciésemos el entierro. Al dar sepultura a lo ca­dáveres, todos los de la comitiva echaron a llorar gritando. y lamentándose de tal desgracia; mas observado por Nos, mandámosles que callasen v escuchasen cierta cosa que queríamos decirles, v habido por ello silencio, les hablamos de esta manera: —Barones, estos ricoshornbres que veis aquí muertos han perecido en servicio de Dios y nuestro. Si nos fue-se posible recobrarlos, de manera que pudiésemos volverlos a la vida, tanto daríamos de lo nuestro y de nuestras tierras para que Dios nos otorgara esta gracia, que a buen seguro por loco nos habían de tomar cuantos supieran lo que ofre­ceríamos. Pero ya que ha sido voluntad de Dios el que Nos y vosotros le prestáramos un servicio tan señalado, por los mismo no conviene mostrar aquí sentimiento ni derramar lágrimas: cierto es que el pesar es grande, mas ninguna ne­cesidad hay de que lo sepan los que pueden oírlo desde afuera: en fuerza, pues, del señorío que tenemos sobre vosotros, mandamos que ninguno se atreva a llorar ni a gemir, que aún cuando perezcan con aquéllos las ocasiones en que hu­bieran podido haceros bien, Nos las sabremos suplir, otorgándoos lo que fuese menester. Si alguno de vosotros perdiese el caballo u otra cosa, venga a Nos, y se lo enmendaremos cumplidamente, sin que por esto os hagan falta vuestros se-ñores en lo más mínimo: de tal guisa serán los beneficios que os hagamos, y cuyo valor fácilmente podréis conocer. Ved, con esto, que vuestro llanto ahora sólo servira para desmayar al ejército, y que éste sería el único provecho que sacaríais: así pues, os mandamos por la naturaleza que sobre vosotros tenemos, que ceséis de llorar: el mejor sentimiento que en tal ocasión puede mostrarse será que Nos con vosotros y vosotros con Nos nos lamentemos de tal pérdida, pero sirviendo debidamente a nuestro Señor en la empresa que hemos acometido, a fin de que su nombre sea en todos tiempos santificado. —Al oír tales palabras, procuraron todos disimular el llanto, aparentando serenidad, y pasaron en seguida a sepultar los cadáveres.

69*

(fol. 40 v" - 41 r"/v")

OTRO día por la mañana reunimos nuestro consejo con los obispos y nobles de la hueste, a fin de resolver la descarga de los buques que estaban atracados. Enviamos a tal objeto un trabuquete y un mandrón, para que se protegiera así el desembarque; mas apenas observaron los sarracenos que arrastrábamos a tierra las embarcaciones, diéronse también prisa en levantar luego dos trabuquetes y algunas algaradas. En vista de tal novedad, los cómitres y pilotos de las naves de Marsella, que no serían más allá de cuatro o cinco, vinieron a nuestra presencia y nos dijeron: —Señor, ya sabéis que hemos venido en vuestra ayuda para servir a Dios y a Vos: por esto, pues, los hombres de Marsella que aquí estamos, nos brindamos a fabricar ahora mismo un trabuquete, con las entenas y demás maderaje de las naves, lo cual ha de ser en gran provecho de Dios y vuestro. —Así lo hicieron; y de modo se dieron prisa, que antes que los sarracenos tuviesen arreglados los suyos, tuvimos ya nosotros armados nuestros trabuquetes y el fundíbulo. Cuando lo estuvieron todos los ingenios, hubo por nuestra parte, dos trabuquetes, un fundíbulo y un mangano; y por la de los sarracenos, dos trabu­quetes, catorce algaradas, y entre éstas una, la mejor que llegaba a sobrepasar casi de cinco a seis tiendas, penetrando por dentro la hueste: sin embargo, el trabuquete que trajimos en la armada era superior a aquéllas, y alcanzaba mucho más lejos que el mejor ingenio de los contrarios. Empezaron los nuestros a tirar contra los de la villa, mas viendo la prisa que se daban los sarracenos, ofrecióse En Jazperto de Barberá a dirigir la fabricación de un mantelete, con el cual podría irse hasta la obra del foso, pesar de los ingenios y de las ballestas de los de dentro. Y en efecto, hízose de forma dicho mantelete, que andaba en ruedas v estaba cubierto con tres órdenes de tablas recias y de buena madera. Empezó a moverse desde el punto donde había los trabuquetes, dándole empuje a fuerza de palancas; y presentaba un aspecto tal, como si fuese una casa de las que se cubren con tablas; teniendo sobre la madera una capa hecha de rama, y sobre ésta otra de tierra, a fin de que ningún daño pudiesen hacerle las piedras de las algaradas. El conde de Ampurias mandó hacer otro mantelete, que fue acercando al foso, y puso dentro de él una compañía y minadores para que penetrasen por la tierra y viniesen a salir al mismo pie del foso; Nos hicimos lo propio con otra compañía nuestra y dando principio con esto a las tres cavas, tuvimos, que mientras el mantelete de En Jazperto avanzaba a flor de tierra los otros dos iban minando por debajo.

En vista de tan favorables adelantos, la hueste se dio por muy contenta; y bien puede decirse que nadie en el mundo ha visto jamás unos soldados como los nuestros, que tan exactamente cumpliesen lo que les predicaba cierto fraile predicador, doctor en teología y llamado fray Miguel, el cual iba con la hueste, acompañado de otro fraile llamado fray Berenguer de Castellbisbal. Cuando les perdonaba los pecados, para lo cual tenía poder de los obispos, si les decía que era preciso traer piedras o maderas de un lugar a otro, brindábanse a ello los caballeros, sin esperar que lo hicieran los peones; a todo daban mano; y hasta delante de sí, sobre las sillas de sus mismos caballos, llegaron a trasportar las piedras que eran necesarias para los fundíbulos y trabuquetes, empleando asimismo en tal trabajo a todos sus servido-res: otros para llevar piedras a los trabuquetes arreglaban con cuerdas y maderas ciertos avíos a manera de parihuelas; y cuando les mandábamos que fuesen a velar de noche los ingenios con los caballos armados, o a guardar de día a los minadores, o a desempeñar cualquier otro oficio de la hueste, si les maridábamos que fuesen cincuenta, iban ciento. Y para que sepan los que este libro leyeren, cuan costoso fue este hecho de armas de Mallorca, baste decir de una vez, que por espacio de tres semanas no hubo peón, ni marinero, ni ningún otro que quisiese dormir con Nos en el campa-mento: sólo Nos, los caballeros y los escuderos que nos servían éramos los únicos que dormíamos allí, que los demás hombres de a pie y los marineros, lo único que hacían era venir muy de mañana, dejando los barcos donde habían pasado la noche; siendo uno de los que esto hacían el ya citado pavorde de Tarragona. Eso sí, de día estaban con Nos y al llegar la noche, se recogían en la mar; por cuya razón hicimos abrir un foso en torno de la hueste y levantar una empalizada, la cual tenía solamente dos puertas, por las que nadie podía salir sin espreso mandato de Nos.

70*

(fol. 41 v" - 42 r")

SIN embargo tales prevenciones, sucedió aún lo que no esperábamos: un sarraceno de la isla, que tenía por nombre Ifantilla, reunió todos los de la montaña, que serían como cinco mil hombres, inclusos ciento de a caballo, y colocándose en una colina muy fuerte, que hay sobre la fuente de Mallorca, paró allí sus tiendas en número de treinta a treinta y cinco y quizás cuarenta, desde donde, enviando sus sarracenos con azadones, desvió el agua de la fuente que iba a la villa, y la dejó correr por el torrente abajo, de manera que no podíamos contar va más con ella. Viendo que tal privación había de ser trascendental para la hueste, resolvimos que partieran allá uno o dos cabos con trescientos caballeros, para que los combatiesen y recobrasen el agua; nombramos jefe de tal compañía a don Nuño, quien se dispuso luego a cumplir; y después de reunidos trescientos caballeros, entre suyos y los que los demás ofrecieron, marchó hacia la colina, cuya posición, al parecer, trataban de defender los sarracenos. Pero no bien llegaron los nuestros, cuando cantaron ya victoria, posesionándose de la colina, y lo que es más, alcanzando a Ifantilla, a quien dieron muerte, pereciendo a par de él quinientos de los suyos, y viéndose obligados los demás a huir a la montaña. Apoderándose de todas sus tiendas, saquearon enteramente su campamento, y por fin, nos trajeron al nuestro la cabeza de Ifantilla, la cual mandamos poner en la honda del mandrón v arrojar en seguida dentro de la plaza. Con esto conseguimos de nuevo el agua que nos habían quitado, y de ello tuvo grande alegría nuestra hueste, pues hubiera sido mucho el estorbo que tal falta nos hubiese ocasionado.

71*

(fol. 42 r"/v")

PASADO esto, un sarraceno de la isla, llamado Bean Abet, enviónos mensaje por otro sarraceno, el cual nos trajo una carta de aquél, en la que nos decía, que, si quisiésemos, vendría a Nos para hacernos un servicio, tanto, que él y los habitantes de una de las doce partidas en que estaba dividida la isla, nos traerían para la hueste cuanto les fuese posible: añadiendo aún más, que estaba seguro de que imitarían su ejemplo otros muchos, como supieran que Nos le diésemos a 61 buen tratamiento. Consultámoslo con los nobles de la hueste, y acordado unánimemente, mandónos decir el sarraceno que enviásemos algunos caballeros a cierto lugar seguro, distante de la hueste como una legua, donde nos prestaría homenaje para servirnos fielmente y sin engaño, de modo que, desde entonces, podíamos contar ya con el gran servicio que nos prestaría. Al efecto enviamos veinte caballeros, quienes le encontraron en el lugar señalado con el presente ofrecido, el cual consistía en veinte caballerías cargadas de avena, cabritos, gallinas y uvas, siendo singular el modo como conducían éstas, pues las llevaban en sacos, y sin embargo salían enteras, y sin estar machacadas. Tal fue el regalo, que partimos con todos los nobles de la hueste, y que nos trajo aquel ángel de Dios; y no se estrañe que así le tratemos, aún cuando era sarraceno; pues nos sacó de tal apuro, que por ángel le tomamos, y sólo a un ángel le podemos comparar. Lo primero que hizo al llegar, fue pedirnos que le prestásemos un pendón, nuestro, con el objeto de que, si viniesen mensajeros suyos a la hueste, los nuestros no los maltratasen. Consentimos en ello, v a poco enviónos ya otros mensajes, para decirnos que dos o tres partidas más querían imitar su ejemplo, y que así contásemos ya en que no se pasaría ninguna semana, sin que nos enviase provisión de avena, harina, gallinas, cabritos y uvas, con lo que reforzaría la hueste. Hízolo como lo prometió; y tal fue el resultado, que antes de quince días todas las partidas de Mallorca que se hallan situadas al otro lado de la ciudad y frente de Menorca, las tuvimos a nuestro servicio y nos prestaron obediencia, por cuyo motivo pusimos toda nuestra confianza en el sarraceno, pues conocimos que era hombre de toda verdad. Una de las cosas que nos pidió, fue que nombrásemos dos bailes cristianos que rigiesen por Nos aquellas partidas que estaban a nuestro servicio; y creyendo su consejo, nombrámoslos en efecto, y fueron los tales, En Berenguer Durfort y En Jaime Sans, ambos de nuestra casa y hombres entendidos en el negocio.

72*

(fol. 42 v" - 43 r")

PARA que sepan los que este libro leyeren cuántas son las partidas que hay en Mallorca, les diremos que son quince: la primera Andraix y las demás Santa Ponza, Buñola, Soller, Almerug y Pollenza, cuyos nombres son los de las montañas que miran a Cataluña. Los de las que se hallan en el llano son Montverí, Canarrossa, Inca, Piedra, Muro y Felanitx donde hay el castillo de Santverí; y además, Manacor y Artá; contándose en el término de la ciudad quince mercados, tres más que antes, pues los sarracenos sólo tenían doce.

Pero volvamos a la relación anterior. Diéronse prisa en adelantar las cavas los que las hacían, por los tres puntos ya citados; de manera que tanto los que trabajaban por encima como los que minaban por debajo, vinieron a salir todos al foso. Acudieron a las cavas los enemigos, mas defendiéndolas bien los nuestros, tanto por encima como por debajo, lograron apartar de tal punto a los sarracenos, no sólo una sino muchísimas veces. Entonces fue cuando los minadores bien prevenidos pasaron con los picos a las torres, y las empezaron a cavar, a pesar de los sarracenos que no podían defenderlas: apuntalaron una de ellas, v cuando fue ocasión, pegaron fuego a los puntales hasta que vino abajo. cuyo trastorno hizo que los sarracenos saliesen a toda prisa. Del mismo modo destruyeron otras tres torres a la vez; mas antes de conseguirlo en la primera, díjonos el pavorde de Tarragona: —Señor, queréis que hagamos una cosa muy convenien-te? —No tenemos dificultad en ello. le respondimos. —Pues e(ntonces, continuó él, lo que debe hacerse es atar una gúmena a los puntales que sostienen la torre; tirarán de ella los que se hallen dentro de la mina v faltándole entonces los estribos, tendrá que venirse abajo precisamente. —Púsose por obra el proyecto; y al arruinarse la torre, cayeron con ella tres sarracenos, de los cuales salieron a apoderarse los que estaban en las minas.

73*

(fol. 43 r ^/v "

VINIERON después de esto dos hombres de Lérida. el uno llamado En Prohet v el otro en Juan Xixó, con otro compañero suyo, y nos dijeron: —Señor, si nos dais permiso, os prometemos cegar todo el foso a fin de que puedan avanzar los caballos armados. —Está bien. les respondimos, pero ¿ya estáis seguros de que pueda conseguirse? —Sí señor, dijeron ellos, con tal que Dios nos ayude y que vos nos hagáis guardar. —Respondímosles que nos placía sobremanera y hasta se lo agradecíamos, de modo que podían ya desde entonces dar principio a su trabajo. para lo que les daríamos la guardia correspondiente. Con esto empezaron a rellenar el foso. v lo hicieron de esta manera: primero entendiendo una capa de leña, v luego esparciendo por encima otra de tierra. Al cabo de quince días que se estaba haciendo tal maniobra v que el foso se iba llenando, los sarracenos ya no podían defenderse, y con ello conocieron los de la hueste cuan poco faltaba para vencer.

Un domingo. nos habíamos vestido y engalanado tal cual, procurando desocuparnos de todos nuestros quehaceres: mientras nos aderezaban la comida que habíamos ordenado, nos entreteníamos en mirar cómo tiraban los ingenios. estando en nuestra compañía el obispo de Barcelona, En Carroz v otros caballeros; cuando advertimos que salía una grande humareda del foso por una cava que los sarracenos habían abierto por debajo de los materiales hacinados. El verlo, pesónos mortalmente, pues mirábamos va como perdido todo nuestro trabajo y como inútil el tiempo que había-mos esperado: tal era la confianza que habíamos tenido de ganar la villa por tal medio, y tal el sentimiento que nos causaba la pérdida de un hecho tan interesante, en menos de una hora. Todos los que estaban con Nos permanecían callados, v Nos mismo estuvimos largo rato meditando, hasta que al fin nos envió Dios el acertado pensamiento de hacer que el agua volviese a correr hacia el foso. Para realizarlo, mandamos armar cien hombres con escudos, lanzas v demás arneses correspondientes, quienes debían ir con azadores y cuidando de que los sarracenos no les viesen, al punto donde el agua tenía menor elevación, y desde allí soltarla. a fin de que, corriendo hacia el foso, lo llenase apagando al mismo tiempo la leña encendida. Llevado a cabo tal pensamiento, consiguióse va que los moros no volviesen a aquel paraje: lo que hicieron fue solamente venir a las minas de debajo que antes hemos citado, v abriendo hacia afuera una en la misma dirección que otra abierta por los nuestros hacia adentro. de manera que por esto, y por ser además aquélla muy baja, vinieron a toparse unos v otros dentro de la misma cava. Al principio los sarracenos rechazaron a los nuestros; mas llegada a Nos la noticia por un mensajero de que los nuestros habían sido echados afuera, enviamos al punto a dicha cava una ballesta de torno, la cual obró de manera, que al primer golpe que dio a dos sarracenos escudados que iban delante, los dejó muertos, partiéndoles los escudos; lo que, visto por los demás, les obligó a abando­nar el puesto. Tal fue el resultado de las cavas que hicieron los sarracenos debajo de tierra al rellenarse el foso.

74*

(fol. 43 v °-44 r")

VIENDO los moros que no podían defenderse, enviáronnos un mensaje diciendo que tenían que hablarnos, y que lo harían, corno les enviásemos de nuestra parte un mensajero. que mereciese de Nos toda confianza. Consultárnoslo con los obispos y nobles de la hueste, v, supuesto que tal concesión no podíamos dejar de hacerla a los enemigos, ya que nos querían hablar, por ser antes bien una cosa muy útil, enviámosles a don Nuño con diez caballeros y con ellos a un judío de Zaragoza llamado Baln Hel, el cual como buen trujamán sabía hablar el algarabía. Al llegar don Nuño, dijéronle los sarracenos qué quería y si tenía que decirles algo; a lo que contestó don Nuño: —Por nada de eso vengo. Lo que hay es que vosotros enviasteis a decir a mi señor, el rev, que enviase aquí un mensajero de su confianza, y por ello me ha escogido a mí; debiendo deciros además, que soy pariente suyo. Para esto, pues, queriendo honraros dema­siado, me ha enviado aquí, siendo mi único objeto el escuchar cuanto tengáis bien decirme. —Respondióle el rey de Mallorca, que nada tenía que decirle, pudiéndose volver de consiguiente; con cuya respuesta don Nuño se volvió a Nos. A tal sazón, mandamos reunir todo nuestro consejo de obispos y nobles, a presencia del cual vino don Nuño, para darnos relación de lo ocurrido; y aún no había dado principio su discurso, cuando empezó a sonreírse; mas observándolo Nos, dijímosle qué motivo tenía para reírse entonces, a cuya pregunta nos contestó don Nuño, que razón le sobraba para ello, pues que el rey de Mallorca nada le había dicho, y sí antes bien preguntado, qué era lo que se le ofrecía. Añadió a tales palabras don Nuño: —Yo le dije que me maravillaba sobremanera de ver que un hombre tan sabio como él, después de haberos enviado un mensaje para que le trasmitieseis un mensajero de vuestra confianza, viniese entonces preguntándome qué era lo que se me ofrecía. A esto tuve por conveniente responderle, que pues había enviado por nos, nada le diríamos si él no hablaba primero. —Esta fue la relación de don Nuño, en vista de la que, dijo nuestro consejo: —Tiempo vendrá, en que él mismo querrá hablarnos de grado, sin que le preguntemos.— Y hecha tal contestación, marchóse cada cual a donde le plugo.

75*

(fol. 44 r "/v ")

ALGÚN tiempo después de habernos separado del consejo, don Pero Cornel, que era uno de los que habían asistido, nos dijo: —Os participo cómo Gil de Alagón. a quien llaman por otro nombre Mahomet, me ha enviado por dos veces un mensaje, diciéndome que quería hablar conmigo. Si vos lo permitís, accederé a su petición, y quién sabe si por tal medio podremos descubrir algo que nos sirva de provecho. —Pláceme, —le respondimos; y marchando en seguida, volvió a comparecer al día siguiente de mañana, diciéndonos todo cuanto le había dicho Gil de Alagón, el cual había sido antes cristiano y caballero, y luego se había hecho sarraceno. Lo que éste le había propuesto era que trataría con el rev de Mallorca y con todos los jeques de la villa de la tierra, para que se nos abonara a Nos y a todos los ricoshombres el gasto que pudiésemos haber hecho en la espedición dejándonos retirar libremente y sin hacernos daño, cuya promesa debíamos estar seguros nos atenderían con toda formalidad. Oídas tales razones, dimos al que nos hablaba la siguiente contestación. —Nos maravillamos de sobremanera, don Pero Cornel, cómo llegáis a hablar siquiera de tal convenio; pues a Dios tenemos hecha promesa, por la fe que nos ha dado y defendemos, de que, aun cuando nos dieran toda la plata que pudiera caber desde aquella montaña hasta donde está la hueste, no otorgaríamos convenio alguno sobre Mallorca, si no ganamos la villa; así como de no volver a Cataluña, si no pasamos primero por aquélla. Por lo mucho que os queremos, pues, os mandamos que nunca jamás os atreváis a hablarnos de tal asunto.

76*

(fol. 44 v "-45 r")

MAS adelante, volviónos a enviar otro mensaje el rey de Mallorca, diciéndonos que le enviásemos a don Nuño y que esta vez le hablaría. Se lo enviamos en efecto, y salió dicho rey a la puerta de Portupí, donde hizo parar una tienda y poner los correspondientes asientos para él y don Nuño. Compareció éste y, hecha suspensión de armas por ambas partes, acercóse el rey de Mallorca y ambos se metieron en la tienda;. llevando consigo el rey por intérpretes a dos de sus jeques, yendo don Nuño acompañado del alfaquí que le servía de trujamán, y quedando afuera los caballeros de don Nuño, los cuales estuvieron juntos con los sarracenos mientras duró la entrevista. El primero que en ésta habló fue don Nuño, el cual preguntó al rey, le dijese el motivo porqué le había enviado a buscar; a lo que contestó éste con las siguientes razones: —Os he mandado a buscar para deciros, que me admira el ver que, sin haber hecho tuerto alguno a vuestro rev, se encone éste conmigo de tal manera, que quiera quitarme el reino que Dios me ha dado. Yo creo que lo mejor que pudiereis hacer sería que le aconsejaseis no quiera despojarme de mis tierras; y si para tal empresa han tenido algunos gastos tanto 61 como los demás nobles de su hueste, yo y mi gente se los abonaremos, no exigiendo por consiguiente más condición, que la de que reembarque con todos los suyos, lo cual podréis efectuar con toda paz y quietud; y en vez de inquietaros con los nuestros, os otorgarán antes bien, si esto hacéis, todo favor y amistad. Vuélvase, pues, el rey, que aun cuando sea grande la suma que hayamos de recoger para satisfacerle, en su poder la tendrá antes de cinco días; y entended al mismo tiempo, que, gracias a Dios, estamos bien abastecidos de armas, víveres y cuanto sea menester para defender la ciudad. Esto no lo pongáis en duda; y para que os convenzáis, si os place, puede vuestro  señor enviar a la ciudad a dos o tres hombres de confianza, los cuales, os lo aseguro con mi cabeza. no recibirán ningún daño ni insulto, y les mostraré claramente los víveres v armas que tenemos, del mismo modo que os digo; y si así no fuere, facultad tenga vuestro señor para desentenderse del convenio que os hablo. Además: conviene que sepáis, que ningún temor ni perjuicio nos causa el destruir nuestras torres, pues cabalmente por tal parte es imposible que se verifique la entrada en la ciudad.

77*

(FoI. 45r"/v")

O1Dns tales palabras, respondió don Nuño de esta manera:.—Decís que ningún tuerto hicisteis jamás a nuestro rev, como si tuerto no fuese el que cometisteis al aprestarle una tarida de su reino cargada de géneros de mucho valor, propios de los mercaderes que los conducían. Entonces nuestro rey os envió mensaje, suplicándoos con mucho amor, por conducto de un hombre de su casa, llamado En Jacques, que devolvierais la tarida, a lo que vos contestasteis preguntando con mucha soberbia y dureza que ¿quién era aquel rey que tal tarida os pedía?» y habiéndoos contestado el hombre que dicho rey era hijo del que venció en batalla a la hueste de Úbeda, vos le despedisteis de mala manera, diciéndole irritado, que a no haber sido mensajero. cara le hubiera costado tal palabra. A esto replicó el mensajero, manifestándoos que podíais obrar con 61 corno quisierais, pero que os acordarais que había ido fiado en vuestra palabra; y que en cuanto al nombre de su señor, no había en el mundo quien lo ignorase, y todos saben cuan poderoso y grande es entre los cristianos; no debiendo por lo mismo desdeñaros vos de saberlo. Tal fue la contestación que dio a vuestras altaneras palabras. Por lo mismo os digo yo ahora, que es el rey nuestro señor muy joven, pues sólo cuenta veinte v un años; v siendo esta hazaña la primera de importancia que ha comenzado, es su voluntad e intención no abandonarla por nada del mundo; de manera, que no marchará de aquí hasta tanto que tenga en su poder el reino y tierra de Mallorca. Si nos le aconsejásemos lo contrario, sabemos de cierto que ni siquiera nos escucharía; de consiguiente podéis hablarme de otro asunto si os place, que en cuanto a éste, nada conseguiréis, puesto que no he de dar tal consejo a quien decís.

78*

(fol. 45 v "-46 r"/v")

DESPUIa de haber escuchado el rey de Mallorca cuanto dijo don Nuño, respondióle. —Pues no os conformáis con lo que os he dicho, oíd ahora lo que quiero hacer. Decid a vuestro rey que desocuparemos la villa, y como con sus naves y leños nos pase a Berbería, sin hacernos daño alguno, le daré por cada cabeza, ya sea de hombre, mujer o niño, cinco besantes; y si alguno prefiere quedarse en la isla, pueda hacerlo.

Enterado don Nuño de cuanto el rey le dijo, volvió a Nos muv alegre, guardando por de pronto el secreto, que sólo él y el alfaquí sabían: díjonos, no obstante, al oído, que nos traía buenas nuevas; y respondiéndole Nos que mandaría-mos llamar a los obispos y nobles pues valía más que se esperase a revelar la noticia a presencia de éstos, túvolo por acertado, v así lo hicimos en efecto. Sin embargo, mientras éstos iban compareciendo nos hizo ya relación de cuanto le había sucedido. Reunidos luego todos los del consejo, empezó a esplicar don Nuño el diálogo entre él y el rey de Mallorca, y en suma nos vino a decir: que éste entregaría la villa, y nos daría por cada persona que en ella se hallase cinco besantes, lo que quedaría cumplido antes de cinco días; que Nos le hiciésemos pasar a Berbería a 61, a los de su linaje y a todos los hombres y mujeres de su casa; y finalmente, que las naves v leños en que les embarcásemos, debiesen atracar hasta dejarlos en tierra, lo cual nos agradecerían sobremanera.

El consejo de ricoshombres en que tal noticia se hizo saber no era completo entonces: faltaba el conde-de Ampurias, el cual no había asistido a ninguno, por hallarse en una cava, de la cual había jurado que jamás saldría, hasta que la villa fuese nuestra. Del linaje de En Guillermo de Moncada, había En Raimundo Alamañ. En Geraldo, hijo de En Guillermo de Cervelló y sobrino de En Raimundo Alamañ; y con éstos además En Guillermo de Claramunt, el obispo de Barcelona, que nos servía de consejero, el de Gerona, el pavorde de Tarragona y el abad de San Felío. Por instancia de todos, el obispo de Barcelona había de ser el primero que mostrase su opinión, y la espresó en efecto, diciendo: que pues en la isla habían sufrido y perecido tantos nobles y buenos, preciso era vengarles, que en buena era la venganza cuando con ella se servía a Dios; y así, que hablasen de tal negocio los ricoshombres, como más esperimentados que él en hechos de armas. —Con tal motivo, cedió la palabra a don Nuño, el cual habló de esta manera. —Barones, hemos venido aquí para servir a Dios y a nuestro rey que está presente, y con él todos unidos hemos resuelto tomar Mallorca; de consiguiente, me parece que quedará cumplido tal objeto, como nuestro rev admita la proposición que le hace el de Mallorca. Disimulad que sea tan lacónico. pues no soy más ahora que el portador de la noticia, sobre la cual debéis dar vuestro consejo.

En Raimundo Alamañ fue el primero que a tales palabras contestó diciendo: —A tal tierra pasasteis, señor, acompa­ñado de nosotros, para servir a Dios y en ella han perecido sirviéndoos tales vasallos, que mejores no los podía haber rey alguno. Ya, pues, que Dios os ha dado ocasión para vengarlos, hacedlo, y así alcanzaréis toda esta tierra; porque me parece, que tan astuto como es el rey de Mallorca v con el conocimiento que tiene de la isla, si llegásemos a pasarlo a Berbería, de allí mismo sabría luego volver con grande ejército de sarracenos, y quién sabe si lo que ahora ganasteis con la ayuda de Dios v nuestra. lo perdierais en un instante, no pudiendo permanecer vos siempre aquí. Aprovechad la ocasión, repito, y vengaos: así seréis dueño de la tierra y no tendréis que temer a Berbería.

A tal razón v casi a una voz esclamaron a la par En Geraldo de Cervelló y En Guillermo de Claramunt: —Señor, por Dios os suplicarnos que os acordéis de En Guillermo de Moncada, que tanto os amaba y servía, así corno de En Raimundo y de los demás ricoshombres que murieron con ellos en el campo de batalla.

79*

(fol. 46 v"-47r")

OÍDO tal consejo, respondimos de ese modo: Ningún parecer podemos dar acerca de la muerte de los ricoshombres; pues si murieron, Dios lo dispuso así y su voluntad se ha de cumplir. La idea de venir y conquistar esta tierra sabido es que Nos la hubimos, y parece ya que Dios ha querido satisfacer nuestra voluntad, aun cuando sea por ese tratado, pues si bien se mira, ya queda cumplido el objeto ganando yo la tierra; además de que así adquirimos unos bienes que nos parece muy útil tomar; y por lo que toca a los valientes que han perecido, nada debemos decir, pues algo tienen que vale más que la tierra que Nos deseamos, y es la gloria de Dios. Éste es mi parecer; salvo, sin embargo, lo que tengáis a bien aconsejarme.

No bien acabamos de hablar Nos, cuando todos los del linaje antes citados y los obispos dijeron a una voz, que valía más tomar la villa a fuerza de armas, que consentir aquel tratado; y con tal motivo enviamos mensaje al rey de Mallorca, diciéndole que obrase como pudiese, que Nos haríamos lo mismo; lo cual, sabido por los sarracenos, produjo en ellos grande espanto, pues penetraron luego nuestros intentos; mas notando el rey de Mallorca la situación de los suyos, reunió consejo general para hablarles, y en su algarabía les dijo lo siguiente: —Barones, bien sabéis que por espacio de cien años ha poseído el Miramamolin esta tierra, queriendo que yo fuese señor de ella; y que la ha tenido todo ese tiempo, a pesar de los cristianos, sin que jamás se hubiese atrevido nadie a invadirla, hasta ahora. Aquí tenemos a nuestras esposas, hijas y parientas; pero sabed que los contrarios nos exigen que les cedamos la tierra, pasando por consiguiente a ser sus cautivos; y sin esto, aún otra cosa peor exigen, tal es, que por ley de cautividad nos guardarán nuestras esposas en rehenes en caso de que queramos sacar algo. ¿Quién nos dice que no las forzarán cuando estemos en su poder, y que no harán de ellas cuanto les dé la gana? ¡Primero que daros esta noticia y Ilamaros a mi presencia para haceros saber cosa tan dura contra nuestra ley, hubiérame valido más perder la cabeza! Veamos, pues, qué os parece debemos hacer en este trance: mostrad cada cual vuestra opinión. —La contestación que dieron a tales palabras, fue gritar a una voz todo el pueblo, diciendo que antes preferían la muerte, que tal deshonra; en vista de lo que el rey les dijo: —Ya, pues, que descubro en todos vosotros tan buena voluntad, resolvamos el mejor modo de defendernos, de manera que cada hombre valga por dos. —Y en efecto, después que, despedido el concurso, volvieron todos a la muralla, no cabe duda de que valía entonces por dos cada uno de los sarracenos.

80*

(fol. 47 r"/v ")

AL cabo de algunos días dijimos a don Nuño: —Parece que nuestros ricoshombres no quisieran ahora habernos dado el consejo que antes nos dieron, pues ahora quieren el tratado que antes rehusaban. —Y luego, llamando a los que antes nos dieran tal consejo, dijímosles asimismo: —¿Qué decís ahora? No hubiera valido más aceptar antes el tratado a buenas, que no ahora que se defienden? —Y al oír tales palabras, callaron todos y se avergonzaron de lo que habían dicho. Llegada la noche, vinieron dos de los que habían dado tal consejo, a saber, el obispo de Barcelona y Raimundo Alamañ, y nos dijeron: —Porqué no accedéis al tratado que el otro día se os propuso? —A lo que contestamos. —Hubiera valido más que antes lo otorgarais, y no querer ahora que sea yo quien lo haga: y en verdad os digo, que no me parece bien tal cosa, y antes debería considerarse como una flaqueza por mi parte. Sin embargo, si lo vuelven a proponer, lo otorgaremos, ya que os parece bien. —Respondiéronnos que quedaban contentos, y que harían acceder a aquéllos que antes rehusaron la capitulación. —Siendo así, pues, en caso de que nos envíen mensaje, accederemos, les contestaremos; mas cuanto hagamos, lo haremos ayudado de vuestro consejo. —Y dada tal contestación, nos separamos unos de otros. Dios nuestro señor, que guía por buen camino a los que siguen su ley, quiso entonces que los sarracenos no lograsen aquella vez lo que habían ideado de la manera que propusieron; antes sugirió mejor remedio. Sin embargo de que los moros habían cobrado valor por las palabras de su rey, quiso Dios entonces que por él lo cobraran los cristianos, y dispuso que, a medida que éstos ganaban en fortaleza, aquéllos se fuesen debilitando: así fue que, hechas las cavas, desamparándolas todas al fin, a escepción de la que se iba sobre tierra; mas en ella aprontamos tal refuerzo, que a pesar de la resistencia, se llevó a cabo.

81*

(fol. 47v-48r")

CUATRO días antes de embestir la ciudad, tuvimos por conveniente Nos con los nobles y obispos reunir consejo general, con el objeto de que todos jurasen sobre los santos evangelios y la cruz de Cristo, que al entrar en Mallorca, cuando se asaltase, ningún ricohombre, ni caballero, ni peón, ni nadie, cualquiera que fuese, volvería atrás, ni se pararía, a menos de recibir golpe mortal. En este caso, el pariente o cualquiera otro de la hueste que fuese más cerca del herido, debía arrimarle a su lado; y no sucediendo tal cosa, debían proseguir siempre adelante, entrando a viva fuerza, y sin volver atrás nunca ni la cabeza ni el cuerpo; pues quien lo contrario hiciese, sería tratado como desleal, lo propio que el que mata a su señor. En tal jura quisimos Nos jurar como los demás, pero los nobles no lo permitieron: sin embargo les dijimos, que aún cuando no habíamos jurado, cumpliríamos por nuestra parte lo mismo que si hubiésemos prestado el juramento. Concluida tal ceremonia, hiciéronse a un lado con Nos los obispos y nobles y en tal ocasión uno de nuestra compañía, cuyo nombre no recordamos, dijo las siguientes palabras: —Señores, de nada servirá cuanto hemos hecho, si no hacemos antes otra cosa. El haber despreciado ahora los sarracenos el tratado que antes ofrecían a nuestro rey, algún objeto puede tener: ¿quién nos dice que a la menor ocasión no puedan entrar en la ciudad mil o dos mil o tres mil y quizás hasta cuatro y cinco mil hombres, con cuya ayuda, estando bien provistos de víveres, como están, podrían fácilmente estorbarnos la entrada y hacer más difícil la toma de la ciudad? Soy de parecer, pues, que antes que todo evitemos que nadie absolutamente pueda acercarse a aquélla. —Feliz idea! —repusieron todos a una, y en seguida se mandó poner por obra lo que había dicho.

82*

(fol. 48 r "/v ")

EL día siguiente, los bailes que habíamos puesto en las partidas de Mallorca, llamado el uno Jaques y el otro Berenguer Dufort, vinieron a nuestra presencia para decirnos, que no se veían seguros en sus distritos, por temor de que los sarracenos no les tendieran algún lazo. Al verles venir, dijimos a los del consejo: —Con esto conocemos que es mejor el medio que hemos adoptado últimamente. —Y dimos en seguida orden para que se pusieran tres atalayas, la una en los ingenios y en la estacada; la otra frente de la puerta de Barbelet, junto al castillo que dimos a los del templo; y la tercera, frente a la puerta de Portupí, cada una compuesta de cien caballos armados. Cuando tenían lugar tales sucesos, nos hallábamos entre Navidad y principios de año; y era tal el rigor de la estación, que los que estaban en el campo raso, apenas habían rondado una o dos leguas, ya tenían que retirarse a las tiendas y barracas para hacerse pasar el frío, aunque dejando algunos escuchas por si los enemigos avanzaban hacia la hueste.

Por la noche enviamos un mensaje allá donde habíamos colocado a los que debían vigilar, para ver si estaban en sus puestos, y respondiéndonos que no, nos levantamos. les reprendimos de que hubiesen abandonado sus puntos, y mandamos relevarlos por algunos ricoshombres y otros de nuestra meznada. Así continuamos por espacio de cinco días, de modo que durante los tres últimos ni siquiera pudimos dormir un solo instante, porque para cuanto se necesitaba para las zanjas y minas que debían facilitarnos la entrada en la ciudad venían a pedirnos consejo, a todo debíamos atender, y no se hacía en la hueste cosa que valiese doce dineros, sin que viniesen a pedírnoslo. Con sesenta mil libras que nos prestaron algunos mercaderes que llevaban su caudal en la hueste, con obligación de reintegrárselas luego de tomada la ciudad, nos procuramos todo lo necesario para nuestro servicio y el de nuestro ejército, pues se acercaba ya el momento de que fuese entrada la plaza. Estuvimos así tres días y tres noches continuas sin pegar los ojos, porque lo estorbaban los mensajeros que venían a cada instante a consultarnos; y aun cuando intentásemos una que otra vez conciliar el sueño, tampoco era posible, por ser éste tan lijero, que oíamos a cualquiera que se acercase a nuestra tienda.

83

(fol. 48 v °-49 r

LLEGÓ en esto la noche anterior a la víspera de año nuevo, y resolvimos que al amanecer del día siguiente oyese misa toda la hueste, y recibiésemos el sagrado cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, armados va y dispuestos a comenzar la batalla. Dada la orden, se presentó en las primeras horas de aquella misma noche Lope Giménez de Luciá; mandónos llamar, pues nos habíamos acostado, y nos dijo: —Señor, vengo de la mina, donde he mandado a dos de mis escuderos que por ella entrasen en la villa: lo han verificado y habiendo visto a muchos sarracenos muertos por las plazas, y abandonada del todo la muralla desde la quinta hasta la sesta torre, sin un solo centinela que la guardase; me han aconsejado que mandásemos armar la hueste, porque nos apoderaríamos fácilmente de la ciudad, no habiendo quien la defendiese y pudiendo entrar en ella más de mil de los nuestros antes de que lo adviertan los sitiados. —¿Y vos, don Lope, a quien los años deberían hacer más cauto, sois el que venís a darnos el consejo de que entremos en la ciudad de noche, y siendo ésta tan oscura? ¿No veis que muchos de nuestros hombres ni aun en mitad del día se avergüenzan a veces de mostrarse cobardes? ¿Cómo queréis, pues, que los metamos de noche dentro de la plaza, cuando ninguno tendrá el freno de que vean los demás lo que él haga? Si los de la hueste entrasen en la ciudad y fuesen después rechazados, ya nunca jamás podríamos apoderarnos de Mallorca. —Conoció entonces que teníamos razón, y no insistió en su proyecto.

84

(fol.49r°/v0)

No bien empezó a alborear, cuando determinamos oír las misas y recibir el cuerpo de Jesucristo, dando a todos orden de armarse de todas las armas que debían llevar en la batalla; y luego después, siendo ya día claro, nos ordenamos al frente de la plaza, en la llanura que había entre ésta y nuestro campamento. Acercándonos entonces a los infantes, que se hallaban colocados delante de los caballeros, les dijimos: —¡Adelante, barones, pensad que vais en nombre de nuestro Señor Dios! —Mas a pesar de que todos oyeron nuestra voz, no se movieron por ello ni infantes ni caballeros. Sorprendió-nos en gran manera el ver que así despreciasen nuestras órdenes; y encomendándonos a la Virgen, dijimos: —Madre de Dios nuestro Señor, Nos hemos venido a esta tierra, a fin de que en ella se celebrase también el sacrificio de vuestro Hijo; interponed, pues, para con él vuestros ruegos, para que no recibamos aquí ninguna deshonra Nos ni alguno de los que a Nos sirven por amor de Vos y de vuestro amado Hijo. —Terminada nuestra oración, gritámosles nuevamente: —Adelante, pues, en nombre de Dios; ¿porqué vaciláis?— y la tercera vez que les repetimos la misma voz, comenzaron a moverse al paso. Así que hubieron emprendido todos la marcha, caballeros y sirvientes, y estuvieron ya cerca del foso donde se había abierto el paso para entrar en la ciudad, empezó toda la hueste a esclamar a una voz: Santa María! Santa María!

85

(fol. 49 v 0-50 r °)

PRESENTÓSE en seguida el rey de Mallorca, llamado Jeque Abohibe, y poniéndose al frente a los suyos montado en un caballo blanco, les gritó: Roddo, que es como si dijéramos: Alto! Había a la sazón como unos veinte o treinta de los nuestros, sin contar a los sirvientes que se hallaban entre ellos, que embrazando sus escudos se habían parado delante de los sarracenos; y éstos a su vez les estaban esperando cubiertos con sus asargas y desnudas las espadas, sin que ni unos ni otros se atreviesen a dar la acometida. Llegaron entonces los primeros de los nuestros que habían entrado con sus caballos armados y arremetieron contra los enemigos; pero eran éstos en tanto número, y tal la espesura de las lanzas que a los nuestros se oponían que encabritándose los caballos por no poder pasar adelante, obligaron a los caballeros a dar la vuelta, retrocediendo un poco, hasta que con los que habían entrado de refresco pudieron reunirse unos cuarenta o cincuenta, y así, con ayuda de los infantes que iban escudados, se situaron tan cerca de los sarracenos, que con solas las espadas podían herirse unos a otros, de manera que nadie se atrevía a descubrir el brazo, por miedo de que alguna espada, amiga o enemiga, no le hiriese en la mano. Entonces fue cuando, levantando la voz los cuarenta o cincuenta caballeros que allí había con sus caballos armados, y diciendo: —¡Santa María Madre de nuestro Señor! Vergüenza, caballeros, vergüenza! Adelante, embistámosles. Y se decidieron a arremeter todos contra los sarracenos.

86

(fol. 50r')

LUEGO que los de Mallorca vieron entrada la ciudad, más de treinta mil de ellos, entre hombres y mujeres abandonaron sus moradas, saliéndose por las puertas que Barbelet y de Portupí, en dirección a la sierra; de modo que fue tanto el botín que caballeros e infantes veían por do quiera, que ni aún pensaron en perseguir a los que huían. El último que se retiró fue el rey sarraceno. Cuando los demás que se quedaron vieron por todas partes invadida la ciudad y a tantos caballeros, caballos armados e infantes, corrieron a esconderse como mejor pudieron; mas a muchos no les valió este recurso, pues más de veinte mil murieron en aquella entrada. Así fue que al llegar Nos a la puerta de Almudaina, vimos allí más de trescientos muertos sarracenos que habían querido recogerse en la fortaleza, y que por haberle los suyos cerrado la puerta, se veían alcanzados por los de nuestra hueste, que los acuchillaban allí mismo. Luego que Nos estuvimos al pie de la Almudaina, los de dentro ni siquiera trataron de defenderse, sino que nos enviaron un sarraceno que entendía nuestro latín, para ofrecernos que nos entregarían aquel fuerte, con tal de que les diésemos algunos de nuestros hombres para que les guardasen de la muerte.

87

(fol.50r°/v°)

MIENTRAS estábamos negociando con los de la Almudaina para que se entregasen, llegaron dos hombres de Tortosa que querían hablar con Nos sobre cosas que, según dijeron, nos interesaban muchísimo. Apartámonos con ellos a un lado, y nos manifestaron que si queríamos darles alguna gratificación, pondrían en nuestro poder al rey de Mallorca. —¿Cuán-to queréis?, les dijimos: —Dos mil libras, nos contestaron. —Sobrado es, les replicamos; porque si está dentro de la ciudad, al cabo habrá de caer en nuestras manos. Sin embargo, daríamos de buena gana mil libras, con tal de que pudiésemos cogerle sano y salvo. —Así se hará, nos respondieron; —y dejando en lugar de Nos a uno de los ricoshombres al frente de la Almudaina, con orden de no atacarla hasta que Nos volviésemos, nos fuimos con ellos a buscar al rey sarraceno, después de haber llamado a Don Nuño, a quien dimos luego noticia del caso, para que nos acompañase. Llegados ambos a la casa donde se hallaba el rey, nos apeamos, entramos armados, y al descubrirle, vimos que estaban delante de él tres de sus soldados con sus azagayas. Cuando nos hallamos en su presencia, se levantó: llevaba una capa blanca, debajo de ella un camisote, y ajustado al cuerpo un juboncillo de seda también blanco. Mandamos entonces a aquellos dos hombres de Tortosa que le dijesen en algarabía, que Nos le dejaríamos allí a dos caballeros con algunos de nuestros hombres para guardarle, y que no tenía ya que temer porque hallándose en poder nuestro podía contar salva su vida. Así lo verificamos, y nos volvimos en seguida a la puerta de la Almudaina, donde habiendo dicho a los que estaban dentro que nos diesen rehenes y saliesen al muro viejo para ajustar los tratos, convinieron en entregarnos, como lo verificaron, al mismo hijo del rey de Mallorca, joven que tendría a la sazón unos trece años. Abrieron entonces la puerta, advirtiéndonos que pusiésemos cuidado en los que entrasen; y Nos confiamos la guarda del tesoro y de las cosas de rey a dos frailes predicadores, dándoles diez de nuestros mejores y más discretos caballeros, para que con sus escuderos les ayudasen a guardar toda la Almudaina; pues anochecía ya, estábamos Nos sumamente fatigado, y quería-mos descansar un poco.

88

(fol. 50 v ° - 51 r °)

POR la mañana del siguiente día quisimos arreglar nuestras cosas y ponerlo todo en orden; pues por la gracia del Señor era tanto el botín que habían cogido todos los de la hueste, que lejos de envidiarse unos a otros, cada uno se creía ser más rico que los demás: y habiéndonos convidado el mismo día don Ladrón, que era uno de los ricoshombres que iban con Nos, diciéndonos que uno de sus hombres le había manifestado que tenía una buena casa donde podríamos alojar-nos, y aderezada excelente vaca para comer; se lo agradecimos en gran manera y aceptamos el ofrecimiento. Así transcurrieron ocho días sin que se presentase ninguno de nuestros domésticos, que embriagados con tantos despojos como habían recogido, no se acordaron siquiera de volver a Nos.

89

(fol. 51 r ° /v°)

TOMADA ya la ciudad, se juntaron los obispos y ricoshombres, y vinieron a decirnos que era menester que se hiciese almoneda de los moros cautivos y de todo cuanto se había ganado en la entrada. —No lo aprobamos, les dijimos; porque esa almoneda ha de durar mucho tiempo, y más valdría que ahora que los sarracenos están acobardados fuésemos a conquistar la montaña, distribuyendo ejecutivamente todos los efectos recogidos. —Y cómo podrá hacerse la distribu­ción?, nos objetaron. —Por cuadrillas, les contestamos; de este modo podrá hacerse luego y quedarán todos satisfechos. Prisioneros y efectos estará repartido todo dentro de ocho días; marcharemos luego contra los sarracenos que están afuera, conquistarémoslos, y guardaremos la correspondiente porción del botín para las galeras: creednos, esto es lo mejor. —A pesar de nuestras razones, En Nuño, En Bernardo de Santa Eugenia, el obispo y el sacrista de Barcelona estaban empeñados en que se hiciese la almoneda; y como obraban los cuatro de acuerdo y eran más avisados que los demás, seducían fácilmente a todos los de la hueste. —No veis, decíamos Nos a éstos, que la almoneda no será más que un engaño, y con ella daremos lugar a que se repongan los sarracenos, siéndonos después más costoso el vencerlos? ¿No fuera mejor acometerlos ahora, cuando se hallan aún sobrecogidos de espanto, que no después cuando se hayan rehe­cho? —A todo nos contestaron que era preferible la almoneda, y que no teníamos por qué oponernos. —Así lo quiera Dios, les dijimos; y ojalá no tengamos que arrepentirnos!

90

(fol. 51 v

COMENZÓSE, pues, la almoneda, y duró desde carnestolendas hasta pascua. Luego que estuvo terminada, así los caballe­ros como el pueblo, que pretendían que se les diese parte de todo y con esta fe compraron lo que mejor les plugo, se resistieron a pagar el precio de lo que habían comprado, aviniéronse unos con otros, y andaban diciendo por la ciudad que todo aquello había sido mal hecho. Amotináronse al cabo y gritaron a una voz: —¡Vamos a saquear la casa de Gil de Alagón!— y así lo ejecutaron; de modo que cuando Nos salimos para impedirlo, la hallamos ya saqueada. —¿Cómo os habéis atrevido, les dijimos entonces, a poner a saco la casa de uno de nuestros vasallos, estando Nos aquí y no habiéndonos presentado antes reclamación ninguna? —Señor, nos contestaron, ¿no merecemos también cada uno de nosotros tener nuestra parte en los despojos que se han recogido como la tienen otros? ¿Porqué, pues no ha de habérse­nos dado igualmente a nosotros? Aquí nos estamos muriendo de hambres, señor; por esto quisiéramos todos volvernos a nuestro país, y por esto hace el pueblo lo que Vos estáis viendo. —Barones, les dijimos, mal habéis obrado, y por nuestra fe que de ello habéis de arrepentiros: tened cuenta con no repetir tales desmanes, porque no los sufriremos, y habremos de hacer tan ejemplar castigo, que a vosotros os pesará del mal que habréis hecho, como nos pesará a Nos de la pena que nos veremos forzado a imponeros.

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(fol. 51 v°-52r°)

ESTO no obstante, al cabo de dos días se amotinaron de nuevo, y levantándose grande gritería, dijeron otra vez: —Vamos a la casa del pavorde de Tarragona. —Encaminándose allá, saqueáronla, y se apoderaron de cuanto en ella había; de modo que sólo pudieron salvarse las dos caballerías en que él cabalgaba, porque en aquella sazón las tenía en nuestro alojamiento. Viendo esto, reunimos en nuestra presencia a los ricoshombres y a los obispos, a quienes dijimos: —Barones, eso no debe ya sufrirse; pues tal pudiera ser nuestra tolerancia, que ninguno de nosotros podría contarse seguro de no morir a manos de esos amotinados, o de no ver arrebatado por ellos cuanto posee. Por nuestra parte somos de parecer que estemos apercibidos para el primer alboroto que muevan: entonces nos armaremos, montaremos a caballo, nos presentaremos en la plaza, donde no hay barrera ni cadena, y de los que podamos coger haciendo algún daño, manda-remos ahorcar unos veinte, o sino de los primeros que nos vengan a mano, para que así sirvan de escarmiento a los demás. —Para mayor seguridad mandamos luego trasladar de la Almudaina a la casa del Templo todas nuestras cosas, escoltándolas Nos en persona, acompañado de algunos de nuestros ricoshombres. Nos presentamos después ante el pueblo, y le dirigimos las siguientes palabras: —Mal obra habéis comenzado, barones, con saquear las casas de nuestros vasallos, de aquéllos mayormente que ningún tuerto os han hecho; pero tened entendido que os han de costar caros tamaños atentados, y que si continuáis por ese camino, hemos de mandar ahorcar por esas calles a tantos de vosotros, que los cadáveres lleguen a apestar la ciudad. Por lo demás, tanto Nos como nuestros ricoshombres, todos queremos que se os dé también en tierras y en bienes muebles la parte que os corresponda. —Así que oyeron nuestras últimas palabras, aquietáronse y cesaron en su mal propósito; pero con todo aconsejamos a los obispos y al pavorde que no saliesen por entonces de la Almudaina hasta que el pueblo estuviese más sosegado, que entretanto arreglaríamos la cuenta, para dar luego su parte a cada uno. Llegada la noche y cuando todo estuvo ya tranquilo, marchóse cada uno a su casa.

92

(fol. 52 r ° /v °)

PASADA la pasqua, armó don Nuño una nave y dos galeras para ir en corso a las partes de Berbería; y mientras estaba él ocupado en el armamento, sobrevino una enfermedad a Guillermo de Claramunt, de la cual murió al cabo de ocho días. No bien se había dado sepultura a su cadáver, cuando enfermaron asimismo En Raimundo Alamañ y don García Pérez de Meytats, que era de Aragón, de ilustre linaje y de nuestra meznada; muriendo igualmente los dos al cabo de ocho días. Después de ellos, enfermó también En Geraldo de Cervelló, hijo de En Guillermo de Cervelló, hermano mayor de En Raimundo Alamañ; y falleció del mismo modo a los ocho días. Cuando el conde de Ampurias vio que habían muerto aquellos tres, creyó ya que habían de perecer todos los de linaje de Moncada, cayó también enfermo, y al cabo de otros ocho días falleció; de modo que en el corto espacio de un mes perdimos a esos cuatro caballeros, que eran de los más nobles y distinguidos de Cataluña; afligiéndonos en gran manera el que hubiese sobrevenido tamaña mortandad entre los cabos de nuestra hueste. Habiéndonos entonces propuesto don Pero Cornel que pasaría a Aragón, y que por cien mil sueldos que le diésemos nos traería de allí ciento y cincuenta caballeros, esto es, ciento por la indicada suma, y cincuenta por el feudo que tenía de Nos; aceptamos el ofrecimiento; fuele entregada la cantidad que pedía, y emprendió su viaje.

93

(fol. 52 v ° - 53 r °)

VIENDO que habían fallecido los caballeros En Guillermo y En Raimundo de Moncada y los demás ricoshombres que antes hemos citado, acordamos con don Nuño, que se había quedado con Nos, y con el obispo de Barcelona, enviar órdenes a don Ato de Foces y a don Rodrigo Lizana, que se hallaba en Aragón, para que se presentasen a servir el feudo que tenían de Nos. Así lo hicimos, y nos contestaron que comparecerían de muy buen grado; pero mientras ellos se disponían para venir, resolvimos hacer una cabalgada contra los sarracenos que se habían retirado a las montañas de Soller, de Almerug y de Bayalbahar, desde donde causaban mucho daño a los cristianos, estendiendo sus correrías hasta Pollensa. Salimos, pues, de la ciudad con los pocos caballeros e infantes que pudimos reunir, porque los más se habían marchado ya, unos a Aragón, y otros a Cataluña; y tomando por el valle de Buñola, dejamos a nuestra derecha un castillo llamado Oleró, que está situado en aquella montaña y es de los más fuertes que hay en toda la isla de Mallorca. Llegado a la cumbre del monte, recibimos aviso del que mandaba nuestra vanguardia de que los infantes no querían acampar en el sitio que Nos les habíamos ordenado, sino que se dirigían hacia Inca; y por lo mismo, encomendando nuestra retaguardia a En Guillermo, hijo de En Raimundo de Moncada, nos adelantamos a su alcance para obligarles a hacer alto. Cuando estuvimos ya cerca de nuestra delantera, vímosles al pie de una cuesta y que iban caminando con dirección a la citada alquería de Inca; pero dejamos de seguirles, por no desamparar a los nuestros, pues los sarracenos les habían atacado y quitándoles dos o tres acémilas durante nuestra ausencia; aunque al juntarnos otra vez con la retaguardia Nos y los tres caballeros que nos habían acompañado, ésta les había rechazado, obligándoles a retirarse por una cuesta que allí había, y recobrando las caballerías de que ellos se habían apoderado.

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(fol. 53 r o / v o)

CUANDO estuvimos allí, vimos que los nuestros estaban otra vez en el camino, y observamos que unos seiscientos sarracenos nos estaban reconociendo desde un cerro en que se hallaban apostados, acechando si podrían hacernos algún daño; motivo por el cual habían atacado a la hueste, luego que vieron que se alejaba la vanguardia. Juntos entonces, nos encaminamos al sitio que habíamos destinado para pasar la noche, y allí tuvimos consejo para acordar el plan que nos convendría adoptar. En Guillermo de Moncada, don Nuño, Pero Cornel (que en el intermedio había regresado, ya de Aragón) y todos los caballeros que más entendían en cosas de guerra opinaron que no era prudente el acampar tan cerca del enemigo, que contaba con una fuerza de tres mil hombres, mayormente habiéndose marchado ya nuestros infantes con las acémilas y la mayor parte de las provisiones; por consiguiente, resolvimos ir a hacer noche en Inca. Hicimos entonces marchar delante las pocas acémilas que nos habían quedado, y cuando éstas llegaron a la falda de la colina en que nos hallábamos, bajamos Nos despacio siguiéndolas a alguna distancia; de modo que, a pesar de no haber en toda la retaguardia sino unos cuarenta caballeros, no se atrevieron los sarracenos a atacarnos, por ver el buen orden que llevábamos. Fuimos, pues, a alojarnos a Inca, que es la principal alquería de Mallorca, y regresamos luego a la ciudad.

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(fol. 53 v o /r')

ESTANDO en ésta, se nos presentó el maestre del Hospital, llamado En Hugo de Forcalquier, quien por haber tenido noticia de la conquista de Mallorca, acudía a la sazón en ayuda nuestra con otros quince caballeros, aunque con el sentimiento de no haber podido hallarse en la toma de la capital. Era En Hugo muy querido de Nos, que lo habíamos propuesto al maestre de ultramar para que lo nombrase maestre de su orden en nuestros dominios, y él nos correspondía igualmente con su amistad: habiéndonos, pues, manifestado que quería decirnos algunas palabras en presencia de sus caballeros solamente, dímosle audiencia. Rogónos entonces encarecidamente, que por la amistad que le profesábamos y por la confianza que 61 tenía en Nos, fuese nuestra voluntad que intercediésemos asimismo con los obispos y con los ricoshombres, para que el Hospital tuviese también su parte en la isla, y no sufriese eternamente la deshonra de no haber concurrido a tan grandiosa hazaña como había sido aquella conquista. —Vos, añadió que sois nuestro señor y el escogido de Dios para llevar a cabo tan grande obra, no permitiréis seguramente que nuestra orden no participe de ella, y que para nuestra vergüenza puedan luego decir las gentes que ni el Hospital ni su maestre tuvieron parte en tan señalado hecho de armas. —No ignoráis, le contestamos, el afecto que siempre os hemos profesado a vos y a vuestra orden, y cuánto os habemos honrado; por lo mismo, haremos de muy buena gana lo que nos pedís. Si no se hubiese ya repartido el territorio, si no se hubiesen distribuido todos los despojos y no se hallasen ausentes muchos de los que recibieron ya la parte que les corresponde, fácil nos fuera el acceder desde luego a vuestros deseos: sin embargo, podéis estar seguro de que haremos cuanto podamos para que quedéis contento de Nos.

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(fol. 54 r o)

VISTA la súplica que nos había hecho el maestre del Hospital, llamamos al obispo de Barcelona, a don Nuño, a En Guillermo de Moncada y a todos los demás ricoshombres y caballeros que permanecían aún en la isla, y les rogamos encarecidamente que accediesen a dar a aquella orden una parte de lo que todos habíamos ganado. Viendo que se mostraban algún tanto rehacios, diciéndonos que era imposible que se diese entonces una parte a los del Hospital, cuando todas se hallaban ya distribuidas, y hasta habían regresado a su país muchos de los ricoshombres que las tenían; les contestamos: —Barones, un medio sabemos para conciliarlo todo, sin dar repulsa al maestre y a su orden. —¿Cuál es?, nos dijeron. —Nos, les respondimos, poseemos la mitad de la tierra; y por consiguiente les daremos por nuestra parte una buena alquería: llamemos luego a Raimundo de Ampurias, que sabe lo que a cada uno de vosotros ha tocado, y aunque no les deis ninguna alquería, porque no es justo que alguno de vosotros quede sin tenerla, podrán cedérseles algunas tierras, rebajando a cada uno un poco de la porción que le ha tocado; y de este modo tendrán ellos en todo la parte correspondiente. No queráis, barones, que reciba un desaire tan distinguida orden; ya veis que por lo que a Nos toca procuramos complacerla. —Oídas tales palabras, se adhirieron a nuestro dictamen, diciéndonos que, pues tanto lo deseábamos, se conformaban con hacer lo que les proponíamos.

97

(fol. 54 r °/v °-55 r °)

LUEGO de habernos puesto de acuerdo con los ricoshombres, quienes nos dijeron que respondiésemos Nos en nombre de todos, llamamos al maestre del Hospital; y cuando estuvo en nuestra presencia, le dijimos: —Maestre, vos habéis venido aquí para servir ante todo a Dios y luego a Nos en esta conquista: sabed, pues, que Nos y los ricoshombres accedemos a lo que nos habéis suplicado; y aunque esté todo repartido, y se hayan marchado ya muchos de nuestros nobles que han recibido su parte, os daremos con todo, lo bastante para mantener a treinta caballeros, mandando que así se haga constar en el libro del repartimiento, al igual de los demás. Nos os cederemos por nuestra parte una buena alquería, y aunque los otros no puedan hacer otro tanto, os darán cada uno una porción de las tierras que les han cabido en suerte, de modo que vengáis a tener lo suficiente para el número de caballeros que os hemos indicado. Nos parece que con esto podéis teneros por muy honrado, ya que os damos tanto como a los del Templo, que concurrieron a la conquista.—Levantáronse entonces el maestre y los freiles que le acompañaban para besarnos la mano; mas no se lo permitimos al primero, y la alargamos solamente a los demás. —Señor, nos dijeron luego, ya que tanta merced nos habéis hecho, nos atrevemos a rogaros que nos deis también parte de los bienes muebles y algunas casas en que podamos habitar. —Al oír tal demanda, volvímonos a los ricoshombres, y les preguntamos sonriendo: —¿Qué os parece de lo que ahora nos vienen pidiendo esos freiles? —Que es imposible, señor, nos contestaron; porque el que ha recibido ya sus dineros o su parte del botín, es bien seguro que no querrá traerla otra vez a colación. En cuanto a las casas, podrá buscarse alguna, o a lo menos solar donde puedan edificarlas. —¿Y si fuese posible conciliarlo de modo, que sin perjudicar a los demás, viesen ellos cumplidos sus deseos? —En hora buena, nos contestaron todos. —Pues siendo así, démosles la Atarazana, donde hallarán ya construidas las paredes y podrán edificarse muy buenas casas; y en cuanto a los bienes muebles, podemos cederles las cuatro galeras que hay allí, y que fueron del rey de Mallorca: así tendrán parte en todo, como ellos desean. —Alegráronse con nuestras palabras el maestre y los freiles; besáronnos la mano, y derramaron lágrimas de contento; mientras que el obispo y los ricoshombres aprobaban también el arbitrio que habíamos hallado para dejarlos a todos satisfechos.

98

(fol. 55 r °)

EN aquella sazón se hallaban con Nos en la isla don Nuño, el obispo de Barcelona y don Gimeno de Urrea; por cuyo motivo resolvimos dirigirnos a la montaña contra los sarracenos. Cuando estuvimos en Inca, se presentó también el maestre del Hospital, y habiendo llamado a los ricoshombres y a los adalides que mandaban la frontera y conocían los pasos de la tierra, pedímosles que nos diesen consejo sobre lo que deberíamos hacer. Don Nuño, En Gimeno de Urrea y el maestre del Hospital fueron de dictamen, que atendidas las pocas fuerzas que llevábamos, no era prudente que nos aventurásemos en aquel terreno; pues como en las montañas de Soller, de Almerug y de Bayalbahar, donde Nos queríamos internarnos, hubiese por lo menos tres mil moros de armas acaudillados por uno llamado Xuaip, que era natural de Chivert y llevaba en su compañía a unos veinte o treinta de a caballo; poníamos en inminente riesgo nuestra persona y la de todos los que nos acompañaban. Conocimos que tenían razón, y por lo mismo, aunque muy a pesar nuestro, desistimos por entonces de aquella empresa.

99

(fol. 55 r °/v °)

LUEGO que los ricoshombres nos hubieron dejado, marchándose cada uno a su alojamiento, mandamos llamar a los adalides, para que se presentasen delante de Nos; y hablando con ellos a solas, les dijimos: —Os mandamos que por la naturaleza que con Nos tenéis nos digáis la verdad sobre cuanto os preguntamos. ¿Sabe alguno de vosotros que haya sarracenos en otra parte de la isla, sino en esa sierra que mirada desde aquí nos parece tan alta? ¿Habéis estado allí alguno de vosotros? —Como ocho días atrás, nos contestó uno de ellos, estuve yo allí en cabalgada, y por cierto que pensábamos coger prisioneros a algunos sarracenos en una cueva de esa misma sierra que vos estáis viendo; pero antes de que pudiésemos alcanzarlos, salieron a recibirles más de sesenta de los suyos, armados, y se recogieron juntos en la misma cueva. —No nos desagradaron tales noticias; y llamando luego a don Nuño, al maestre, a don Gimeno de Urrea y a otros caballeros esperimentados que se hallaban con Nos en aquella cabalgada, les dijimos: —Hemos hallado un arbitrio para que no hayamos de volvernos con tan poco provecho y tanta mengua a Mallorca, y puedan luego decirnos que salíamos para conquistar esos montes, y nos retiramos sin haberlo siquiera intentado. —¿Cuál es? nos preguntaron. —Hay aquí un adalid, contestamos Nos, que nos guiará a donde podremos hacer una buena presa de sarracenos; pues no hace más de ocho días que los dejó allí, y se hallan en la parte de la montaña que yo os mostraré, en tierra de Artana. —Cabalguemos, pues, con la ayuda de Dios, dijeron ellos. —Llamamos entonces al adalid, y nos contó otra vez delante de nuestros caballeros de qué modo había encontrado a los sarracenos.

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(fol.55v°-56r°)

RESUELTA ya la espedición, dimos orden para que al amanecer se levantasen nuestras tiendas y todo nuestro equipaje para dirigirnos allá, enviando delante de nos a algunos corredores que bloqueasen a los sarracenos, y que les impidiesen el salir antes de que Nos llegásemos. Cumplióse todo puntualmente como lo habíamos dispuesto; y cuando al anochecer llegamos cerca de donde debían hallarse los sarracenos, se nos presentaron nuestros corredores, diciéndonos: —No tendréis que buscarlos mucho; pues hemos escaramuceado ya con ellos, y ahí los tenéis. —Vímoslos, en efecto, que habían encendido almenaras para que fuesen vistos de los suyos, que en mayor número se hallaban en la montaña; mas como nuestras caballerías se hallasen ya rendidas del calor que hacía, determinamos acampar junto a un río que corría a la falda de aquel cerro, dando orden para que al amanecer del día siguiente estuviésemos todos dispuestos y armados nuestros caballos, que eran en todo unos treinta y cinco: previniendo además que los sirvientes irían a atacar el peñón en que se hallaban los sarracenos, tomando las avenidas para que no pudiesen escaparse, mientras Nos acordaríamos lo demás que debiese hacerse. Así lo cumplieron. Era aquel cerro tan empinado, que casi remataba en punta, y había en él una peña saliente, en mitad de la cual había las cuevas donde ellos se recogían, de modo que allí estaban salvo de las piedras que les arrojaban los nuestros, y sólo podían éstas hacer daño en las chozas que allí a la boca de la misma cueva habían construido. Embistieron los nuestros aquella entrada, llamando a combate a los sarracenos; y cuando éstos se aventuraban a salir, dañábanles arrojándoles algunas piedras; continuando así por un buen rato, con satisfac­ción de los que estábamos mirando.

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(fol.56r°)

DfJONOS entonces don Nuño: —Creo, señor, que de nada sirve el que permanezcamos aquí, y que es vano cuanto hacemos; porque las piedras que les estamos tirando no pueden causarles daño, ni tampoco pueden herirles las que se arrojan desde más abajo. Es ya mediodía, será, pues, mejor.que os vayáis: entretanto podréis comer, ya que es día de ayuno, y luego resolveréis mejor lo que hacer convenga. —No os deis tanta prisa, don Nuño, le respondimos; pues yo os aseguro que ellos caerán en nuestras manos. —Bien dice el rey, añadió el maestre del Hospital; pero con todo, podéis iros los dos, y cuando hayáis comido, enviad aquí algunas fuerzas y veremos lo que deberá hacerse. —Accedimos a lo que nos dijeron el maestre y don Nuño, y nos marchamos de allí.

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(fol.56r°/v°)

MIENTRAS Nos estábamos comiendo, el maestre reató sus acémilas, puso una cadena al extremo de la recua, mandó encender fuego en un caldero con leña seca, y atando a un hombre con la cadena, diole el caldero, y lo bajaron poco a  poco y sin ser sentido de los sarracenos desde la altura en que los nuestros se hallaban hasta que vieron que había llegado junto a las barracas. Pegó entonces fuego a una de ellas, y como soplaba bastante recio el viento, propagóse de una a otra el incendio, y ardieron hasta el número de veinte, contemplándolo Nos con gran satisfacción desde la tienda en que estábamos comiendo. Mandóles decir entonces el maestre que se rindiesen, si no querían perecer todos; a lo cual ellos contestaron, que si dentro de ocho días, a contar desde el siguiente, que era el de San Lázaro y día de cuaresma, no eran socorridos por los de la montaña, se entregarían a Nos y con ellos aquella fuerza y cuanto tenían en ella, a condición de que no debiesen darse por cautivos. Vino luego el maestre a manifestarnos la propuesta que le hacían; mas sin esperar siquiera nuestra respuesta, añadió: –No aceptéis tales condiciones: que se den por cautivos; o sino, rendidos están y que mueran los villanos. –Así fue a decírselo, y entonces convinieron en entregarse cautivos si de allí a ocho días, que sería el domingo de Ramos, no recibían ningún socorro; dándonos en rehenes de su palabra los hijos de los diez moros principales que se hallaban refugiados en aquellas cuevas. Descansamos entretanto esperando aquel día, pero en el intermedio nos vimos en bastante necesidad, porque no teníamos sino un poco de pan por todo bastimento, y aún el último día hubimos de mantenernos con siete panes Nos, don Nuño y más de cien hombres que comían de lo nuestro. En cuanto a los de la hueste, veíanse reducidos 'a buscar trigo por las alquerías de los sarracenos, y comerlo tostado; de modo que nos pidieron y nos vimos precisados a concederles permiso para comer carne.

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(fol. 56 v 0/57 r")

ANTES de que venciese el plazo que habían señalado los sitiados para rendirse, juntó don Pero Maza algunos caballeros, unos cuantos hombres de la hueste y cierto número de almogávares, con quienes hizo una cabalgada, llegando a una cueva de la que se habían recogido bastantes sarracenos; y habiéndole Nos enviado algunas ballestas, saetas y picos que nos pidió por un mensaje, combatió a aquellos por espacio de dos días, al cabo de los cuales nos trajo quinientos prisioneros. Llegó en esto el día de Ramos, y salido ya el sol, mandamos decir a los sarracenos retirados en las cuevas que nos cumpliesen el convenio que nos habían otorgado; a lo que nos contestaron que debíamos esperar hasta la hora tercia. Dijímosles que tenían razón, pero que se preparasen entretanto para salir de su escondite. Preparándose, pues, recogieron todo su vestuario, y dejándonos allá arriba gran cantidad de trigo y cebada, comenzaron ya a bajar mucho antes de la hora que habían indicado. Eran en número de mil quinientos; de modo que con los que ya teníamos en nuestro poder reunimos hasta dos mil prisioneros sarracenos, que puestos en camino, cogían el espacio de más de una legua. Con ello y con diez mil vacas y más de treinta mil ovejas que recogimos además en aquella espedición, empren-dimos otra vez la vuelta a Mallorca, donde entramos luego contento y satisfecho.

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(fol.57r°/v")

EN Mallorca recibimos la noticia de que don Ato de Foces y don Rodrigo de Lizana venían a encontrarnos, de lo que nos alegramos en gran manera, por las pocas fuerzas que en aquella sazón teníamos con Nos. Don Rodrigo hizo fletar una tarida de la que habían estado ya en nuestro pasaje a la isla y que era a propósito para trasportar los caballos, y luego otros dos leños, en los cuales embarcó su equipaje y provisiones; presentándosenos, a poco de haber llegado a Pollensa, con treinta caballeros bien armados y provistos de todo lo necesario. Don Ato se embarcó con don Blasco Maza y los caballeros que acompañaban a entrambos en una coca de esas de Bayona; mas luego que estuvieron en alta mar, empezó el buque a hacer agua por dos o tres partes, teniendo que sacarla con calderos pequeños, y calafatear las aberturas lo mejor que pudieron; de modo que aunque deseaban abordar luego a cualquier punto de la costa, ya de Cataluña, ya de Mallorca, la fuerza del temporal les llevó otra vez a Tarragona, a donde llegaron salvos por milagro; pues la embarcación era muy vieja y hacía mucha agua, en términos que apenas habían tenido tiempo para desembarcar sus caballos y equipaje, cuando se abrió por de medio.

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(fol. 57 v " - 58 r")

CUANDO hubimos pasado todo aquel verano en Mallorca, llamamos un día a En Bernardo de Santa Eugenia, señor de Torroella, y le dijimos que habiendo Nos permanecido allí tanto tiempo desde que había sido ganada la ciudad, queríamos volvernos a Cataluña; que él quedaría en Mallorca como lugarteniente nuestro, y que por consiguiente daríamos orden a los caballeros y a todos los demás vasallos para que se condujesen con él como con Nos mismo. Contestónos que le placía, pero nos rogó que le hiciésemos donación por durante su vida del castillo de Pals, situado cerca de Torroella y de Palafurgell, para que así viesen las gentes cuánto le amábamos; y conocimos efectivamente que al otorgarle tal don agradecía más que todo el amor que con ello le mostrábamos, pues era muy corta la renta que producía aquel lugar. Convenimos ya en esto, nos comprometimos además, mediante escritura, a indemnizarle todos los gastos que por Nos hiciese en Mallorca; y luego, mandando juntar consejo general de los caballeros y demás pobladores de la isla, dirigimos a todos las siguientes palabras: —Barones, hace ya catorce meses que permanecemos aquí, sin que en ninguna ocasión hayamos querido separarnos de vosotros; pero estamos ahora a la entrada del invierno, y como nos parece que, gracias a Dios, no tiene ya de qué temer esta tierra, queremos volvernos a nuestros reinos. Desde allá, mejor que no aquí mismo, podremos daros consejo; podremos enviaros nuevas huestes para la defensa de la isla, y acudiremos también en persona, si necesario fuere; pues estad seguros de que no os perderemos nunca de vista, y de que noche y día estaremos pensando en vosotros. Ya que Dios nos ha hecho la gracia, que no pudo alcanzar ningún rey de España, de que conquistásemos un reino puesto en medio del mar, y de que hayamos podido edificar aquí iglesia a nuestra Señora Santa María, sin otras que se levantarán con el tiempo; no temáis que os desamparemos, antes bien acudiremos siempre en vuestra ayuda, y muy amenudo nos veréis y tendréis personalmente entre vosotros. Despedímonos entonces todos vertiendo abundantes lágrimas; y al cabo de un buen rato en que el dolor había embargado nuestra lengua, les manifestamos que habíamos nombrado por su caudillo a En Bernardo de Santa Eugenia, por quien esperábamos que harían lo que por Nos mismo; y que a la primera nueva que tuviésemos de que se dirigía contra ellos alguna armada, nos tendrían inmediatamente a su lado.

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(fol. 58 r ° /v')

DESPUÉS de habernos despedido de nuestros vasallos de la isla, los cuales se conformaron con nuestra partida, ya que había de ser ventajosa para ellos y para Nos, dejamos los caballos y las armas a los que se quedaban, por si los habían menester, y emprendimos nuestro viaje dirigiéndonos a la Palomera, donde se hallaban surtas dos galeras, una de En Raimundo de Canet, y otra que era de Tarragona. Embarcado Nos en la primera, y en la de Tarragona parte de los que nos acompañaban, hicímonos a la mar el día de San Simón y San Judas, y a los tres días de navegación llegamos con toda bonanza a la Porrasa que se halla entre Tarragona y Tamarit, donde hallamos a En Raimundo de Plegamans, que al darnos la bienvenida y besarnos la manos, echóse a llorar de gozo, por el mucho que le causaba nuestra vista. Como él sabía ya los tratos que habíamos celebrado con el rey de León, que debía darnos su hija por esposa y con ella su reino, anunciónos desde luego la muerte de aquel rey. —¿Y la sabéis de cierto?, le dijimos. —Así a lo menos lo han contado, nos respondió, algunos hombres de Castilla que han llegado a Barcelona. —Fuéronnos bastante dolorosas tales nuevas; pero nos consolamos luego, pensando que en resumen valía más la conquista de Mallorca que acabábamos de verificar, que todo el provecho que pudiera resultarnos de la adquisición de aquel reino; y que ya que no había sido tal la voluntad de Dios, no debíamos Nos entrometernos en lo que el Señor no quería. Con esto nos quedamos a dormir allí hasta que amaneciese.

107

(fol. 58 v °)

A poco de haber amanecido, entramos otra vez en las galeras y nos dirigimos a remo al puerto o playa de Tarragona, en donde desembarcamos y salieron a recibirnos con el mayor júbilo y banderas desplegadas los habitantes de la ciudad. Al acabar de comer y luego de haber sacado de abordo todo el equipaje de nuestros hombres y de los marineros, levantóse tan fuerte leveche, que hizo zozobrar las galeras que se hallaban surtas a la boca del puerto, y en frente de la capilla de San Miguel, que había mandado edificar el arzobispo Aspargo; de modo que sólo pudieron salvarse dos hombres de los seis que en ellas había; queriendo así el Señor mostrarnos un nuevo y señalado milagro. Después de haber permanecido por algún tiempo en Tarragona, partimos para Monblanc, y desde allí nos encaminamos a Aragón, pasando antes por Lérida. En todo el tránsito nos acogieron nuestros vasallos con procesiones y estremado alborozo, y todos tributaban gracias a Dios por las mercedes que nos había dispensado.


 

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(fol. 58v°-59r(/v°)

PASAMOS aquel invierno en Aragón, y luego nos volvimos a Cataluña, donde, estando en Barcelona, tuvimos noticia de que el rey de Túnez hacía sus aprestos para pasar a Mallorca, con cuyo objeto se apoderaba de todas las naves de pisanos, genoveses v otros cristianos. Pedimos entonces a los nobles que nos acompañaban y a los prohombres de Barcelona, que nos aconsejasen lo que debiéramos hacer atendidas las nuevas que habíamos recibido, y ellos fueron de parecer que debíamos esperar hasta que las tuviésemos más seguras, porque no siempre salía cierto todo lo que se contaba de tan remotas tierras. Conformándonos con este dictamen, nos fuimos entretanto a Vich, para resolver ciertas cuestiones que se habían suscitado entre En Guillermo de Moncada y algunos habitantes de aquella población; pero a los dos días de estar allí se nos presentó un mensajero de En Raimundo de Plegamans, que habiendo andado toda la noche llegó antes de la hora tercia, para decirnos que se habían recibido en Barcelona noticias ciertas de que el rey de Túnez debía hallarse ya a aquellas horas en Mallorca. Sobresaltándonos tal mensaje, y dándonos toda la prisa posible, por temor de que no nos sucediese en aquel reino algún fracaso, no hicimos más que comer un poco, y cabalgando en seguida, llegamos por la tarde a Barcelona, donde descansamos aquella noche; que larga había sido la jornada. El día siguiente nos encaminamos por la mañana a la playa para tomar legua, y descubrimos luego una vela, que como tenía el tiempo favorable, llegó al cabo de poco que la estábamos esperando. Era de Mallorca; y preguntando a uno de los marineros, que desembarcó el primero en un bote, qué noticias traían de la isla, nos contestó demudado el semblante: —Tememos, señor, que no esté ya allí el rey de Túnez. —Malas nuevas traéis, le dijimos; pero confiamos en Dios que podremos llegar allá antes que él; —y señalamos desde luego el día para hallarnos en Tarragona. Dijimos entonces a los nuestros: —No nos parece bien lo que nos han aconsejado los de Barcelona, ni provechoso para Nos ni para nuestro reino; pues la más grande empresa que se haya llevado a buen término desde cien años acá quiso el Señor que se cumpliese por Nos con la conquista de Mallorca; y ya que Dios nos la dio, no la perdamos ahora por pereza ni cobardía. Resueltos estamos a ir a socorrerla en persona, y para ello señalaremos día a todos los que nos acompañaron en aquella conquista, enviaremos órdenes a Aragón, para que todos los que tengan por Nos algún feudo o sean de nuestra meznada comparezcan en Salou dentro de tres semanas con todas las fuerzas que reunir puedan: allí les esperaremos; pues preferimos morir en Mallorca, que perderla por nuestra culpa. Mas no la perderemos, no; Dios y los hombres nos serán testigos de que haremos cuanto de Nos dependa por conservarla. —Así lo cumplimos.

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(fol. 59 v °)

ANTES del día que habíamos señalado, nos hallábamos ya en Tarragona; teníamos fletadas naves, taridas y una galera, en la cual estuvimos para adquirir noticia de si los sarracenos habían llegado a Mallorca; y lo habíamos dispuesto todo para poder embarcar hasta trescientos caballeros. Doscientos y cincuenta fueron los que se presentaron; pero con otros cincuenta que hallamos en aquella tierra, pudimos reunirnos en el número indicado. Antes de marcharnos vinieron a vernos nuestro pariente el arzobispo de Tarragona y En Guillermo de Cervera, religioso de Poblet, quienes derramando lágrimas, nos rogaron por Dios, por el amor que nos tenían y por el buen consejo que nos daban, que no arriesgásemos nuestra persona en aquella empresa, sino que enviásemos a aquellos caballeros que teníamos allí reunidos, dándoles por caudillo a don Nuño; mas aunque nos conmovió su llanto, les respondimos que por nada del mundo queríamos desistir. Porfiaron, nos estrecharon entre sus brazos para detenernos; pero nos desasimos, y tomamos desde luego el camino de Salou. Otro de los que habíamos convocado para aquella espedición era el infante don Pedro de Portugal, con quien habíamos hecho permuta de la tierra de Mallorca; pero por más que le enviamos dos mensajes diciéndole que pensase en socorrer la isla, y que siempre contestó que comparecería, no había cumplido hasta entonces su palabra.

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(fol. 59 v ° / 60 r °)

A media noche, cuando hacíamos levantar las áncoras a nuestras embarcaciones para ponerlas en franquía, se presentó don Nuño en la ribera del mar, y oímos que nos daban voces, diciendo: —¡Oh de la galera! —¿Qué hay de nuevo?, les contestamos. —Dice don Nuño, nos respondieron, que os ruega le aguardéis un poco, porque ha llegado el infante de Portugal y quiere hablar con vos. —De buenas a primeras no queríamos recibirle; mas pensándolo luego mejor, resolvi­mos que se presentase, ya que allí estaba. Vinieron, pues, en un bote él y don Nuño, subieron a la galera, y le preguntamos al verle, qué quería. —He venido, señor, nos dijo, para acompañaros a Mallorca. —¿Cuántos caballeros traéis? —Cuatro o cinco, nos contestó; los demás se presentarán luego. —¡Válgame Dios! don Pedro, mal aparejado venís para tal empresa. Sin embargo, aquí tenéis nuevas naves y taridas, que se harán a la mar por la mañana; embarcaos en hora buena si os place, que Nos no podemos retardar el viaje; no sea que el rey de Túnez se halle ya en Mallorca. —Convino en quedarse en la galera con un caballero y un escudero encargando a don Nuño que hiciese embarcar a los demás y por cierto no fue difícil el cumplirlo, porque no había comparecido ningún otro caballero, ni traía más que los cuatro que nos había dicho. Salió entonces don Nuño de la galera, y se quedó con Nos el infante.

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(fol. 60 r"/v")

LEVADAS ya las anclas, mandamos empuñar los remos, emprendimos el viaje y navegando a vela y remo, llegamos al cabo de dos días a Soller a eso de mediodía. Hallábase allí una embarcación de genoveses, los cuales se habían asustado en estremo al descubrir nuestra galera; mas luego que reconocieron el pabellón, largaron su lancha y nos salieron al encuentro. Habiéndoles preguntado en seguida qué noticias tenían de Mallorca y si sabían que hubiese llegado allá la armada del rey de Túnez; nos contestaron que muy buenas, y que no se hallaba en toda la isla ningún sarraceno estranjero. Regocijámonos con tan buenas nuevas; nos trajeron algunas gallinas; y habiendo enviado luego a dos de nuestros marineros a Mallorca para noticiar a sus habitantes nuestra llegada a Soller, salieron éstos a recibirnos con grande alborozo, y nos trajeron más de cincuenta caballerías ensilladas para que pudiésemos hacer nuestra entrada en la ciudad.

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(fol. 60 v 0-61 r °)

Así lo verificamos, y nuestra galera se encaminó a remo hacia aquel puerto. Todos los caballeros que se habían quedado allí durante nuestra ausencia nos dijeron que buena prueba les habíamos dado de lo mucho que nos acordábamos de ellos, y de cuánto estimábamos la merced que Dios nos había hecho con la conquista de aquel reino; y lloraban de contento por tenernos otra vez a su lado. Cuando a los tres días de estar en Mallorca hubieron llegado prósperamente las demás naves y taridas y los caballeros que en ellas venían embarcados, deliberamos sobre lo que debería hacerse en el caso de que se presentasen los sarracenos; y se resolvió que ante todo se colocasen los correspondientes atalayas para que con la debida anticipación pudiésemos tener aviso de su llegada. —Entonces, dijimos a los del consejo, en vez de acercarnos a la playa donde ellos amenacen desembarcar, los caballeros y los hombres de armas nos colocaremos en emboscada a cierta distancia: a los caballeros que no tengan caballos armados, los enviaremos delante con unos dos mil hombres de a pie para que aparenten oponerse al desembarco; pero así que hayan saltado en tierra una gran parte de los sarracenos, deberán emprender la fuga en dirección a nuestra celada. Llevados del afán de alcanzarlos, y pensando que no habrá más caballeros ni infantes que puedan oponérseles, caerán los enemigos en nuestra emboscada; daremos entonces sobre ellos con nuestros caballos armados y con todos los demás hombres que estén allí con nosotros; volverán-les la cara los dos mil que antes habrán huido, y juntos tòdos, los iremos acuchillando hasta el mar. Cuando los que se hayan quedado en las naves vean la derrota y matanza de los suyos, es bien seguro que no se atreverán a tomar tierra, por no sufrir igual suerte. —Así estuvimos por espacio de quince días esperando al rey de Túnez, con atalayas puestos en toda la isla, y orden para que encendiesen ahumadas al descubrirle.

113

(fol. 61 r °)

AL quinceno día de estar esperando, tuvimos ya noticia de que, no habían de venir sobre Mallorca el rey de Túnez y su armada; por tanto resolvimos ir a conquistar las montañas y los castillos que, conservaban aún los sarracenos, como eran Oleró, Pollensa y Sanverí. Tres mil serían los moros que se hallaban allí en estado de hacer armas; pero contando a las mujeres, niños y demás, llegaban a quince mil, acaudillados todos por uno a quien llamaban Xuaip, y que era natural de Chivert. No bien llegaron a sus oídos nuestros intentos, cuando dicho jefe nos propuso entregarnos los indicados castillos y toda aquella montaña, con tal de que le perdonásemos, y le favoreciésemos de modo, que pudiese vivir honradamente. Nuestros nobles, caballeros y demás que nos acompañaban fueron de dictamen que debíamos aceptar aquel partido, ya que además de ser ventajoso para Nos, era provechoso para todos los cristianos que habitaban o habitasen en la isla, la cual no podía contarse por segura mientras hubiese en ella tan cruda guerra. Convenimos, pues, en que a Xuaip y a otros cuatro de su linaje les daríamos heredades, caballos y armas, y a cada uno su buen rocín, mulo o mula; en que pudiesen establecerse en el país todos los sarracenos que así lo quisiesen; y por último, en que pudiésemos Nos disponer a nuestra voluntad de todos aquellos que rehusasen adherirse al convenio. Otorgóse en estos términos la correspondiente escritura, y así se cumplió, quedando tan sólo en la montaña unos dos mil sarracenos que no quisieron entregársenos.

114

(fol. 61 v °)

LUEGO que tuvimos una entera seguridad de que no debía ya pasar a la isla la armada que esperábamos, regresamos a Cataluña, dejando en Mallorca a En Bernardo de Santa Eugenia y a don Pero Maza, señor de San Garren y que era de nuestra meznada, con algunos otros caballeros y escuderos, que en número de doce o quince quisieron quedarse en compañía de dicho don Pero. Durante todo el invierno y hasta el mes de mayo continuaron ellos la guerra contra los sarracenos de la montaña; pero éstos se habían hecho allí tan fuertes, que poco o ningún daño pudieron causarles en sus personas. Habiéndoles, no obstante, impedido el recoger las mieses, y reducido a los escasos bastimentos que podían sacar de algunos lugares de poca importancia, los pusieron en tan grande necesidad, que como bestias tenían que pacer las yerbas del monte. En Bernardo de Santa Eugenia y don Pero Maza resolvieron entonces enviarles mensaje, intimán­doles por sus cartas y por un sarraceno que las llevaba, que se rindiesen; mas como ellos contestasen que no querían rendirse sino al mismo rey que había conquistado la tierra, resolvieron, de acuerdo con los demás caballeros de la isla, venir entrambos a encontrarnos y pedirnos que fuésemos allá, si queríamos acabar de apoderarnos de todo.

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(fol. 61 v°-62r°)

ESTÁBAMOS Nos en Barcelona cuando En Bernardo y don Pero se nos presentaron, diciendo que querían hablarnos y comunicarnos buenas noticias. Les dimos la bienvenida, contestándoles al mismo tiempo que estábamos dispuestos a escucharles y a recibir las buenas nuevas que querían anunciarnos. —Aparejaos, pues, para pasar a Mallorca, nos dijeron; pues con que vos estéis allí, se os acabarán de rendir todos los sarracenos, según lo que con ellos hemos pactado. —Bien venidos seáis, les repetimos, ya que tan buenas noticias nos traéis: allá iremos.—Manifestáronnos enton­ces que no había necesidad de que nos acompañasen caballeros ni otra gente de armas, y que bastaba nuestra sola persona, sin más comitiva que la de los hombres que necesitásemos para nuestro servicio; pues estaba el negocio en tal punto, que tan fácilmente conquistaríamos las montañas de la isla con la poca gente de guerra que allí había, como con mil caballeros que llevásemos. —No se necesita más, añadió el de Santa Eugenia, sino que mandéis armar dos o tres galeras; nos embarcaremos juntos, y vuestra sola presencia bastará para que se rindan los sarracenos.

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(fol. 62 r °)

CONFORMÁNDONOS con los consejos de En Bernardo de Santa Eugenia, hicimos armar tres galeras entre Barcelona y Tarragona, y al cabo de quince días nos hallamos en Salou, desde donde nos hicimos a la mar, contra el dictamen de los marineros, que veían la noche oscura y aturbonada. Después de haber andado unas diez millas con un poco de


 

borrasca, serenó el tiempo, abonanzó el mar y clareó la luna; de modo que En Berenguer Ces-Poses no pudo menos de decirnos: –Es tanto lo que os ama el Señor, que con galochas pudierais pasar el mar; pues mientras que nosotros pensábamos tener muy mal tiempo, os lo ha dado tal, que mejor no pueden tenerlo las galeras armadas. No parece sino que está de Dios cuanto vos hacéis. –A tan buen señor servimos, le contestamos, que no puede salirnos mal cuanto en su nombre hagamos: por esto se lo agradecemos también con toda el alma. –Al tercer día por la mañana, después de haber salido el sol y antes de la hora de tercia, nos hallábamos ya en las aguas de Portupí: mandamos entonces izar nuestro pabellón en cada una de las galeras, y al son de nuestras trompetas entramos en el puerto de la ciudad de Mallorca.

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(fol.62r°/v0)

LUEGO que los habitantes nos descubrieron, conocieron que éramos Nos, y que los que ellos nos habían enviado habían desempeñado cumplidamente su embajada; y todos, hombres, mujeres y niños, salieron al puerto con estremado alboro­zo, y con gran satisfacción nuestra, acudiendo asimismo los religiosos del Templo y los del Hospital, y todos los caballeros que había en la ciudad. Cuando hubimos desembarcado y estuvimos en nuestro alojamiento en la Almudaina, se nos presentó En Raimundo Serra, el joven (y lo llamamos así porque había otro Raimundo Serra, tío suyo, que era comendador de Monzón), el cual era comendador de los templarios en Mallorca, y nos dijo estas palabras: –¿Queréis, señor, hacer una buena campaña? Enviad a Menorca esas galeras armadas del mismo modo que con vos han venido, y mandad decir a aquellos isleños, que vos habéis llegado a Mallorca, que si quieren entregárseos, estáis dispuesto a aceptar su sumisión y que de lo contrario, aunque a pesar vuestro, su resistencia les habrá de costar la vida; pues yo creo que amedrentados con tales amenazas se os someterán desde luego, ganando vos en esta empresa honra y provecho. –Llamamos entonces a En Bernardo de Santa Eugenia, a don Asalit de Gudar y a don Pero Maza, y en presencia del mismo comendador, les comunicamos lo que éste nos había propuesto: aprobáronlo todos, y nos aconsejaron que lo pusiésemos por obra.

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(fol. 62 v °)

EN cumplimiento de lo que habíamos resuelto, mandamos a En Bernardo de Santa Eugenia, a don Asalit de Gudar y al comendador que nos había dado el consejo que se embarcasen cada uno en una galera, y pasasen a Menorca a decir de nuestra parte a los de la isla que Nos estábamos en Mallorca con nuestra hueste; que no queríamos su perdición, pues ya podían saber a qué habían venido a parar los sarracenos que quisieron resistírsenos; y que si accedían a sometérsenos del mismo modo que estaban antes sujetos al rey de Mallorca, los tomaríamos bajo nuestra protección: pero si preferían la muerte o el cautiverio, antes que acogerse a nuestra gracia, suya sería entonces la culpa, y no tendrían ya que contar con nuestra benevolencia. Dimos en seguida orden a uno de nuestros alfaquíes llamado Salomón, que era de Zaragoza y hermano de don Bahihel, de que estendiese en algarabía la correspondiente credencial para los tres enviados, a fin de que fuesen creídos de todo lo que espusiesen en su mensajería; y manifestamos además a los mismos mensajeros, que nos acercaríamos al cabo de la Piedra, que no dista de Menorca sino unas treinta millas, para que pudiésemos tener más anticipadas noticias del resultado de su misión, y en todo caso nos viniese más a mano el ayudarles.

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(fol.62v°-63r°)

SALIERON por la noche las galeras con los embajadores, y al día siguiente entre nona y vísperas llegaron a Menorca, donde hallaron al alcaide, a los jeques y a todos los habitantes que, al descubrirlas, habían acudido al puerto de Ciudadela en ademán de resistirles. Preguntaron ante todo los sarracenos de quién eran aquellas galeras; y habiéndoles contestado que eran del rey de Aragón, de Mallorca y de Cataluña, y que en ellas iban sus mensajeros, depusieron luego las armas, diciéndoles que bien venidos fuesen, y que les respondían con su cabeza de que podían no solamente desembarcar sanos v salvos, sino además de que se les complacería y honraría como a amigos. Con tales seguridades atracaron las galeras por la popa, y mientras tanto los sarracenos enviaron a buscar almadraques, esteras y cojines, para que pudieran nuestros enviados sentarse en la entrevista. Saltaron éstos en tierra, llevando en su compañía un judío que Nos les habíamos dado por trujamán; y tanto el alcaide y su hermano, como el amojarife, que era natural de Sevilla y a quien Nos hicimos después arrayaz de Menorca, y todos los jeques escucharon con grande atención la lectura de la carta, y recibieron con suma reverencia el mensaje que les enviábamos, contestando que deliberarían sobre su contenido.

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(fol.63r°/v°)

Los sarracenos resolvieron por de pronto contestar a nuestros embajadores, que tuviesen a bien esperar hasta el día siguiente; y enviaron a buscar a otros jeques de la isla que no se hallaban allí, para que se hallasen reunidos en mayor número al acordar la respuesta. En Bernardo, don Asalit y el comendador no tuvieron reparo en concederles aquella prórroga; y por lo mismo fueron desde luego invitados para que entrasen en la villa de Ciudadela, donde se les dijo que serían muy bien acogidos, aunque no fuese más que por amor al señor rey que les enviaba. Respondieron los nuestros, que sin haber recibido la contestación a su embajada, no podían entrar en la villa, porque Nos no les habíamos dado orden de verificarlo; por consiguiente los sarracenos, después de decirles que podían hacerlo como mejor fuese de su grado, les enviaron diez vacas, cien carneros, doscientas gallinas, y pan y vino en abundancia, y estuvieron con ellos para solazarles hasta el anochecer, en cuya hora se volvieron los unos a la villa y se recogieron los otros en sus galeras. Aquel mismo día a hora de vísperas llegamos Nos al cabo de Piedra, a la vista de Menorca; y cierto que llevábamos una hueste digna de rey, puesto que nos acompañaban solamente seis caballeros, cuatro caballos, un escudo, cinco escuderos para servirnos, diez de nuestros familiares, y los correspondientes troteros. Así que oscureció y antes de que los nuestros se pusiesen a comer, encendimos lumbre, los reunimos a todos, y con ellos nos fuimos a pegar fuego a los matorrales en distintos puntos, para dar a entender que estaba allí acampado un numeroso ejército. Luego que los sarracenos de Menorca descubrieron nuestras fogatas, comisionaron a dos de sus jeques para que fuesen a preguntar a nuestros embajadores qué significaban aquellos fuegos que se veían en el cabo de la Piedra; y éstos les contestaron, conforme a las instrucciones que les habíamos dado, que era el rey que había llegado allá con sus huestes, puesto que, por sí o por nos, quería él saber desde luego su respuesta. Cuando tal oyeron, se atemorizaron los moros en tanto grado, que a la madrugada pidieron de nuevo a nuestros enviados que esperasen por un momento, porque en breve les iban a dar la contestación; y estos accedieron de buena gana a lo que se les pedía.

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(fol. 63 v ° - 63 bis r °)

PoR la mañana, luego de haber rezado sus oraciones, salieron el alcaide, su hermano, el almojarife, los jeques y unos trescientos de los principales sarracenos de la isla, para decir a nuestros embajadores, que daban gracia a Dios de que les hubiésemos enviado tan buen mensaje, pues bien conocían que no hubieran podido defenderse largo tiempo contra Nos, y por lo mismo que viesen de qué modo podría estenderse por escrito el tratado. Manifestáronles que, a pesar de ser la isla muy pobre y de no haber en ella tierras suficientes en las que pudiese sembrarse lo necesario para la décima parte de los habitantes, nos tendrían, con todo, por su señor, partiendo con Nos lo que cosechasen;. pues era justo que el señor tuviese parte en los frutos que recogiesen sus vasallos: y que nos darían cada año tres mil cuartetas de trigo, cien vacas, y trescientas entre cabras y ovejas, obligándonos a Nos a guardarlos y defenderlos perpetuamente como a nuestros propios hombres vasallos. Nuestros embajadores pidieron entonces que se nos diese además la potestad de Ciudadela, la de aquel cerro en que estaba edificado el mayor castillo de la isla, y la de cuantas fortalezas en ella hubiese; y aunque los sarracenos recibieron al principio de mala gana semejante petición, al cabo después de haber deliberado, contestaron que accedían a ella, ya que era aquélla nuestra voluntad; diciendo, que ya que tan buen señor éramos, según decían, con los nuestros, esperaban que como tal nos portaríamos también con ellos. Empleáronse luego tres días en hacer que todos los principales de la isla jurasen sobre el Alcorán aquel tratado, al cual don Asalit hizo añadir la obligación de darnos cada año dos quintales de manteca y doscientas barcas para trasportar el ganado; y mientras tanto permanecimos Nos en el cabo de la Piedra esperando que volviesen las galeras con los embajadores, y continuando en encender cada noche almenaras como al principio de nuestra llegada.

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(fol.63bisr"/v")

AL cabo de cuatro días, por la mañana, salido ya el sol, y cuando habíamos oído misa, tuvimos noticia de que habían llegado las galeras y recibimos aviso de nuestros enviados para que tuviésemos dispuesta y adornada nuestra casa. Hicímosla, pues, enramar de hinojo, porque a la sazón no teníamos a mano otra yerba; entapizamos las paredes con los tapices que allí teníamos y con los que nos dejaron los caballeros que estaban con Nos, y nos pusimos todos los mejores vestidos, para hacer a los embajadores un honroso recibimiento. Componían aquella embajada que nos venía de Menor-ca, el hermano del alcaide, el almojarife y cinco jeques de los más calificados de la isla, a todos los cuales enviamos caballos y otras cabalgaduras para que pudiesen venir a presentársenos. Así que estuvieron delante de Nos, saludáron­nos con profunda reverencia, hincaron las rodillas, y nos dijeron, que de parte del alcaide nos saludaban cien mil veces, como a señor en quien él tenía puesta toda su esperanza. —Buena ventura os dé Dios. les respondimos; plácenos en gran manera vuestra venida; —y a fin de que no nos estorbasen los de la hueste en lo que teníamos que decirles, nos apartamos con ellos a un lado, para poder hablarles con más libertad, y dieron gracias a Dios por lo que les dijimos.

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(fol. 63 bis v")

EsPtiSIERONNOS los mensajeros su embajada y la respuesta que les había dado, manifestándonos al mismo tiempo el convenio que habían celebrado, para que tuviésemos a bien ratificarlo. Les dijimos que deliberaríamos sobre ello, y habiéndose ellos salido afuera, llamamos a los nuestros y les hablamos en estos términos: —Loado sea el Señor, que sin pecado y con tanta honra nos concede lo que Nos no habíamos aún ganado. Obvio es el resolver lo que debe hacerse en este caso: aceptemos el convenio tal como lo habéis negociado, y demos gracias a Dios por la merced que nos dispensa. —Llamamos en seguida a los enviados sarracenos, dijímosles que teníamos por bueno el tratado que habían ajustado con nuestros embajadores, y les entregamos la correspondiente escritura autorizada con nuestro sello, en la cual constase que los aceptábamos por vasallos nuestros y de nuestros sucesores para siempre, y que debían ellos satisfacer perpetua-mente a Nos y a los nuestros el tributo a que se habían obligado.

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(fol. 63 bis v" - fol. 65 perdido)

DESDE que celebramos el convenio con los sarracenos de Menorca, hemos sacado de aquella isla dobles o quizás mayores réditos de los que entonces se nos prometieron por tributo; pues mientras que se los pidamos con oportunidad, nos ceden cuanto les pedimos, y sin esto tomamos de allí todo lo que nos conviene. En cuanto a los sarracenos que se habían hecho fuertes en las montañas de Mallorca y habían quedado después cautivos para hacer de ellos nuestra voluntad, los distribuimos a cuantos los quisieron, para que los poblasen, por la tierra como esclavos. Tan señalados hechos llevamos a cabo en esta espedición con solas tres galeras, porque nos favoreció en todo la voluntad del Señor que nos ha criado. Volvímonos en seguida a Cataluña y Aragón; y por la gracia de Dios, desde entonces, muy lejos de haber la isla de Mallorca necesitado más nuestra ayuda, la ha mejorado tanto el Señor, que vale doblemente de lo que valía en tiempo de los sarracenos.

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(fol. 65 perdido)

HABIAN transcurrido ya dos años desde que se nos sometiera la isla de Menorca, cuando se nos presentó en Alcañiz el sacrista de Gerona, que era arzobispo electo de Tarragona y se llamaba En Guillermo de Montgrí, junto con En  Bernardo de Santa Eugenia y su hermano; y después de habernos pedido audiencia, nos dijo, que si queríamos cederle la isla de Iviza, él y los de su linaje emprenderían aquella conquista; pues ya que Nos no la teníamos en nuestro poder y estábamos a la sazón ocupado en otras empresas, creía que no podíamos tener reparo en que él emprendiese aquel hecho de armas, para que se dijese que el arzobispo de Tarragona había conquistado aquella isla; puesto que en todo caso él la tendría en feudo por Nos. Después de haber deliberado sobre su propuesta, conociendo que nos honraba con conquistar aquella tierra y tenerla en feudo por Nos, accedimos a lo que nos pedía: y aprestándose él con todos los suyos, dispuso lo necesario para el pasaje, y mandó construir un trabuquete y un fundíbulo. Luego que el infante de Portugal y don Nuño tuvieron noticia de la proyectada empresa, ofreciéronse a acompañar al arzobispo, con tal de que éste les diese parte en la conquista, a proporción del número de caballos con que le ausiliasen: fueles otorgada su demanda, y emprendieron juntos aquella campaña.

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(fol. 65 perdido)

LLEGADOS a Iviza, pudieron desembarcar sin que los de la isla les opusiesen ningún obstáculo; v_ dirigiéndose desde luego al puerto con los caballos armados, mientras se encaminaban también allá las naves v leños, asentaron su campamento y comenzaron el sitio. Armaron ante todo las máquinas; hicieron que el fundíbulo, que no alcanzaba tanto, asestase sus tiros contra la plaza, y el trabuquete contra el castillo; hasta que, viendo que los disparos del fundíbulo empezaban a hacer mella en el muro, resolvieron abrir algunas cavas. Cuando los de la hueste conocieron que había llegado ya la hora del ataque, empezaron a trabar algunas lijeras escaramuzas con los sitiados; mas luego armáronse todos, corrieron al asalto, y se apoderaron de la primera línea de las murallas de la plaza, acobardando con esto a los sarracenos, que pidieron luego la capitulación. Así se apoderaron fácilmente de la villa y del castillo, sin que el trabuquete hubiese disparado más allá de diez piedras y habiendo sido el primero en entrar al asalto un hombre de Lérida llamado Juan Chicó. Después de la toma de Iviza, se han dirigido muchas veces contra aquella isla galeras de sarracenos; pero por merced de Dios, han tenido que volverse siempre con mayor daño del que han podido causar en ella.